
Briseida Guadalupe Flores Chavez
A la postre del día de muertos, cabe preguntarse si como mexiquenses, las sensaciones de familiaridad con la muerte pertenecen a esta época del año. O si, por el contrario, trascienden más allá de las tradiciones y festividades. Es así como se deja entrever lo inevitable en cualquier articulación de la sociedad: el poder. Entendido en este contexto al menos, como un elemento capaz de motivar las más genuinas emociones por medio de celebraciones para las personas que atesoramos, y al mismo tiempo, como un móvil suficiente para disponer de la vida de las personas.
Por la fortuna de haber nacido en el ombligo de la luna, o residir en él es que vivimos nuestra propia historia de realismo mágico sin necesidad de Laura Esquivel, de Isabel Allende como las guionistas de nuestras vidas. Un fenómeno extraño sucede en el último trimestre del año, lo sobrenatural y lo paranormal se posicionan con tal gracia y normalidad en la cotidianeidad. En la intimidad de los hogares se levantan altares de los seres que añoramos una vez fallecidos, conmemorando sus existencias con los más característicos objetos que les identificaban. Con el acuerdo tácito de que sus animas se presentaran nuevamente en el plano terrenal para corresponder a nuestras muestras de afecto y respeto.
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Al mismo tiempo, diversas organizaciones gubernamentales, privadas o la misma sociedad civil organizan concursos y/o desfiles convocando a la comunidad para caracterizarse como aquello a lo que más tememos: la muerte. En una suerte de salto cuántico, aplaudimos a las clásicas representaciones físicas de la muerte, siendo estas las de catrina y catrín. Como si no fuera este mismo ente el que se materializa y nos hace sudar de pavor mientras subimos una montaña rusa con la expectativa de que no falle su mecánica. O como cuando tenemos un accidente automovilístico y en segundos rezamos por no tener un desenlace fatal.
La muerte nos es tan inevitable y natural, que cuando los nervios ante alguna situación nos invaden, no evitamos expresiones tan osadas como: ¡prefiero morir antes que hacer esto!; ¡me quiero morir!; ¡antes muerta que sencilla! [con sus variaciones propias de las circunstancias]. La investidura que la muerte entraña en la cultura mexicana es tal que, hay una fuerte influencia de creencias con la muerte como figura de adoración y devoción. En este mismo sentido, la UNESCO desde el año dos mil tres, declaró el día de muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
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La noción de la muerte sobrepasa la diferencia lingüística entre verbo y sustantivo. Si bien es cierto que el acto de morir y la muerte como personaje son dos conceptos distintos entre sí, pertenecen al mismo universo de lo desconocido, y a la vez, de lo recurrente. La muerte es demandada para matar, en todo aquel núcleo de poder por más pequeño que este sea. Desde grandes guerras entre países por los territorios y riquezas, hasta en las estructuras familiares por la autonomía y libertades coartadas.
De acuerdo con Achille Mbembe:
“la soberanía consiste en ejercer un control sobre la mortalidad y definir la vida como el despliegue y la manifestación del poder”
(p.20, 2011).
Esto implica que, en términos de política es el poder lo que otorga el derecho a matar. Sin embargo, hay que considerar que la política no se reduce al gobierno ni a los asuntos públicos del estado; del mismo modo que, el poder no lo detentan únicamente las autoridades.
Siguiendo la pauta del Camerún, son tres las manifestaciones que presenta la necropolítica respecto a la muerte: el racismo [en perspectiva propia, es más precisamente la discriminación], el homicidio y el suicidio. Transportando esto al día a día, las categorías sospechosas más recurridas para ejercer violencia en contra de las personas son aquellas a raíz del sexo y el género, acompañadas de sus respectivas transversalizaciones con otras categorías tendientes a jerarquizar y menospreciar a las personas.
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Si una mujer por el simple hecho de serlo se encuentra vulnerable, lo será más aún si es menor de edad, de tez morena, y/o de bajos recursos. Uno de los deberes del estado es regular la sociedad y procurar el bien común. Por lo que se encuentra constreñido a hacer lo políticamente correcto. Hay diversas regulaciones como lo es la discriminación delictuosa prevista y sancionada en el artículo doscientos treinta y nueve del Código Penal del Estado:
Se impondrá de tres meses a un año de prisión, o de seis meses a un año de trabajos en favor de la comunidad o de libertad supervisada, y, en cualquier caso, de trescientos a quinientos días multa, a quien, por razón de la edad, sexo o género, embarazo, estado civil, raza, origen étnico, idioma, religión, ideología, preferencias sexuales, color de piel, nacionalidad, origen o posición social, trabajo o profesión, posición económica, características físicas, discapacidad o estado de salud.
(p. 141, 2017)
Las maneras en las que este tipo delictivo se puede llevar a cabo son mediante la incitación al odio o violencia; vejación; exclusión o restricción de derechos laborales; discriminación en la prestación de servicios; discriminación en servicios educativos; y discriminación por servidor público. Empero, estas expresiones penadas conforman los pasos que construyen todo un camino de terror y opresión en contra de las personas discriminadas. La discriminación no mata de un día a otro, se conforma una persecución previa con acciones aparentemente menores que, desafortunadamente en ocasiones desencadena la muerte.
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Es así como el feminicidio se posiciona en la sociedad como una muerte violenta por razón de género [sexo, propiamente], con motivos particulares que orillan a las personas a asesinar mujeres o hacerlo de determinada manera. Porque al estar en una relación de pareja heterosexual, la idea de apropiación corporal deviene casi en automático. Desde expresiones sutilmente hostiles como “eres mía”, o ingenuamente perversas como “soy tuya”, que superan el romanticismo para dar paso a escenarios en los que, en efecto, la presunta posesión de una persona se lleva al límite de disponer de su vida.
Es así como los autores y autoras de los feminicidios se identifican. No basta con matar a una mujer para que un feminicidio sea lo que es. Sino que es uno de esos escenarios en donde una imagen [la del hallazgo del cuerpo], dice más que mil palabras. Ejercer violencia sexual previa o posterior al asesinato, mutilaciones infamantes o denigrantes particularmente en zonas genitales. Necrofilia, antecedentes de violencia y discriminación, relaciones sentimentales, afectivas o de confianza. Así como la sola intención de tenerla, e incluso amenazas previas, periodos de incomunicación, o exposiciones públicas del cadáver.
A un trimestre de terminar el presente año, de acuerdo con datos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del Secretariado Ejecutivo, ha habido 695 feminicidios a nivel nacional. De estos, dieciocho se han cometido en Coahuila; es decir, por cada mil mujeres, se mata a una, a nivel estatal. Siendo Saltillo, Torreón y Piedras Negras aquellas ciudades en las que prolifera este fenómeno.
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Esto significa que, la celebración a la muerte como algo sagrado, y la masacre al cosificar a las personas, particularmente a las mujeres para disponer de sus cuerpos. Mediante muertes violentas, coexisten antagónicamente sin parecer un conflicto para la comunidad mexicana. Razón que sostiene el por qué Foucault argumenta que, el estado “ha gestionado, protegido y cultivado la vida de forma coextensiva con el derecho soberano de matar” (p. 23, 2011).
Porque la impunidad no solo se deja entrever en la burocracia de los servidores y servidoras públicas. Sino en la contradicción interna con la que nos desenvolvemos como sociedad al temerle a la muerte. Y al mismo tiempo, decidir deliberadamente quién vive y quién muere.
Mbembe A. (2011). Necropolítica. Seguido de Sobre el gobierno privado indirecto.
H. Congreso del Estado de Coahuila. (2017). Código Penal de Coahuila de Zaragoza.
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