
Hace unos años, cada vez que alguien me preguntaba si debía estudiar un doctorado, la respuesta salía casi automática: depende de lo que quieras hacer, pero en general sí, si te apasiona la investigación. Hoy, me parece que esa respuesta requiere un poco más de meditación. No porque la investigación haya dejado de importar, sino porque el mundo en el que esa recomendación tenía sentido se ha movido. Y se ha movido rápido.

Escribo esto como alguien con maestría que se ha hecho la pregunta muchas veces (aunque cada vez menos con cada año que pasa), como profesor que ve a sus estudiantes preguntarse lo mismo, o como el familiar al que le piden consejo sobre si seguir estudiando o empezar a trabajar.
La pregunta merece una respuesta meditada, actualizada y honesta.
LO QUE DICEN LOS DATOS
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo al cuarto trimestre de 2025, en México se estima un total de 212,655 personas con doctorado dentro de la Población Económicamente Activa Ocupada: apenas el 0.36% del total, concentrados principalmente en la Ciudad de México (23.6%, casi uno de cada cuatro), el EDOMEX (15.4%), Sinaloa (5.6%), Nuevo León (4.1%) y Puebla (3.6%).
En términos agregados, la inserción laboral de las personas con doctorado se concentra de manera muy marcada en tres sectores: el educativo, que emplea a 50.9%, el de salud, con 19.1%, y el de organismos gubernamentales e internacionales, con 12.2%. En la práctica, una persona con doctorado muy probablemente terminará desempeñándose en alguno de estos ámbitos.
A pesar de ser un grupo tan pequeño, son quienes tienen el ingreso mensual más alto, con un total de $26,203 pesos mensuales, frente a los $22,941 de una persona con maestría y los $15,232 de una persona con licenciatura.

Pero estas cifras traen truco. En estadística hay algo llamado «margen de error» o «intervalo de confianza». Cuando estimamos el ingreso de cualquier grupo a partir de una encuesta (y no de un censo), la estimación viene acompañada de un rango de incertidumbre. Es como decir «el ingreso promedio de alguien con doctorado es de X pesos, pero podría estar entre Y y Z«. Si los rangos de dos grupos se traslapan, no podemos afirmar con confianza que un grupo gane más que el otro. Y esto es exactamente lo que se observa entre maestría y doctorado: sus rangos se empalman. Sí hay diferencia entre maestría y licenciatura, y entre licenciatura y preparatoria, pero no entre maestría y doctorado. En términos de ingreso, es estadísticamente parecido el tener o uno u otro.
LAS RAZONES PARA PENSARLO DOS VECES:
El costo de oportunidad
Según la convocatoria más reciente de SECIHTI (la Secretaría de Ciencia que en 2025 sustituyó al viejo CONACYT), la beca para estudiantes de doctorado ronda los 20 mil pesos mensuales con dedicación de tiempo completo. Si bien el ingreso promedio nacional de una persona con maestría se acerca a esa cifra, cualquier profesionista que gane por encima debería hacer cuentas antes de inscribirse.
El ejercicio es sencillo. Un profesionista con maestría que gana 50 mil pesos al mes (un ingreso alto, pero alcanzable en consultoría, tecnología o finanzas) y mantiene ese nivel durante cinco años, habría acumulado, tomando en cuenta una tasa de inflación del 4%, casi 1.6 millones de pesos más que si hubiera vivido con la beca doctoral. Y eso es solo lo monetario. No incluye la experiencia profesional que no se acumuló, las redes que no se construyeron ni las promociones que no sucedieron durante media década fuera del mercado laboral.
El avance de la inteligencia artificial
Para medir qué tan capaz es un modelo de IA existen los benchmarks: exámenes estandarizados, muchos de ellos diseñados por personas con doctorado, que evalúan el desempeño de la IA en distintos campos del conocimiento.
Uno de los más exigentes es el Humanity’s Last Exam (HLE): 2,500 preguntas a nivel experto, diseñadas por casi mil investigadores de más de 500 instituciones en 50 países y publicadas en Nature en enero de 2026. Las preguntas son tan difíciles que, para incluirlas en el examen, primero debían verificar que ningún modelo de IA pudiera responderlas.
Los resultados cuentan una historia inquietante. Cuando el examen se lanzó a inicios de 2025, los modelos más avanzados sacaron resultados de un solo dígito: GPT-4o obtuvo 2.7%, Claude 3.5 Sonnet un 4.1% y o1 de OpenAI un 8%. Para la fecha de publicación de este artículo (abril 2026), el modelo más avanzado (Gemini 3.1 Pro Preview) alcanza un 44.7%. En poco más de un año, pasaron de no poder responder casi nada a acertar casi la mitad de un examen diseñado para estar en la frontera del conocimiento humano. La pregunta obligada: si yo empezara un doctorado hoy y terminaría en 2031.
¿Dónde estarán estos modelos para entonces?

