Trump, Maduro y la ficción del salvador:América Latina en el guion de otros

Soberanía narrativa en América Latina

Jesús Díaz

El lenguaje con el que se nombran rescates y capturas ha moldeado nuestros pensamientos desde afuera; la cultura local y el derecho a contarnos a nosotros mismos son una forma indispensable de resistencia silenciosa

Apenas inició este 2026 y ya contemplábamos una escena digna de una película: Nicolás Maduro, esposado y escoltado por agentes de seguridad en Nueva York.

Para algunos, especialmente conservadores, fue una captura histórica; y para muchos otros se trató de un secuestro. Cabe preguntarse: ¿quién tiene la razón?, ¿quién posee la verdad para nombrar lo que ocurre?, ¿quién, en palabras llanas, escribe el libreto sobre si lo ocurrido fue un rescate heroico o un atropello a la soberanía?

Para esto no hay una respuesta sencilla, pero sí cabe preguntarse sobre el uso que le damos a las palabras. En este caso, el que lleva ventaja sobre cómo definimos lo que nos pasa es Estados Unidos, el país vecino ha perfeccionado, a lo largo de su historia, la figura del salvador global, que se ha repetido no solo en sus discursos oficiales, sino especialmente en su industria cultural.

En el cine comercial, esta vieja narrativa en la que esta nación es la salvadora y convierte a los demás en escenarios de su causa es una constante: innumerables filmes han presentado al agente estadounidense infiltrado que “neutraliza” terroristas; al soldado que rescata rehenes; y al piloto que destruye la base enemiga justo a tiempo, para bien de toda la humanidad.

Y acá las palabras siempre han importado: rescate, neutralizar, extracción, orden… todos esos son términos técnicos, despojados del asunto ético que conlleva una acción así. Son ideas que hemos escuchado innumerables veces en noticieros y en taquillazos de Hollywood, hasta la normalización.

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En la pantalla, las operaciones militares suelen ser misiones de salvamento. Como resultado, el público mundial ha adoptado una pedagogía casi imperial sin darse cuenta, aplaudiendo el despliegue del “héroe”, aunque sea en tierra ajena y contra todo principio.

Un ejemplo fue la cinta de 2001, Black Hawk Down, en donde se narra la fallida incursión estadounidense en Somalia. La película mostró la ferocidad del combate y el valor de los soldados, silenciando el contexto: vio los errores éticos de aquella situación como “tácticos”, nunca morales. El mensaje subliminal fue que, incluso cuando la intervención fracasa, la intención de “ayudar” de ese país permanece incuestionable.

Más recientemente, en 2022, recordamos Top Gun: Maverick, con jets de coreografías perfectas, camaradería y sacrificio incuestionable, contra enemigos sin rostro: una guerra que más bien parece un videojuego emocionante, casi elegante.

La colaboración entre Hollywood y el Pentágono no es secreto de nadie: muchas superproducciones cuentan con apoyo logístico militar a cambio de retratar a sus Fuerzas Armadas de manera favorable. El resultado siempre ha sido el de un paisaje inundado de propaganda normalizada, donde películas bélicas e incluso de superhéroes funcionan como “anuncios de reclutamiento” encubiertos.

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La ficción nos ha ido educando: Estados Unidos interviene porque “debe” salvar, porque puede y, sobre todo, porque es el bueno de la película; eso no debería cuestionarse. Y esta narrativa del salvador trasciende la ficción y se cuela en el discurso político real. 

Por eso es que, más allá de la animadversión que puede causar Nicolás Maduro, el colonialismo tácito suena a algo que cuestiona nuestra idiosincrasia. En otras palabras: cuesta cuestionar las acciones de Estados Unidos, incluso para los propios ciudadanos de ese país, porque hemos crecido con la idea de que, pese a todo, en sus acciones siempre hay una buena intención.

La diplomacia y los comunicados oficiales, incluso teniendo a Donald Trump con discursos sobrados, suelen reciclar este guion con términos del tipo “restaurar el orden”, “defender la democracia” o “garantizar la seguridad”. Expresiones tranquilizadoras que suelen enmascarar la crueldad bajo el halo de lo que nos suena familiar.

Esto es: quien controla las palabras del relato controla también la percepción de lo que vivimos. Por eso, no sorprende que, incluso desde países que históricamente han sido objeto de estas intervenciones, haya sectores que aplauden la “mano dura” imperial como si fuera necesaria o inevitable.

Debemos reconocer que el relato del salvador está tan afianzado que logra que muchos miren la violación de soberanías ajenas con los ojos del interventor y no con los del intervenido. Se sabe: Hollywood ya hizo su trabajo pedagógico; todos quieren que un Tom Cruise vuele sobre los problemas del mundo con misiles teledirigidos y buena conciencia. Y salve, en este caso, ya no a Venezuela: a toda nuestra región.

