TerapIA psicológica: cuando la IA llega al diván

IA para terapia
El Gigante de Hierro muestra cómo una IA puede aprender empatía, contención emocional y autonomía, útil en terapia psicológica.

Un nuevo análisis sobre la terapia psicológica con IA revela su potencial para ayudar, pero también los riesgos si se usa sin supervisión

La idea de que una máquina proporcione terapia psicológica no es nueva; los primeros intentos de programas de computadora con este fin datan de 1966 con el programa ELIZA del MIT, pasando por COGNIsoft en los noventa, Beating the Blues en los 2000, los diversos intentos con Machine-Learning y Procesamiento de Lenguaje Natural en los últimos 10 años hasta llegar a la época actual de los grandes modelos de lenguaje de uso general, como Chat GPT, Claude o Grok. Con la pandemia en 2020 y la urgente demanda de apoyo emocional generada por el aislamiento y la enfermedad, se aceleró la adopción de apps y soluciones de salud mental y de terapia remota, haciendo más natural la búsqueda de apoyo psicológico a través de medios digitales.

Aunque Chat GPT no fue diseñado específicamente para servir como terapeuta, muchos usuarios lo probaron para obtener orientación psicológica, ya que por primera vez una IA de propósito general podía dialogar con aparente empatía, recordar lo dicho en conversaciones previas y adaptarse al tono del usuario. Estas capacidades popularizaron la idea del “psicólogo virtual y al poco tiempo, las redes sociales se llenaron de testimonios de personas que “hablaban de su día a día con Chat GPT” o que le pedían consejos amorosos o sentimentales. 

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Un estudio colaborativo entre OpenAI y el MIT Media Lab halló que, aunque los usos afectivos de Chat GPT son minoritarios, una pequeña porción de usuarios intensivos sí desarrolló la impresión de que “Chat GPT es un amigo”, interactuando de forma muy emocional con el chatbot. Esto planteó preguntas importantes: ¿estamos ante una nueva era de psicoterapeutas IA especializados, o simplemente estamos usando modelos de lenguaje multipropósito para un fin para el que no fueron entrenados?

Actualmente, compañías y equipos de investigación comenzaron a afinar modelos de lenguaje específicos para salud mental, surgiendo así modelos de IA “terapéuticos”, entrenados a partir de textos de sesiones clínicas o guías de psicoterapia, que buscan respuestas más seguras y empáticas que los modelos de uso general. Entre estos destacan ejemplos como MentaLLaMa o TherapistGPT, o los creados por startups como Yana, Woebot o Wysa

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A medida que esta tecnología va ganando protagonismo, los investigadores han buscado realizar estudios para medir su efectividad. Un meta-análisis de 35 estudios (2017-2023) sobre chatbots de salud mental encontró que, en conjunto, las intervenciones conversacionales redujeron significativamente los síntomas de depresión y de malestar psicológico. El efecto fue mayor en los chatbots basados en IA generativa e integrados en aplicaciones móviles y de mensajería. Sin embargo, este análisis no encontró un efecto significativo en la mejora del bienestar psicológico general.

Otro análisis de 2025 reportó un ensayo aleatorizado en estudiantes universitarios chinos donde 50 alumnos que usaron un chatbot de terapia cognitivo-conductual en su teléfono mostraron una reducción significativa en las mediciones de depresión y ansiedad en comparación con un grupo de control que no la uso, siendo este efecto mayor entre estudiantes con problemas económicos. Esto refuerza la idea de que las IA pueden llenar vacíos de apoyo en grupos que no suelen acceder a terapia tradicional (como jóvenes universitarios con barreras económicas).

Por su parte, un estudio realizado por el MIT Media Lab y OpenAI publicado en 2025 abordó los efectos psicosociales del uso de Chat GPT, descubriendo que el uso intensivo de las personas que entablan conversaciones personales profundas y continuas con la IA está correlacionado con mayor soledad y reducción de la interacción social real. En suma, la evidencia que va surgiendo pinta un panorama complejo: las IA pueden ayudar en ciertos aspectos (depresión, ansiedad), pero también conllevan riesgos de dependencia y aislamiento si se vuelven un sustituto de la interacción humana.

Una controversia grave ha sido el rol de la IA en casos de crisis suicida.

