
México está listo para ser anfitrión de la Copa Mundial 2026. Al menos, jugaremos con lo que tenemos. A estas alturas, las preocupaciones ya no pasan por todo lo que falta por construir. Dependiendo de lo que suceda en la cancha, se definirá de qué lado estamos.
Estamos a unos días de que el mundo entero vuelva a enfocar la mirada hacia el Coloso de Santa Úrsula, porque todavía nos cuesta mucho llamar Estadio Ciudad de México al «Azteca«.
La Selección Mexicana cerró su preparación con una actuación que invita al optimismo. La última prueba fue aprobada con una calificación alta para una escuela no exigente. Primer criterio: ganar. Y se logró. Segundo criterio: golear. Y se cumplió. Tercer criterio: gustar. Y, para muchos, también se consiguió.
México comenzó abajo en el marcador, pero reaccionó para terminar imponiéndose por 5-1. El resultado luce espectacular, aunque también conviene recordar que dos de esas anotaciones fueron autogoles serbios dignos de una colección de errores históricos. Cuentan para el marcador, pero no necesariamente para el análisis.
Aun así, el balance es positivo. La afición salió satisfecha. El Nemesio Diez volvió a demostrar por qué es una de las plazas más calientes del país: ardió como el «Infierno Rojo» de Toluca. pero además, se vistió de verde y blanco para empujar a una selección que encontró aire conforme los europeos caían ante la altura.
Pero las conclusiones definitivas deberán esperar. Porque nada de lo ocurrido en el amistoso tendrá verdadero valor si México no responde cuando realmente importe. Todo se reduce al jueves 11 de junio frente a Sudáfrica.
Da la impresión de que Javier Aguirre encontró una base. Salvo alguna sorpresa de último momento, el once que inicie el Mundial debería parecerse mucho al que presentó en su último ensayo. Ya no debería haber espacio para experimentos. El «Vasco» jugará las cartas que tiene sobre la mesa, a menos que vuelva a sacar «otro conejo del sombrero».
Y entonces aparecerá lo más peligroso: la ilusión. Hay aficionados que sueñan con una final mundialista. Otros se conforman con superar lo hecho en torneos anteriores. Entre ambos extremos existe una línea muy delgada entre la mentalidad ganadora y la fantasía sin fundamentos. Porque levantar la Copa del Mundo es el sueño de todos, pero la realidad es que solo unos cuantos pueden tocarla.
Por eso tampoco deberíamos considerar un fracaso cualquier desenlace que no termine con México levantando el trofeo. Este equipo aún puede escribir uno de los capítulos más importantes de su historia sin necesidad de llegar hasta el último partido.
Recuerdo aquella frase: “Imaginemos cosas chi……”, Chicharito decía. Para algunos, vale la pena hacerlo. Pero imaginarlas no significa que nos las ganemos.
Si hoy apareciera un «maguito español dispuesto a vendernos espejitos a los mexicanos» y nos ofreciera ganar el campeonato del mundo, muchos quizás lo firmaríamos sin siquiera leer las condiciones. Así de grande se vuelve la ilusión.
Yo no sé si México realmente está listo para hacer escribir algo histórico. Lo que sí sé es que nosotros estamos a tiempo de vivirlo.

