Nature analizó 135 millones de noticias, pero una redacción no cabe en una base de datos 

Jesús Díaz

Un estudio de la afamada revista concluye que los terremotos y las tragedias con más muertos reciben mayor cobertura internacional. Acá, una idea de por qué el asunto es más complicado de lo que parece. 

Imaginemos: un avión con 200 pasajeros, niños, adultos y tripulación, se estrella en Chad, un país de África central. La noticia comienza a correr a cuentagotas, pues los primeros detalles aún son confusos; faltan algunas horas para que las autoridades confirmen que no hay sobrevivientes.

En N’Djamena, la capital de esa nación, la noticia ocupa los principales espacios informativos. Los reporteros intentan llenar sus planas y sitios con información verificada sobre quiénes viajaban en ese vuelo, más tarde, de dónde salió el avión y hacia dónde iba. Las estaciones de radio y canales de televisión interrumpen su programación, los portales actualizan sus cifras y los periodistas se agolpan en el aeropuerto, hacen llamadas, preguntan, y alguno está por hallar a un familiar que diga, incrédulo: “Mi ser querido viajaba en ese vuelo”.

A miles de kilómetros la historia aparece por ser una desgracia que cualquiera puede entender. Los sitios hablan del siniestro pero, al no tener corresponsales en N’Djamena, deberán nutrirse de lo que digan las agencias informativas, los informes oficiales y, claro, los medios locales. En México seguramente aparecerá en la sección internacional, quizá con fotografías y un buen espacio, aunque resulta difícil imaginar que por sí sola esa información desplace las noticias geopolíticas mundiales y, aún más complicado, que se lleve la de ocho nacional del día, que suele ser más de asuntos locales.

Ahora cambiemos el escenario. Entre los pasajeros había diez mexicanos. La información ya es parte de los noticiarios locales y los reporteros de acá se alistan a confirmar nombres, a localizar a su vez a las familias y a una Secretaría de Relaciones Exteriores que debe explicar todo lo que sabe. El avión es el mismo, cayó exactamente en el mismo lugar y murieron las mismas 200 personas, pero para una redacción mexicana, si se analiza, la noticia acaba de subir varios escalones.

Hagamos otro cambio de escenario. Uno de los pasajeros era alguien tan famoso como Paul McCartney. En ese momento el mundo se vuelca a la noticia, poco importa que el accidente haya ocurrido en Chad, es la muerte de uno de los músicos más importantes del orbe, que recorrerá las portadas de varios días, los noticiarios globales y, claro, los teléfonos de millones y millones de personas. Diría sin temor a equivocarme que todos los teléfonos con internet del mundo recogerán la noticia. No se diga si McCartney fuera el único sobreviviente, probablemente tendríamos una de las noticias internacionales del siglo.

Pero veamos, las otras 199 vidas no cambiaron de valor, lo que parece haber cambiado es la noticia que tiene enfrente un editor. ¿Es que las vidas valen diferente partiendo de quién da la noticia?

El ejemplo inicial de estos escenarios no es enteramente mío. Hace veinte años, Deborah Potter (periodista estadounidense, ex corresponsal de CBS News y CNN, fundadora de NewsLab y docente de periodismo) planteó uno parecido en su Manual de periodismo independiente. Es algo bastante básico para quienes hacemos periodismo, sabemos que una noticia no adquiere su importancia únicamente por la gravedad de lo ocurrido, sino que cuentan elementos como la cercanía (para los mexicanos un avión que cae en Paseo de la Reforma siempre será más nota que otro que cae en una montaña del Sahara), la prominencia de quienes participan (famosos, por ejemplo), el impacto del acontecimiento o hasta que suceda algo fuera de lo común (como el ejemplo de un solo sobreviviente).

Ella advierte que aquello que puede ser una enorme noticia en Buenos Aires quizá no lo sea en Bakú, porque además los medios informan a una audiencia concreta y esa audiencia también forma parte de la ecuación de lo que se considera información.

