¿Cuánto puede caber en una vida? La obra de John Cage que durará 639 años

Jesús Díaz

“ORGAN²/ASLSP” se interpreta desde 2001 en Halberstadt, Alemania, y terminaría en 2640. El llamado concierto más lento del mundo expone una paradoja: podemos hacer cada vez más cosas, pero nunca vivirlo todo.

 ¿Tiene sentido una obra musical que tardará 639 años en terminar? ¿Quién podrá escucharla completa? ¿Con qué sentido? ¿No se supone que debemos aprovechar al máximo el tiempo que tenemos de vida? ¿Importa aquello que no veremos?

En Halberstadt, una ciudad alemana, llevan casi 25 años intentando responder esas preguntas. Dentro de la iglesia de St. Burchardi se interpreta lentamente, desde hace un cuarto de siglo, la composición “ORGAN²/ASLSP”, que John Cage adaptó para órgano en 1987.

Fue un compositor estadounidense y una de las principales figuras de la música experimental del siglo XX, conocido por llevar al límite ideas relacionadas con el silencio, el azar y la duración. Había escrito, en 1985, una primera versión para piano de este tema y dejó una indicación problemática para la posteridad: debe tocarse tan lenta y suavemente como sea posible.

Cage nunca pidió que la obra durara 639 años. Murió en 1992, antes de que este proyecto alemán existiera, pero después, cuando músicos, organistas y aficionados comenzaron a preguntarse hasta dónde podía llevarse la instrucción, se pensó que sería posible alcanzar esa duración si se utilizaba un instrumento capaz de sostener un sonido mientras siguiera recibiendo aire.

El poblado alemán tenía además una razón histórica para este experimento. En 1361 se construyó allí un órgano que ocupa un lugar importante en la historia del instrumento. Cuando el proyecto comenzó a organizarse en el año 2000, habían pasado exactamente 639 años desde aquella fecha, así que sus impulsores tomaron ese periodo como medida y decidieron repetirlo hacia el futuro.

La interpretación de Cage comenzó el 5 de septiembre de 2001 y, si todo ocurre como está previsto, terminará el 4 de septiembre de 2640.

Los primeros acordes aparecieron hasta el 5 de febrero de 2003. Desde entonces, un sistema eléctrico mantiene el flujo de aire dentro del pequeño órgano. Los cambios se realizan manualmente: algunos sonidos se incorporan y otros dejan de sonar. Hay combinaciones que permanecen durante meses y otras durante años.

El pasado 5 de agosto ocurrió apenas el cambio número 17 de esa obra que nadie de los presentes podrá escuchar completa.

Cuentan las agencias informativas y medios locales que fueron más de 150 personas las que entraron a la iglesia de St. Burchardi (decenas más siguieron una transmisión desde afuera) y que, durante tres minutos, escucharon el acorde que permanecía desde febrero de 2024. Sonaban siete tubos. Después, Anneli Borgmann, presidenta del patronato que sostiene el proyecto, colocó un octavo. Se incorporó un La.

Jeffrey Lependorf, director ejecutivo del John Cage Trust, lo describió como un sonido más agudo que ahora sobresale un poco, sólo un poco. Pero eso era justamente lo que todos habían ido a escuchar.

Se dice que, durante otros tres minutos, algunos levantaron sus teléfonos para grabar. Otros permanecieron con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Después llegaron los aplausos y varios “bravo”.

De estos casi 25 años de interpretación, se ha recorrido apenas alrededor de 4% del proyecto.

El siguiente cambio está programado para octubre de 2027, cuando uno de los sonidos actuales dejará de formar parte del acorde. Luego, el calendario continuará con nuevas combinaciones y largos periodos casi inmóviles. Se prevé que, en julio de 2056, si todo sigue como está escrito, quedará sonando un solo tubo. En 2071 permanecerá únicamente el aire. Al año siguiente, comenzará otra parte de la composición.