Además, un análisis de más de 40 millones de artículos académicos publicado en IEEE Spectrum ya muestra que los científicos que usan herramientas de IA publican más y avanzan más rápido en sus carreras, pero la investigación que hace uso intensivo de IA cubre menos terreno temático y se suele concentrar en los mismos problemas y los mismos temas que abordan otros investigadores. La IA está automatizando las partes más tratables de la ciencia, pero no está expandiendo sus fronteras.
Y las universidades no están listas. Un reporte de enero de 2026 de la European University Association encontró que solo el 5% de las universidades considera adecuadas sus guías de IA para educación doctoral. La pregunta que plantea este reporte es demoledora: estamos debatiendo si los estudiantes deben usar IA para escribir revisiones de literatura, cuando deberíamos estar debatiendo si las revisiones de literatura, tal como se conciben tradicionalmente, deben seguir siendo un producto central de la formación doctoral.
Además, está el tema del impacto en la salud mental, donde la evidencia internacional es abundante.
Estudiar un doctorado no te va a deprimir automáticamente, pero las condiciones en que se estudian muchos doctorados sí están asociadas con un mayor riesgo. Un estudio de 2018 publicado en Nature encontró que los estudiantes de posgrado reportaban depresión y ansiedad a tasas seis veces mayores que la población general. Otro estudio, con más de 3,300 doctorandos en el Reino Unido, encontró que más del 40% cumplía criterios de depresión o ansiedad moderada a severa, frente a un 32% y un 26% entre profesionales activos. Quizá el dato más revelador: más del 40% de los doctorandos consideraban que tener un problema de salud mental durante el doctorado era «lo normal«. Cerca de un tercio habría pensado en abandonar sus estudios por esa razón.
Hay que ser justos con los matices. Un estudio reciente con datos clínicos de Suecia encontró que la diferencia en depresión entre doctorandos y personas con maestría que no siguieron estudiando fue de apenas 1.1 puntos porcentuales, cuestionando la narrativa de «crisis generalizada». Pero el mismo estudio reveló que esa diferencia aparece específicamente después de iniciar los estudios doctorales, lo que sugiere que la cultura de sobreexigencia, el aislamiento y la falta de retroalimentación positiva sí contribuyen al deterioro de los estudiantes.
La sobrecualificación y el mercado laboral
En redes sociales abundan testimonios de personas con doctorado que no encuentran trabajo en lo que estudiaron, que terminan en puestos que no requieren más que una licenciatura, o que aprenden a omitir su grado en el currículum para no asustar a los reclutadores. Y no son solo anécdotas. Un artículo en Science describe una paradoja documentada: los programas doctorales te entrenan muy bien en el área de tu investigación y te otorgan un grado impresionante, pero frecuentemente no te dan las habilidades para hacerte más empleable. El doctorado puede volverse una cadena disfrazada de medalla.
En México esta paradoja es particularmente aguda. El país destinó apenas el 0.16% del PIB a Ciencia, Tecnología e Innovación en 2025, el nivel más bajo desde 2008. La UNESCO recomienda al menos el 1%; el promedio de América Latina es 0.6%, mientras que Brasil invierte el 1.2%. Con ese nivel de gasto, la capacidad del país para absorber a sus investigadores es limitada, y las opciones más rentables frecuentemente están del otro lado de la frontera.
UNA ANALOGÍA INCÓMODA
Cuando preparaba este artículo, noté que la pregunta «¿vale la pena hacer un doctorado?» tiene un parentesco incómodo con otra gran pregunta vital: «¿vale la pena tener un hijo?«.
Estas preguntas se parecen más de lo que uno esperaría. Ambas son decisiones que se toman con información incompleta y bajo presión social: los profesores preguntan por el doctorado casi como los padres preguntan por los nietos. Implican sacrificar parte del presente por una recompensa futura difusa: nadie te dice exactamente cuánto vas a ganar o cuánta satisfacción vas a sentir, aunque todos dicen que es una experiencia que «te va a cambiar la vida«. Ambas generan identidad, ya que decir «soy doctor» y «soy padre» no describen algo que hiciste, sino algo que eres. Y ambas producen un sesgo de racionalización: es muy difícil que alguien que invirtió cinco años recibiendo 20 mil pesos al mes te diga que fue una mala decisión, al igual que es difícil que un padre te diga tras 18 años de crianza y cuidados que no valió la pena.
Pero las diferencias importan más que las similitudes: Un hijo no es un medio para un fin; un doctorado sí. Nadie tiene un hijo «para mejorar su CV«. El doctorado tiene un objetivo instrumental: formarte como investigador, acceder a ciertos mercados y/u obtener una credencial. Eso significa que puede y debe evaluarse por sus resultados.
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Además, el doctorado tiene alternativas funcionales; la paternidad no. Se puede desarrollar pensamiento crítico, aprender metodología, publicar y contribuir al conocimiento sin un doctorado. No existe sustituto para la experiencia de criar a un ser humano.
Y quizá lo más importante: la romantización del sufrimiento doctoral («hay que sufrir por el PhD») le conviene a las instituciones que no actualizan sus programas, de la misma forma en que la romantización de las dificultades de la maternidad le conviene a los estados que no ofrecen infraestructura de cuidados. En ambos casos, el discurso emocional sirve para que alguien no tenga que rendir cuentas.
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Hay escenarios en donde el doctorado sigue siendo la decisión correcta: cuando no se tienen compromisos familiares o económicos que hagan insostenible vivir con la beca doctoral durante cinco años, cuando se quiere hacer investigación de frontera que genuinamente requiere esa formación, cuando la trayectoria profesional lo demanda y no hay atajos (como la academia) y/o cuando la institución elegida tiene un historial verificable de colocación laboral para sus egresados.
Pero el consejo honesto en 2026 debería ser distinto al de 2016. La IA avanza a una velocidad que vuelve impredecible saber qué habilidades técnicas seguirán siendo exclusivamente humanas en un lustro. Además, el mercado académico mexicano está asfixiado por décadas de inversión raquítica en ciencia, la beca doctoral no ha crecido al ritmo del costo de vida en las ciudades y la evidencia sobre salud mental es demasiado consistente como para ignorarla. Estudiar un doctorado es una decisión que merece la misma rigurosidad que la investigación que enseña a hacer. No se trata de desalentar, sino de exigir que quien se inscriba lo haga con los ojos abiertos, habiendo hecho las cuentas y sabiendo todos los pros y contras de la decisión.
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