La teoría es bien conocida y viene de más atrás. En 1965, Johan Galtung y Mari Holmboe Ruge publicaron un trabajo llamado The Structure of Foreign News, que se volvió referencia para estudiar por qué unos acontecimientos atraviesan el filtro periodístico y otros apenas consiguen hacerlo. Los autores propusieron doce factores y observaron que éstos pueden acumularse o compensarse. Un hecho lejano, por ejemplo, puede adquirir interés porque afecta a personas cercanas; otro puede atravesar fronteras simplemente porque resulta extraordinario.

Aun así, estos días (el 14 de agosto, para ser precisos) un estudio publicado en la famosa revista Nature Human Behaviour omitió esta parte clave para quienes hacemos medios.

Los autores Thiemo Fetzer y Prashant Garg, alejados de redacciones y más bien economistas especializados en estudios cuantitativos, analizaron más de 135 millones de artículos de 466 fuentes digitales en 123 países, es decir, un número inmenso de noticias de esos territorios, y los cruzaron con 2 mil 662 desastres naturales ocurridos desde 2016. Esto para observar cómo se realiza “la cobertura” cuando ocurre una catástrofe.

Los resultados, vistos rápidamente, dicen que los terremotos tienen visiblemente más cobertura que las inundaciones (incluso en ejemplos en los que los muertos son muchos menos); las sequías prácticamente no provocan un cambio. Determinaron que, a medida que aumenta el número de muertos, también suele crecer la atención y, además, la respuesta es distinta dependiendo de qué tan conectadas estén las sociedades involucradas.

La investigación midió aquello que intuimos. Desde una redacción y aun como lectores de noticias sabemos que una sequía de ocho meses tiene muchas más dificultades para hacerse un espacio que un terremoto ocurrido esta mañana.

TODO LO QUE PASA ANTES DE PUBLICAR

Pensando como los investigadores de Nature, supongamos que dos medios cubren aquel accidente de Chad.

El primero publica veinte notas durante el día (a las ocho actualiza la cifra de muertos, a las nueve sube la declaración de la aerolínea, etcétera). El segundo sólo publica cinco textos. Pero manda reporteros al lugar, habla con familiares y dos días después consigue documentos que muestran que el avión había presentado una falla similar semanas antes.

Si nuestra única medida, como sucede con la investigación de Nature, es tomar en cuenta el número de artículos, ¿cuál medio prestó más atención al suceso?

Éste es uno de los asuntos que me genera dudas en el estudio de Nature, que cuenta cuánto aumenta la cantidad de artículos que una fuente publica sobre otro país alrededor de un desastre.

Las redacciones jerarquizamos de muchas maneras esa información y, además, no tenemos las mismas herramientas para contarla.

Pensemos en dos terremotos de magnitud semejante. Uno sucede en Washington. Ahí, en pocos minutos hay cámaras en las calles, corresponsales extranjeros, periodistas locales, autoridades dando información, ciudadanos subiendo videos y varias agencias trabajando al mismo tiempo. Una redacción mexicana puede tener fotografías, testimonios y una primera cifra de víctimas casi sin levantarse del escritorio.

El otro terremoto ocurre en una región poco accesible de Asia Central. Apenas hay un par de agencias internacionales, las comunicaciones funcionan mal y durante las primeras horas nadie consigue confirmar cuántas personas murieron. Al día siguiente encontramos cien artículos sobre Washington (que además tiene cercanía para el lector y prominencia por lo que representa Estados Unidos) y quince sobre el segundo terremoto.

¿Qué estamos midiendo? Seguramente hay diferencias de interés en los medios. Pero también había cien maneras de enterarse del primer desastre y quizá cinco del segundo.

