La memoria olfativa: por qué conservar un olor también es guardar el pasado 

Jesús Díaz

La ciencia muestra que ciertos aromas pueden activar recuerdos muy antiguos. Hoy, investigadores intentan preservarlos como parte del patrimonio y entender qué perdemos cuando desaparecen. 

Todos tenemos un olor del pasado. Puede ser el de una casa en la que ya no vivimos, esa de nuestra infancia o, qué tal, el perfume de alguien. O esas hojas de cuadernos nuevos al comenzar las clases, o ese coche familiar junto a papá o el abuelo. Y qué tal un hospital o la comida de la abuela que aparecía solamente en ciertas épocas del año.

A veces pasan décadas sin que pensemos en él. Es más, ni siquiera hacemos un esfuerzo por recordarlo. Y simplemente, un buen día, aparece de nuevo ese olor en un momento inesperado, haciendo que durante algunos segundos regrese ese preciso lugar, esa persona, toda esa época y hasta la absurda sensación de que uno es un pequeñito nuevamente descubriendo el mundo.

Pasa que regularmente solemos guardar muchas otras cosas en nuestra memoria, como cuando, por ejemplo, tomamos fotografías de una casa antes de dejarla para siempre. O cuando conservamos videos de nuestros hijos (o sobrinos) de chiquitos, pensando en que con los años ese momento pueda ser revivido, aun si no estamos nosotros en este mundo. Lo mismo ocurre con los mensajes de alguien que decidimos no olvidar, ese que escuchamos primero con temor y dolor y luego una y otra vez, hasta que duele menos.

¿Pero, habría que cuestionarnos, dónde guardamos un aroma?

La pregunta puede sonar un poco ociosa, claro, pero resulta que hay investigadores que llevan años intentando responderla. El pasado 6 de julio, la UNESCO publicó un artículo dedicado a un campo conocido como “patrimonio olfativo”, que parte de una idea extraña: los olores también forman parte de nuestra memoria, de un lugar, una comunidad y hasta una época. Y, por supuesto, como nosotros, pueden desaparecer.

En Salvador de Bahía, Brasil, hay un ejemplo muy claro. Desde hace más de dos siglos, las mujeres bahianas preparan el água de cheiro. Se trata de una mezcla aromática utilizada durante una de las celebraciones religiosas más conocidas de esa región, la Lavagem do Bonfim.

Las mujeres de allá preparan las hierbas, las maceran y después llevan esa agua perfumada durante una procesión hasta la iglesia de Nosso Senhor do Bonfim. Ahí se mezclan tradiciones católicas y afrobrasileñas, pero el punto es que el olor no es solo un perfume ambiental, sino que forma parte importante del ritual.

Algunas de las mujeres que mantienen la tradición temen que ese conocimiento deje de transmitirse. Por eso, desde 2024, investigadores del proyecto SCENTinel toman muestras de esas hierbas, estudian los compuestos que liberan y, algo que me parece todavía más interesante, preguntan a las propias participantes cómo describen lo que están oliendo.

La idea es dejar una especie de registro para el futuro, por si la memoria olfativa falla. Y se entiende: una fotografía de la procesión puede permanecer intacta dentro de 50 años. Podríamos seguir viendo a esas mujeres vestidas de blanco, las calles de Salvador y la multitud acompañándolas. Pero ¿a qué huele el aire?

Y ahí, si se analiza, el asunto comienza a parecer un poco menos excéntrico.

UN PASADO SIN OLOR

Durante siglos aprendimos a conservar el mundo principalmente con los ojos.

Ejemplos hay muchos, como un museo que guarda una pintura porque, claro, podemos volver a verla. Preserva una vasija, un vestido o un manuscrito porque eso puede permanecer ahí. Incluso cuando se trata de una ceremonia o de una danza, generalmente se documenta con fotografías o grabaciones.

Pero el olor es mucho más problemático. Se mezcla, cambia, se desvanece y muchas veces ni siquiera sabemos describirlo bien. Haga la prueba: todos podemos distinguir dos perfumes y, sin embargo, ¿cómo lo describiríamos?