Y quizá lo verdaderamente difícil no sea mantener un sonido, sino sostener durante siglos la decisión de que ese sonido siga importando a los seres humanos.

Se reporta que St. Burchardi se encontraba en buena medida en ruinas cuando comenzó el proyecto, por lo que fue necesario reunir dinero para reparar el techo y acondicionar el lugar. El órgano, las actividades y la continuidad de la obra dependen principalmente de voluntarios, donaciones, patrocinadores y visitantes. La propia organización afirma que desde el comienzo no ha contado con financiamiento estatal o institucional permanente.

El calendario de 2640 supone, si se analiza, muchas condiciones que nadie puede garantizar: que la iglesia siga de pie, que el instrumento pueda repararse, que haya dinero, que alguien conozca la partitura y, sobre todo, que personas que todavía no existen, que no han nacido, consideren razonable presentarse en una fecha establecida siglos antes para modificar unos cuantos sonidos de sus ancestros.

Uno de los constructores del órgano calcula que los tubos que fabricó pueden durar al menos otros 500 años. Aun así, la obra necesita generaciones de personas dispuestas a heredar una decisión ajena. ¿Para qué?

Los organizadores venden incluso entradas para la función final. Sí, la que sucederá en más de 600 años. Cuestan 2 mil 640 euros y, desde luego, pueden heredarse. Quien compra una hoy sabe que nunca la utilizará, que tendrá que entregarla a alguien que, si la conserva, deberá hacer lo mismo con otra persona, en una cadena que tendría que repetirse así durante siglos.

Todo esto puede parecer fascinante, curioso, pero también una estupidez monumental. Los propios responsables del proyecto mantienen abierta esa duda.

En su página oficial preguntan qué habría pensado Cage, si cientos de años no son demasiado incluso para una pieza que pide tocarse tan lentamente como sea posible, si la idea artística resulta insuficiente o si el proyecto podría reducirse a un chiste sostenido durante siglos. También se preguntan qué ocurriría si falla el sistema de aire, quiénes son realmente los músicos y si aquello sigue siendo un concierto cuando durante buena parte del tiempo no hay nadie escuchando.

EL TIEMPO QUE CREEMOS AHORRAR

Lo más sencillo sería enfrentar el órgano que desafía el tiempo con la inmediatez de TikTok. Después bastaría lamentarnos y sufrir por dentro porque “hemos perdido la paciencia” y concluir que “deberíamos vivir más despacio”.

El problema es que, claro, la velocidad también nos ha dado cosas extraordinarias.

Vamos, que podemos cruzar un océano en unas horas, hablar con alguien que vive a miles de kilómetros, hacer una transferencia sin perder una mañana en el banco o consultar desde nuestra casa una biblioteca ubicada en otro país. No encuentro ninguna superioridad moral en tardar más cuando algo puede resolverse mejor y más rápido.

El sociólogo alemán Hartmut Rosa estudia esa contradicción desde hace años. En su libro “Social Acceleration” distingue tres procesos que suelen mezclarse cuando decimos que la vida va demasiado rápido. Uno es la aceleración tecnológica, visible en el transporte, la comunicación y la producción. Otro ocurre en la velocidad con que cambian las instituciones, los conocimientos y las relaciones. El tercero se encuentra en nuestro propio ritmo de vida, en la cantidad de acciones y experiencias que intentamos realizar dentro del mismo periodo.

La tecnología debería ayudarnos, ciertamente y sin que nos sintamos culpables, con este último problema.

Si una tarea que antes consumía una hora puede hacerse en quince minutos, dice Rosa, en teoría hemos ganado 45. Si un viaje tarda dos horas en vez de cinco, quedan tres disponibles. Si un mensaje evita un traslado, tenemos un pedazo de día que antes habríamos perdido.

Una conversación por mensaje puede resolverse mientras caminamos o esperamos un elevador. Esa facilidad también permite mantener muchas más conversaciones en un día. Podemos trabajar durante un trayecto, contestar un correo mientras vemos televisión o escuchar un podcast mientras hacemos ejercicio. La herramienta sí ahorra tiempo en cada actividad. Lo que aumentó fue la cantidad de actividades que ahora caben.