Ahora imaginemos que el terremoto ocurre en un país donde el gobierno restringe la información (pienso en China, pero puede ser cualquier otro). Las autoridades impiden entrar a determinada zona, tardan en reconocer el número de víctimas o limitan el trabajo de periodistas extranjeros. Entonces la diferencia entre cien artículos y quince comienza a presentar un desbalance.

Y sí, los propios Fetzer y Garg admiten una parte importante de este problema: saben que su base dependió de la prensa digital rastreable por Europe Media Monitor y reconocen puntos ciegos en países con pocos medios en línea, idiomas menos cubiertos o censura. El corpus final contiene 466 fuentes en 44 lenguas y, aunque los autores limitaron el número de medios por país para reducir el predominio europeo, la cobertura sigue dependiendo de aquello que puede dejar huella en ese sistema. Ellos mismos dicen además que una mayor relación entre dos países puede facilitar simplemente el flujo de información, sin que eso signifique necesariamente mayor empatía entre sus habitantes.

Pero ¿basta con reconocer las limitantes? Es decir, ¿una revista como Nature publica una investigación para hacernos ver que los muertos y las coberturas no tienen el mismo peso omitiendo, al mismo tiempo, una parte medular del fenómeno que estudia?

Pondré un ejemplo para explicarme. Hace algunos años, en la Maestría de Periodismo del CIDE, una profesora presentó una investigación sobre color de piel y atención bancaria.

En términos generales, sus resultados encontraban que las personas de piel más clara (otra obviedad) recibían un trato más favorable. También había considerado otras variables, como la forma de vestir. Le pregunté entonces si en el estudio habían distinguido algo muy elemental cuando hablamos de racismo: los rasgos fenotípicos, particularmente aquellos que en México pueden hacer que una persona sea socialmente percibida como indígena.

No lo habían hecho. Es decir, ella consideró que las personas morenas o negras eran discriminadas, pero dejó afuera ciertas variables, como si fuera igual el trato a una mujer que se parece a Halle Berry que a otra que se parece a Yalitza Aparicio.

Si queremos estudiar discriminación y medimos únicamente color de piel, podemos encontrar una relación verdadera y estadísticamente muy sólida, pero todavía nos faltará saber cuánto intervienen otros rasgos en la manera en que esa persona es percibida.

Con los 135 millones de artículos de Nature me ocurre algo parecido. La cifra estudiada impresiona, desde luego, pero su tamaño mayúsculo, para mí, no resuelve por sí mismo la definición del fenómeno. Si queremos entender la atención periodística, la presencia de agencias internacionales, la posibilidad de verificar imágenes, los recursos de una redacción o la censura no parecen pequeños accidentes metodológicos, sino que forman parte del camino que recorre un acontecimiento antes de transformarse en noticia.

Nuestro avión puede caer un martes tranquilo y dominar durante horas las portadas, pero si cae media hora después de que muera el presidente de Estados Unidos, tendrá que pelear por un espacio completamente distinto. Ahí no murió menos gente, lo que pasa es que ocurrió otra cosa.

Y ahí sí que podemos estudiar a fondo a los medios, porque hay tratamientos sobre temas como racismo, política o intereses de determinados gobiernos que merecen una crítica durísima. Sabemos que los medios no están fuera de esas relaciones de poder y sería ingenuo pensar que así es. Sin embargo, que un periódico francés dedique más espacio a la muerte de una joven en un pequeño pueblo de Alsacia que a 200 muertos en Asia Central no basta para demostrar que considere que aquella vida vale más.

CUANDO EL DESASTRE APARECE PRIMERO EN TIKTOK

A todo esto se ha añadido una capa de complejidad. Si retomamos la idea de nuestro avión, sucede que un desastre de éstos ocurre en una región que rara vez aparece en la prensa internacional. Alguien que está cerca graba con su teléfono cómo una casa completa comienza a desplazarse montaña abajo mientras varias personas corren para ponerse a salvo. Sube veinte segundos de video a TikTok.