EL IMPERIALISMO SIMBÓLICO

Hay que decirlo sin adornos: cuando un imperio arrasa una nación, no solo lo hace con sus recursos naturales y de todo tipo, sino con su cultura, su memoria y sus tradiciones. Este arrasamiento simbólico es menos evidente que la explotación económica o el bombardeo televisado, pero más profundo y duradero.

Cada intervención interrumpe procesos políticos locales, sí, pero también hiere la continuidad cultural. Las historias originarias, sus mitos y memorias, quedan relegadas por símbolos importados. Y claro que las sociedades intervenidas no olvidarán de un día para otro quiénes son, pero sí que sus voces quedan opacadas con el tiempo.

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Debe entenderse, en estos tiempos convulsos, que el lenguaje es una de las armas más efectivas en este proceso de “desculturización”. Quien impone sus palabras impone, en cierta medida, su realidad. Lo vimos con captura contra la idea de secuestro, pero hay muchos ejemplos más.

Una potencia como Estados Unidos, con todo su poder mediático, logra que su vocabulario se vuelva el estándar: llama “terrorista” al que se le opone, “colateral” al daño que causa, “misión de paz” a la ocupación prolongada, “narcoestado” al que quiere atacar. Esa terminología luego es repetida por medios, las redes, los políticos e incluso ciudadanos de lugares a los que quiere llegar, colonizando la mirada global.

Lo importante es que las culturas profundas no son terreno fácil de arrasar por completo. Siempre hay resistencias, semillas de memoria que sobreviven. Los pueblos, como los latinoamericanos, guardan sus verdades en canciones, en relatos orales… en la persistencia terca de sus tradiciones. 

El imperialismo moderno podrá tener drones, redes sociales y grandes estudios de cine, pero sucumbe ante la honestidad de una abuela contando a sus nietos cómo eran las cosas antes. Son esas pequeñas grandes rebeliones simbólicas las que impiden que la conquista del imaginario sea total. Ocupar una tierra puede ser más fácil que colonizar para siempre el alma de un pueblo.

LA DEFENSA DE LAS AMÉRICAS 

Frente a la narrativa avasallante del salvador imperial, emerge la necesidad de una defensa cultural de América Latina (y de todas las Américas) que sea crítica y consciente. 

Defender la cultura de las Américas no significa negar sus problemas ni idealizar sus gobiernos; significa insistir en que nuestros pueblos tengan el derecho a narrarse a sí mismos, a no ser siempre personajes secundarios. Supone reclamar que la voz local no sea siempre ahogada por la voz de afuera, que los matices propios no sean barridos desde Washington o Hollywood. 

La defensa cultural de América Latina no consiste en idealizarla, sino en exigir que no sea narrada siempre por otros. Necesitamos apoyar nuestra cultura, cómo nos contamos nuestra realidad, desde la dignidad de nuestra narrativa: reconocernos como una gran nación que no sólo debe buscar su destino político, sino contar su propia historia en sus propias palabras.

Esta defensa cultural pasa, primero, por cuestionar el relato único del imperio. Implica aprender a detectar sus trampas, sus seducciones. Por ejemplo, criticar el imperialismo no equivale a absolver a los autoritarismos locales; uno puede condenar la injerencia estadounidense en Venezuela y, al mismo tiempo, señalar las sombras y errores del chavismo. No es una contradicción, aunque la propaganda de uno y otro lado intente presentarlo así.

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Del mismo modo, abogar por la soberanía narrativa latinoamericana no es caer en romanticismos ciegos sobre “lo nuestro” frente a “lo otro”, sino entender que hay un valor en la autoexpresión y en la construcción de sentido desde nuestras propias experiencias. 

Se trata de reivindicar la pluralidad de nuestras voces: que un venezolano, colombiano, mexicano o argentino puedan relatar su realidad sin el guion preescrito; que las películas latinoamericanas, la literatura, el periodismo y la academia de la región cuenten historias con sensibilidad propia, sin buscar siempre la validación del ojo extranjero.

Hay algo de realismo mágico en la forma en que nuestros países han sobrevivido a siglos de relatos impuestos, reinventándose una y otra vez. Cada tanto, surge una nueva generación de artistas, pensadores y líderes comunitarios que retoman el hilo de la narrativa propia.

Esos son actos de resistencia. Esas son formas de defensa cultural quizá menos visibles que una protesta en la calle, pero igualmente importantes. Narrar es existir. Y cuando narramos lo que nos sucede, rompemos el hechizo que nos cuenta, incluso, cómo somos desde lejos. Es importante que nos contemos nuestra realidad.

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