Y algo parecido sucede con la cultura.

Hace un siglo, una persona podía pasar toda su vida sin tener acceso a una película japonesa, un periódico brasileño o una grabación realizada en África. Hoy basta un teléfono. Esta mañana puedo leer un diario de Londres, escuchar música grabada hace setenta años, ver por la tarde una película coreana y terminar el día hablando con alguien que se encuentra en otro continente.

Al menos yo no quisiera renunciar a esa posibilidad. Pero esa abundancia sí que hace más visible otra cosa. Por ejemplo, hay un infinito de películas que no podremos ver, más libros de los que podríamos leer, millones de canciones, podcasts, artículos, restaurantes, ciudades, exposiciones, cursos y personas interesantes.

Y basta mirar atrás para recordar o saber que, durante mucho tiempo, una parte de nuestra limitación permanecía escondida detrás de la falta de acceso. No leer un libro podía explicarse porque nunca llegó a nuestra ciudad. No escuchar un disco, porque no estaba disponible. Ahora muchas de esas posibilidades aparecen frente a nosotros acompañadas por un botón que dice: reproducir, guardar, comprar o reservar.

Es un acceso un tanto absurdo que creció mucho más rápido que nosotros. Un estudio publicado en 2019 en “Nature Communications” analizó una parte de ese fenómeno a partir de la atención colectiva que reciben distintos asuntos.

Los investigadores revisaron datos de Twitter, Reddit, Google, libros, películas, Wikipedia y publicaciones científicas, entre otras fuentes. Querían saber cuánto tiempo permanece algo dentro del interés de grandes grupos de personas y cómo había cambiado ese ciclo. En varios ámbitos encontraron periodos de popularidad más breves.

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En Twitter (ahora X), por ejemplo, un hashtag permanecía entre los 50 principales alrededor de 17.5 horas en 2013. Para 2016, el promedio había bajado a 11.9. Los temas podían atraer una cantidad semejante de atención, pero llegaban antes a su punto máximo y eran sustituidos más rápido. Los autores fueron cuidadosos al marcar la diferencia. Estudiaron atención colectiva, no la capacidad cognitiva de una persona. En Wikipedia y en las citas científicas, por ejemplo, encontraron cambios mucho menores.

La explicación propuesta tampoco necesita imaginar que nuestro cerebro se arruinó. Más bien, que la cantidad de atención humana es limitada mientras la producción y el consumo de contenidos aumentan. Sin que parezca un análisis de blanco y negro, este estudio apuesta a que quizá no tengamos menos capacidad para mirar algo durante mucho tiempo, sino que tal vez haya demasiadas cosas pidiéndonos mirar algo más.

Y en medio de esa abundancia buscamos nuevas maneras de apretar el tiempo. Saltamos la introducción de una serie. Aceleramos un audio. Guardamos artículos “para después”. Abrimos otra pestaña. Vemos algo mientras contestamos un mensaje. Cada minuto que conseguimos liberar parece ofrecernos la posibilidad de introducir una cosa más. Más. Más. ¿Qué más?

No por nada en inglés le llaman “spend time” o “gastar tiempo”. Y el tiempo es un tema complejo porque, por ejemplo, el dinero que no gasto hoy puede seguir ahí mañana. Pero el tiempo no necesariamente tiene un cheque a futuro. Si algo que me tomaba una hora ahora necesita veinte minutos, los cuarenta restantes no se guardan para cuando tenga 80 años. Tengo que vivirlos esa misma tarde. Puedo dormir, trabajar, leer, caminar, hablar con alguien o desperdiciarlos viendo cualquier cosa.

No puedo almacenarlos. ¿Y qué hacemos? Ésa es la principal pregunta. Quizá por eso llevamos tanto tiempo inventando herramientas para ahorrar minutos y seguimos diciendo que no tenemos tiempo. Se acaba el tiempo.