Durante la primera hora lo ven unos miles de usuarios. Después alguien con millones de seguidores lo comparte. Aparece en X, salta a Instagram y empiezan las dudas: unos aseguran que el video es de esa mañana; otros, que tiene varios años. Unos dicen que es IA. Una agencia consigue localizar a quien lo grabó, verifica el lugar y finalmente distribuye las imágenes con información confirmada (nótese el valor que sigue teniendo el periodismo).

Esa tarde el deslizamiento aparece en medios que probablemente no habrían enviado jamás un corresponsal a aquella región.

La tecnología cambió bastante la manera en que una tragedia llega a una redacción. Antes, un hecho remoto dependía mucho más de que una agencia, un corresponsal o un medio local lo pusiera en circulación. Ahora la primera imagen puede venir de alguien que ni siquiera se considera periodista. Después, eso sí, y vale reiterarlo varias veces, empieza otro proceso que implica comprobar si ocurrió realmente, localizar el sitio, verificar la fecha y conseguir contexto.

Es común que ahora una redacción llegue a la historia porque la audiencia ya llegó primero. Andrew Chadwick (profesor de Comunicación Política en la Universidad de Loughborough y autor de The Hybrid Media System, dedicado a estudiar la relación entre medios tradicionales, plataformas digitales y poder político) utiliza la expresión “sistema híbrido de medios” para hablar de ello.

Y viene algo complicadísimo de entender para el lector común. Las métricas empujan para competir con esta nota y con otra que funciona mejor (atraen los clics), se persigue la historia porque todo el mundo la está buscando y se construyen titulares mucho más estridentes de lo que el contenido justifica.

Pero sí hay que dejar claro que no toda decisión editorial nace de ahí. Un medio puede poner recursos en una investigación porque tiene una exclusiva, insistir durante días en una historia que considera importante aunque otra produzca cinco veces más tráfico.

Esa tensión existe y es real, y probablemente no se resolverá pronto. Pero agrega otra capa a lo que se dice desde hace años respecto a “lo que cubren” los medios.

Para mí, como sucede mucho en este tipo de estudios de “análisis de medios”, el de Nature se queda corto justamente porque obvia la naturaleza informativa, bien estudiada ya. Y claro que el análisis de 135 millones de artículos es algo formidable. Pero que un manual tan sencillo como el de Potter diga más a detalle sobre esa información me hace pensar en lo que siempre sucede con nuestra profesión.

La gente suele pensar que es fácil escribir, jerarquizar, decidir, incluso hacer un titular o una cobertura. Cansado estoy, como periodista, de que muchos “estudiosos” del periodismo no se tomen el tiempo de hacer lo que cualquier reportero novel haría: entrevistar a un involucrado. ¿Qué tal ver cómo se trabaja el flujo en una redacción?

En resumen:

Cae un avión en Chad. Hay 200 muertos. En México apenas y va a Internacionales. Después descubrimos que viajaban diez mexicanos. Luego sabemos que alguien del nivel de Paul McCartney iba a bordo. Aparece un video extraordinario y TikTok acelera su circulación. Una agencia lo verifica. Mientras tanto, otro país restringe el acceso a sus periodistas y ofrece menos imágenes. Y, por si faltaba algo, una noticia completamente distinta e impresionante, digamos que un avistamiento OVNI sobre la Casa Blanca, irrumpe esa tarde y desplaza el accidente de las portadas.

Al final de ese recorrido podremos contar cuántos artículos publicó cada medio. Lo difícil será cuando queramos saber qué significa ese número en la realidad.

El artículo llamado “Patrones desiguales en la cobertura mediática transfronteriza después de desastres naturales”, para mí, aunque impresionante por su alcance y la manera de condensar ese universo cuantitativo de noticias globales, carece del rigor mínimo que le pediría a un reportero recién salido de la universidad. 

Se suele decir en nuestra profesión: Si alguien te dice que está lloviendo, abre la ventaja y corrobora que, en efecto, llueve. 

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