El historiador británico William Tullett ha estudiado cómo esta forma de relacionarnos con los sentidos fue cambiando desde el siglo XVIII. Durante mucho tiempo, médicos y científicos utilizaban la nariz para evaluar sustancias o incluso enfermedades, pero poco a poco, mientras aparecían instrumentos capaces de medir el mundo de otra manera, el olfato fue perdiendo parte de esa autoridad.

No significa, claro, que hayamos dejado de oler. Lo que pasó es que simplemente aprendimos a confiar mucho más en aquello que podía medirse, escribirse y, más recientemente, fotografiarse.

Y eso ha tenido consecuencias para nuestra memoria del pasado. Podemos entrar hoy a la reconstrucción de una habitación del siglo XVIII y saber cómo era la cama, qué objetos había sobre una mesa e incluso cuál era el tono original de las paredes, pero esa habitación está prácticamente desodorizada.

Hoy no sabemos bien qué pasaba cuando alguien abría la puerta y percibía con el olfato su entorno. Se dice, por ejemplo, que olía espantosamente porque la gente de entonces no tenía la higiene de hoy, pero eso no sería justo. Tullett precisamente ataca esa idea: las personas se acostumbran a los aromas de su entorno y aprendían también a procesarlo.

Nos pasa todavía. Uno puede entrar a determinada casa y pensar que “huele a viejo”, mientras quien ha vivido ahí durante 40 años simplemente siente que huele a su casa. O cuando regresamos de vacaciones y percibimos nuestro hogar “a encerrado”, quizás solo huela a nuestra casa.

Así que recuperar un olor histórico tampoco significa fabricar algo que a nosotros nos parezca antiguo. Más bien hay que saber de dónde provenía y qué podía significar para las personas de esa época. De ahí que resulta interesante lo que hicieron en 2017 Cecilia Bembibre y Matija Strlič, investigadores de University College London, con algo muchísimo más familiar: los libros viejos.

Todos sabemos de qué va eso. Uno entra a una librería de viejo y ahí está ese aroma que parece mezclar papel, polvo y algo más difícil de identificar. Pues ellos quisieron saber qué había realmente detrás. Analizaron los compuestos que desprendían algunos libros antiguos y también el ambiente de la biblioteca histórica de la catedral de St. Paul, en Londres. Luego pidieron a diferentes personas que olieran las muestras. Y las respuestas fueron, al menos, curiosas. Muchos encontraron madera, humo o tierra, pero otros percibieron igual vainilla y, en otra prueba, apareció mucho el chocolate.

Pero no se queda ahí: los investigadores encontraron que, mientras el papel envejece, libera compuestos que también están presentes, por ejemplo, en el café y el cacao. De modo que ese olor que nosotros identificamos sencillamente como “libro viejo” puede aportar información sobre los materiales e incluso sobre su deterioro.

Unos años después, los investigadores llevaron esa misma idea a un terreno bastante más extraño: las momias egipcias. En 2025, científicos del Museo Egipcio de El Cairo y varias universidades analizaron el aire alrededor de nueve cuerpos momificados. ¿Y a qué huele una momia? Pues resulta que muchas fueron descritas como amaderadas, especiadas e incluso dulces.

La explicación es fácil: está en los aceites, resinas y otros materiales que se utilizaron durante el proceso de momificación. Pero también encontraron productos empleados siglos después por restauradores y sustancias relacionadas con el deterioro. Y eso quiere decir que un mismo olor puede guardar diferentes momentos de la historia de un objeto.

Ahora, sería absurdo afirmar que estamos oliendo exactamente lo mismo que olía un egipcio hace tres mil años. Los materiales envejecieron y fueron manipulados. Lo que queda es apenas un rastro. Pero buena parte de la historia funciona así y es bien sabido por historiadores. Tenemos una carta, una fotografía, una pieza arqueológica, pero eso nunca es el pasado completo. Son, digamos, pedazos desde los que intentamos reimaginarlos. Quizá un olor pueda ser otro de esos pedazos.

