Educar en la empatía ¿nos debilita o nos fortalece?

Ser empáticos no es estar de acuerdo, sino entender una perspectiva diferente

Con frecuencia escuchamos que la empatía es “ponerse en los zapatos del otro”; pero ¿qué significa realmente esto? Ponerse en el lugar de otra persona es tratar de ver el mundo como la otra persona lo está viendo, estemos o no de acuerdo con lo que ve o siente; no se trata de darle la razón a la otra persona, sino de entender lo que la otra persona está interpretando, pues a partir de esto podremos entender sus sentimientos y perspectiva; en otras palabras, empatía es entender la percepción de otra persona y “sentir” sus sentimientos.

Y ESTA CUALIDAD ¿NACEMOS CON ELLA O PODEMOS APRENDERLA?

Los expertos en inteligencia emocional hablan de al menos dos tipos de empatía; una que es natural y que se manifiesta a través de una reacción física hacia las emociones de otras personas; es la que se da cuando lloramos porque vemos a una persona triste, o cuando nos carcajeamos porque alguien nos contagia su risa; esta es la que denomina: Empatía Afectiva  y la traemos de nacimiento; pero hay otro tipo de empatía que va más allá de una reacción natural y se refiere a la comprensión (intelectualmente) de las emociones de otras personas y por qué pueden estarlas manifestando; esta es la empatía cognitiva, y es resultado de nuestra observación, experiencia y aprendizaje; es decir,  aunque nacemos con la facultad de ser empáticos afectivamente, podemos aprender a serlo y a usar esta cualidad en nuestras relaciones humanas. 

Y aprender a usarla implica también aprender a responder de la manera adecuada, pues no siempre sabemos cómo hacerlo; veamos un ejemplo: un amigo nos comparte una dificultad importante y llora con nosotros…

  1. Si esta situación me recuerda algún hecho similar que no he logrado resolver y que todavía me duele, me sentiré triste, y en lugar de centrarme en su sentimiento, empezaré a contarle lo que a mí me sucedió, dejaré de tocar el tema con mi amigo o incluso, empezaré a evitarlo porque la situación es insoportable para mí.
  2. Pero puede ser que al escucharlo, despierte en mí un deseo de ayudarlo; entonces mi respuesta será escucharlo activamente, tratar de entender cómo se siente y por qué se siente así, dándole el apoyo que requiere. Esta respuesta es una preocupación (o más bien ocupación) empática que nos permite no sólo hacerle sentir a la otra persona comprendida, sino acompañada, y aunque no le demos una solución, al tener la oportunidad de descargar su malestar le ayudará a buscar una diferente.

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Una persona que no ha desarrollado la empatía (incluso a nivel afectivo), es alguien indiferente, ajeno, que vive su propia realidad; es irrespetuoso o poco considerado; no le preocupa afectar a otros con sus decisiones; se relaciona con otros sólo para obtener un beneficio personal; tiene muy poco tacto al hablar o al actuar cuando algo le molesta; suele ser agresivo y no sentirse mal si lastima los sentimientos de otros; es difícil solucionar conflictos con ellos, pues se centran en su postura y necesidades personales, sin tomar en cuenta a los demás.  

Aunque la falta de empatía puede deberse a diferentes causas, (pudiendo ser resultado de un entorno disfuncional o tener, incluso, causas neurológicas) en la gran mayoría de los casos, podemos aprender –y enseñar– a ser más empáticos. Veamos algunas recomendaciones.

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Lo primero es aprender a reconocer y gestionar nuestras propias emociones; para entender las emociones de otros, debo comprenderme a mí mismo y saber gestionar mis propias emociones (pues de lo contrario, caeré en las situaciones del primer ejemplo, dejando que la situación de mi amigo me conflictúe demasiado).  Así es que este es el punto fundamental. Por ello, hay que enseñar a los niños a ponerle nombre a cómo se sienten y a identificar quién o qué los hace sentir de esa manera, enseñándoles también a tomar conciencia de cómo responde, y si esta respuesta le genera bienestar o hay que aprender a responder de forma diferente.

Pero también es importante aprender a observar a las personas y percibir cómo se sienten y cómo reaccionan. Una forma de enseñarle a los niños a hacerlo puede ser a través de los programas y películas; preguntándoles qué emoción observan en los personajes, por qué creen que reaccionan de cierta manera y si creen que deberían responder de una manera diferente. A partir de “analizar” personajes, será más fácil aprender a observar a otras personas y aprender a ponerse en su lugar; y puede darse el paso de hacerles notar y preocuparse por otras personas que estén alrededor, como los abuelitos, los vecinos y cómo podemos hacernos presentes con ellos, o qué tipo de ayuda podemos brindar a la gente que está en la calle.

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Otra habilidad importante es escuchar con atención; y para aprender a escuchar, lo mejor es ser escuchados; ¿cómo? Escuchando a nuestros hijos cuando nos platican, no sólo con los oídos sino con todo nuestro cuerpo: haciendo contacto visual, tomando una postura que les permita sentir que estamos interesados en lo que dicen; preguntándoles su opinión, sin interrumpirlos o juzgarlos; si nos platican situaciones que vieron o vivieron, antes de darles nuestro punto de vista será más útil preguntarles qué vieron, qué sintieron, qué hicieron o que creen que puedan hacer.

En conclusión, aunque todos nacemos con la facultad de ser empáticos afectivamente debemos dar un paso más allá y preocuparnos por quienes están alrededor, dándonos el espacio para observar, escuchar y entender… pero empezando siempre por quienes tenemos más cerca: nuestra familia.

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