

Jesús Díaz
La marcha del 15 de noviembre reveló un choque entre frustraciones legítimas y narrativas manipuladas, donde la juventud fue invocada, disputada y, en buena medida, apenas visible
Es 15 de noviembre en la Ciudad de México. Hay una marcha masiva, con banderas nacionales, pancartas contra la violencia, sombreros y un elemento que rompe la lógica de la manifestación: ¿una bandera pirata?
Es negra, con una calavera que usa un sombrero de paja. Pocos lo saben, pero se trata del emblema del anime japonés One Piece, una imagen que, de pronto, se volverá el centro del debate.
En días posteriores las preguntas fueron constantes en medios, redes y sociedad civil. ¿Qué pasó realmente ese día? ¿Presenciamos el despertar político de la generación Z en México? ¿O se trató de una operación política disfrazada?
Y si bien los polos del debate son ruidosos, lo cierto es que hace falta separar algunos para entender el cuadro completo: el de lo que sienten los jóvenes que viven (y padecen) desde todos los rincones de México.

El retrato de la Generación Z
Haría falta derribar algunos mitos. Se habla mucho de la Generación Z y su desconexión, pero los datos pintan un retrato muy diferente.
Para empezar, son un bloque demográfico enorme: casi un tercio de la población, unos 30.4 millones de personas, según el INEGI en sus Estadísticas a propósito del Día de la Juventud 2025.
Nacidos entre mediados de los 90 y 2010, su realidad está marcada por dos elementos que parecen contradictorios: una precariedad económica brutal y un nivel de violencia que han tenido que normalizar.
A los jóvenes no les preocupa tanto la inseguridad, como muchos suponen, sino la falta de oportunidades. Su tasa de desempleo es de 4.8% (datos del INEGI/ENOE, 3er trimestre de 2025), cifra que es casi el doble que la tasa general del país. El doble.
Y eso es solo la punta del iceberg. El problema más profundo es la informalidad. De los que sí tienen trabajo, un aplastante 59% lo hace sin contrato, sin prestaciones, sin seguridad social. Viven al día desde la incertidumbre total.
Cuando les preguntan en encuestas cuál es el principal problema del país, el 15% de la Generación Z responde el desempleo o los bajos salarios. A diferencia de sus padres o abuelos, su expectativa laboral no es de estabilidad, sino de precariedad constante.
Esta realidad económica convive con un nivel de violencia que, visto en números fríos, es aterrador, y que está tristemente normalizado en México: cuatro de cada diez víctimas de homicidio o desaparición en México son jóvenes.
Es decir, cada día, en promedio, 26 de ellos son asesinados y 20 desaparecen. Además, el homicidio es la primera causa de muerte para los hombres de entre 15 y 24 años.
La generación ha crecido con masacres y noticias de cárteles como parte del paisaje desde la llamada guerra contra el narco de 2006. ¿Cómo moldea esto su visión del mundo y de la política?
Y aquí entra una paradoja encontrada en los datos del Latinobarómetro de 2023. A pesar de este panorama desolador, esta no parece ser una generación “antisistema”. De hecho, los jóvenes mexicanos están entre los que menos desconfían de su gobierno en toda América Latina.
El 73% afirmó en esa encuesta que votaría por la coalición gobernante (Morena y aliados). Además, se identifican más con la izquierda, un 23%, que con la derecha, que tiene un 16%.
Aunque sí existe una fascinación con figuras de mano dura como Nayib Bukele en El Salvador. Los jóvenes, por un lado, apoyan al gobierno actual, pero por otro coquetean con soluciones autoritarias.
Su desconfianza no es hacia el gobierno como concepto abstracto. Es muy específica hacia la oposición tradicional, el PRI y el PAN.
A diferencia de movimientos como el del 68 o el hashtag #YoSoy132, que eran protestas frontales contra el régimen en el poder, muchos jóvenes de hoy combinan su hartazgo con un cierto beneficio de la duda hacia el proyecto político actual.
Según los datos, crecieron viendo el fracaso de los partidos anteriores, así que su escepticismo se dirige casi por completo hacia ellos.
DE LA INDIGNACIÓN ABSTRACTA AL CAOS
Esa ambigüedad, esa mezcla de hartazgo con un enemigo político bien definido, es exactamente lo que intriga de la marcha del 15 de noviembre.
Todos los datos apuntan a que esta no empezó con un grito de furia contra todo el sistema. La convocatoria original apareció en redes sociales a finales de octubre, impulsada por varios influencersconocidos por su postura opositora, y amplificada por figuras como el empresario Ricardo Salinas Pliego.
El mensaje inicial fue genérico. Un llamado “sin partido” contra la corrupción y en defensa de instituciones como el INE, bajo el lema: “Somos la generación que se cansó de agachar la cabeza”.
Entonces llegó un punto de inflexión. El 1 de noviembre, con el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, la indignación abstracta contra la corrupción se ancló en un hecho de violencia concreto y brutal.
El evento fue capitalizado de inmediato y la protesta pasó de tener demandas institucionales a canalizar una emoción colectiva mucho más potente. El lema cambió: Todos somos Manzo. Y con ese nuevo impulso llegó la marcha.
Miles de personas se reunieron en el Ángel de la Independencia, muchas de blanco. Incluso con sombreros de paja como los que usaba Manzo. La bautizaron como la protesta de jóvenes… con muy pocos jóvenes.
Decenas de reportajes a pie de calle son unánimes en eso. La cifra oficial del gobierno fue de 17 mil asistentes y las crónicas coinciden en que la gran mayoría eran personas mayores de 30 años.
Los testimonios recogidos en medios hablaron con personajes como Claudia, abogada de 30 años; con Fidel, un profesor jubilado de 78; y Arisbet, una médica de 43. Y, por supuesto que había veinteañeros, pero como escribió un reportero de El País: “Se asomaron a cuentagotas”.
Aunque las voces jóvenes, que sí estaban, eran muy elocuentes. Hubo testimonios como el de Fernanda, una chica de 29 años, que decía estar ahí por el hartazgo con la violencia y se sinceró al decir que admiraba a Bukele y a Salinas Pliego.
Esa mezcla tan extraña de generaciones e ideologías fue lo que definió la imagen de esa protesta, pero no fue la imagen que perduró. El desenlace fue violento. La marcha avanzó de forma pacífica hasta que el contingente principal llegó al Zócalo. Y ahí se descompuso.
Un grupo de encapuchados, que nadie sabe bien de dónde salieron, derribó las vallas metálicas que protegían el Palacio Nacional y empezaron a lanzar piedras y cohetones a la policía. La respuesta fue inmediata. La policía respondió para dispersar a la multitud y, al final, quedó esa foto: la del caos y la violencia.
El saldo final fue de 120 heridos, y 20 detenidos. Esa imagen de caos opacó por completo el mensaje original de la marcha. Y en medio de todo ese desorden, el símbolo que mencionamos al inicio, la bandera pirata, se replicó en redes sociales, con imágenes reales y otras hechas con Inteligencia Artificial.