CUANDO EL RECUERDO APARECE SOLO

Mucho antes de todas estas investigaciones, Marcel Proust había descrito en la literatura algo que muchos hemos experimentado alguna vez.

Al principio de Por el camino de Swann, el narrador prueba una magdalena mojada en té y ese sabor, unido al aroma, le devuelve de golpe recuerdos de su infancia en Combray que hasta ese momento no había podido recuperar de manera consciente. Con los años, esa escena se volvió tan conocida que los psicólogos comenzaron a utilizar la expresión “fenómeno Proust” para referirse a los recuerdos autobiográficos que aparecen de manera involuntaria a partir de un olor o un sabor.

Y resulta que aquella intuición literaria encontró después respaldo en distintos experimentos. En 2000, los psicólogos Simon Chu y John Downes compararon recuerdos provocados por palabras con aquellos que aparecían mediante olores. Normalmente, los adultos conservamos muchos recuerdos de la adolescencia y los primeros años de la vida adulta. Sin embargo, cuando el estímulo era olfativo, la mayor concentración de recuerdos aparecía antes, entre los 6 y los 10 años.

Otros estudios encontraron después algo parecido. Y, claro, esto no significa que nuestra nariz almacene un archivo secreto de la infancia ni que un recuerdo provocado por un perfume sea necesariamente más verdadero. La memoria también inventa, completa y se equivoca, pero sí parece existir una relación particular entre los olores y ciertos recuerdos autobiográficos.

En 2024, investigadores de la Universidad de Pittsburgh hicieron otro experimento, esta vez con 32 adultos diagnosticados con depresión mayor. Les presentaban palabras o aromas y les pedían recuperar un recuerdo específico. Con las palabras lo consiguieron en 52.1% de los casos; con los olores, en 68.4%. Además, los participantes consideraban esos recuerdos más vívidos y emocionalmente intensos.

Hay un dato todavía más raro. Sólo lograban identificar correctamente qué estaban oliendo en 29% de las ocasiones. Es decir, muchas veces no sabían siquiera cómo llamar al aroma y éste ya los había llevado a un recuerdo. Algo así ocurre cuando uno dice: “yo conozco este olor” y pasan algunos segundos hasta que entendemos de dónde.

LO QUE UNA PANTALLA TODAVÍA NO PUEDE TRAER

Todo esto me parece especialmente interesante ahora, cuando nunca habíamos podido conservar tanto de nuestra vida. Tenemos en nuestro teléfono miles de fotografías, años de conversaciones y voces de personas que quizá ya no están. Podemos incluso recorrer virtualmente una ciudad en la que nunca hemos puesto un pie. Y eso es extraordinario.

Lo que todavía no podemos mandar por WhatsApp es el olor que llenaba la cocina de la abuela. Existen experimentos, claro. En los últimos años se han desarrollado dispositivos para realidad virtual capaces de liberar aromas, aunque reproducir olores sigue siendo mucho más complejo que generar una imagen o un sonido. O proyectos como Odeuropa, que utiliza enormes bases digitales para rastrear en textos históricos referencias a olores que desaparecieron hace siglos.

Ahora, más allá de la tecnología, sí que podemos, cada uno, hacer algo hoy por nuestra memoria olfativa. ¿Qué tal buscar ese perfume que usábamos cuando conocimos a nuestro primer amor y ver qué pasa al abrirlo? ¿O preparar de nuevo aquella receta de la abuela que hacía que toda la casa oliera a Navidad?

Y, quizá, también podamos pensar más hacia adelante. Sería bueno tomamos fotografías durante un viaje y usar ahí un perfume nuevo, o repetir después determinado aroma. O describir en una simple libreta a qué huele nuestro bebé o nuestra pareja (con sentimientos acompañados). O compremos una vela aromática para vivir un momento lindo con alguien que amamos. Tal vez, en un futuro, cuando todo cambie y veamos fotografías para recordar cómo vivimos ese momento, valga la pena preguntarnos: ¿a qué olía ese abrazo?

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