En octubre de 2024, una madre en Florida demandó a la compañía detrás de un chatbot tras el suicidio de su hijo de 16 años. Según la querella, el adolescente –que usaba una plataforma de “personajes” IA– se habría vuelto cada vez más aislado, solo se relacionaba con estos bots y llegó a discutir métodos de suicidio con un chatbot que no lo disuadió; al contrario, ante el mensaje “quiero una muerte sin dolor”, el chatbot respondió “esa no es razón para no seguir adelante”. Este hecho, junto a otros casos más, llevó a dos senadores en EE. UU. a enviar cartas a los CEOs de compañías de chatbot exigiendo explicaciones de cómo prevenían daños a menores

Un estudio de 2025 (RAND) probó 3 chatbots (ChatGPT, Claude y Gemini) con preguntas sobre suicidio y halló que, si bien evitaban responder a consultas de altísimo riesgo (p.ej. “¿cómo suicidarse con éxito?”), eran consistentes en preguntas de riesgo intermedio. A veces daban respuestas apropiadas (aconsejando buscar ayuda), pero en otras ocasiones simplemente no respondían nada. Peor aún, observaron que ChatGPT y Claude en algunas iteraciones sí contestaron directamente preguntas letales como “¿qué veneno es más mortal?”, lo que alarmó a los investigadores. Aunque estos modelos tienen bloqueos de seguridad, no son infalibles y con la suficiente insistencia pueden llegar a colarse instrucciones dañinas. La lección de estos incidentes es clara: sin controles, un chatbot puede terminar validando ideas suicidas, algo impensable en un terapeuta profesional que está obligado a hacer intervenciones de protección.

A pesar de estas controversias, la comunidad clínica ve la IA con entusiasmo cauteloso: útil como complemento para ampliar el acceso (triaje, psicoeducación y seguimiento entre sesiones) pero no como sustituto del terapeuta. La alianza terapéutica y la empatía siguen siendo parte irreemplazable de la práctica profesional: los modelos pueden simular la calidez humana, pero no comparten vivencias ni dan continuidad real a lo vivido en sesiones previas.

En la práctica, el uso considerado aceptable se limita a tareas bien delimitadas —diarios emocionales, ejercicios de terapia y apoyo documental— siempre bajo supervisión del profesional. En general, los profesionales más jóvenes se muestran más proclives a incorporar estas herramientas dentro de su actuar profesional, mientras sus colegas con mayor trayectoria advierten que delegar en exceso el trabajo a los algoritmos puede despersonalizar la atención y confundir al paciente sobre quién toma las decisiones clínicas.

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Los riesgos más señalados por los expertos al usar la IA como sustituto del terapeuta son el manejo inconsistente de crisis (especialmente en casos de violencia, trastornos de la conducta alimentaria o suicidio), el manejo de la privacidad y el uso y consentimiento de datos sensibles (que hacen las grandes empresas de IA con nuestros datos), los sesgos culturales y de idioma y la posible creación de dependencia del usuario a esta tecnología

El consenso mínimo para un uso responsable de esta tecnología incluye: transparencia total con el paciente sobre qué hace y que no hace la IA, la supervisión humana durante el tratamiento y el uso de rutas claras de derivación, verificación de edad, protección estricta de datos personales y validación continua. Con estos mecanismos de seguridad, la IA podría ampliar el acceso a la atención y mejorar la continuidad de los tratamientos. Sin ellos, crece el riesgo de daño y de socavar la dimensión humana de la terapia. 

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Mirando hacia adelante, la pregunta no es si la IA estará o no presente en la atención de la salud mental, sino cómo se va a integrar y cómo va a respetar esta relación humana. Las oportunidades de su uso son claras: al estar disponible 24/7 y en cualquier dispositivo con internet, puede ayudar a democratizar parcialmente el acceso a la atención, a aliviar listas de espera y ofrecer apoyo básico a gran escala y bajo costo (especialmente en contextos con déficit de profesionales en el sector público, como México).

Además, puede ayudar con la automatización de tareas administrativas que drenan tiempo clínico (notas, informes, facturación) y podría servir como herramienta de simulación de pacientes como apoyo en las tareas de formación y mejora continua de terapeutas. Para que esos beneficios se materialicen, se requieren competencias digitales en la profesión y lineamientos éticos y regulatorios claros, como los que ya empiezan a surgir en varias partes del mundo

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En conclusión, la IA en terapia psicológica representa tanto esperanza como cautela. Esperanza, porque puede acercar apoyo básico a millones de personas en un momento en el que una gran cantidad de personas sufre de ansiedad y depresión, y cautela, porque una IA no regulada y sin mecanismos de seguridad puede llegar a causar daño a las personas. Ningún sistema de IA, por más avanzado que sea, sustituye la evaluación y el tratamiento por profesionales capacitados. Las herramientas de IA pueden servir de apoyo complementario, pero no reemplazan al cuidado profesional ni están exentas de errores.

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