UNA VIDA LLENA

No sería bueno responsabilizar o demonizar al trabajo, al teléfono o a las plataformas de mantenernos ocupados.

Judy Wajcman, socióloga de la London School of Economics, en Pressed for Time recuerda que en Estados Unidos la proporción de personas que decía sentirse siempre apurada aumentó entre 1965 y comienzos de este siglo. Sin embargo, los estudios que registraban qué hacía realmente la gente durante el día mostraban que, en ese mismo periodo, el tiempo destinado al ocio también había crecido.

Eso no significa que todos tengamos tiempo de sobra. Una persona con dos empleos no controla sus horas igual que otra con una jornada flexible. Tampoco quien concentra buena parte del trabajo doméstico o del cuidado de los hijos. Pero hay otra parte de su análisis que resulta especialmente útil: cómo llenamos el tiempo que supuestamente tenemos libre.

Hacemos, o pensamos en hacer, de todo: vamos al cine, salimos a comer, viajamos, hacemos ejercicio, visitamos exposiciones, vemos amigos y buscamos nuevas actividades. En ciertos grupos sociales, incluso estar ocupado puede funcionar como una señal de bienestar o importancia. Antes, disponer de mucho ocio demostraba que alguien tenía suficiente dinero para no trabajar. Ahora una agenda llena también puede decir algo de quien la posee: tengo proyectos, conozco lugares, hago cosas, me necesitan.

Y no necesariamente sufrimos todo eso. Muchas veces lo queremos. Yo preferiría haber leído cien buenos libros que diez, claro. Y me alegra poder conocer ciudades a las que mis antepasados difícilmente habrían llegado. Tampoco veo por qué visitar tres museos durante un viaje tendría que ser una experiencia inferior a pasar la tarde mirando tranquilamente una puesta de sol. Es decir, una vida llena puede ser una buena vida.

Pero sí que hay un problema que comienza cuando esa cantidad se convierte en una forma de medir “la vida”: países visitados, libros leídos, películas vistas, conciertos, restaurantes, maratones, lugares que queremos conocer alguna vez. Incluso tenemos una expresión para reunirlos: bucket list, la lista de cosas que queremos hacer antes de morir.

La propia expresión reconoce ese límite, es decir, que hay que hacerlo sí o sí antes de que se acabe el tiempo. Incluso entre las personas que viajaron a Halberstadt el pasado 5 de agosto estaba Michael Barnett, un escocés de 55 años que llegó desde Glasgow. Dijo a AP que presenciar el cambio del acorde formaba parte de su bucket list.

Y esto, al menos para mí, resultó revelador porque se puede planear una experiencia sobre algo que es demasiado grande para retenerlo. Se puede tomar una parte de un todo que sí puede caber en nuestra propia experiencia.

Eso somos, porque cada generación escucha solamente una parte de la experiencia de lo que llamamos “vida”. Y quizá ésa sea la respuesta más seria a la pregunta con la que comenzamos: ¿importa aquello que no veremos?

Buena parte de lo que hacemos supone que sí. Quien planta un árbol no siempre llegará a verlo adulto. Quien conserva un edificio histórico trabaja para personas que nunca conocerá. Una investigación puede necesitar décadas y continuar después de la muerte de quien la comenzó. Criamos hijos sabiendo que una parte enorme de sus vidas ocurrirá sin nosotros.

En realidad, el final de cualquier obra no pertenece a quienes la iniciaron ni a nosotros. El año 2640 ni siquiera está asegurado.

En 1849, Edgar Allan Poe publicó uno de los poemas que más me gustan, llamado A Dream Within a Dream. Hacia el final, el autor se encuentra frente al mar intentando retener unos cuantos granos de arena y dice:

“¡Oh, Dios! ¿No puedo salvar
ni uno de la ola despiadada?
¿Es todo lo que vemos o parecemos
un sueño dentro de un sueño?”

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