LA LUCHA DE UNA GENERACIÓN
Para quienes no son expertos, la bandera pirata de One Piece no es la de cualquier “caricatura”, es un fenómeno cultural global. Es uno de los mangas más vendidos de la historia. Y su historia central, la de su protagonista Luffy, es sobre un joven que viaja por el mundo liberando pueblos oprimidos por un gobierno mundial autoritario y corrupto.
La bandera con la calavera y el sombrero de paja se ha convertido para millones de jóvenes en todo el mundo en un símbolo de resistencia, libertad y lucha contra la tiranía. Es un código que muchos jóvenes entienden al instante. No necesitan un manifiesto político; la bandera lo dice todo.
Su uso en México no fue un caso aislado. Fue parte de un lenguaje global de protesta juvenil. Se ha visto exactamente el mismo emblema en las protestas de Nepal en 2025, que terminaron con la caída del primer ministro; en Perú, donde la llamada Generación Bicentenario la adoptó en las marchas que contribuyeron a la destitución de la presidenta Dina Boluarte; y en el caso más extremo, en Madagascar, también en 2025, donde fue parte de las protestas masivas que culminaron en un golpe de estado.
Es, literalmente, un estandarte generacional de insurrección.
La bandera de Luffy, en 2025, es un icono pop que condensa un ideal de rebeldía y justicia para una generación, aunque muchos adultos no tengan ni idea de lo que significa.


¿MOVIMIENTO ESPONTÁNEO O INDIGNACIÓN SOCIAL?
Eso nos lleva directamente a la gran pregunta que quedó en el aire después del 15 de noviembre y que se reafirmó el pasado 20 con otra marcha a la que no llegó nadie: ¿lo que vimos fue un movimiento orgánico y espontáneo de jóvenes hartos, o fue una campaña perfectamente orquestada?
Hay dos narrativas opuestas.
Por un lado está la versión del gobierno, que no dudó en calificarla como una suerte de “revolución de colores”, un término que se usa para describir movimientos que parecen espontáneos, pero que, según esta narrativa, son en realidad financiados y organizados desde el extranjero. A menudo por agencias de Estados Unidos para desestabilizar a gobiernos que no son de su agrado.
Es una acusación muy grave. Pero para sostenerla, se basaron en un informe de Infodemia, el órgano de monitoreo digital del Estado, que documentó una “operación coordinada» con cuentas en redes sociales creadas masivamente solo para impulsar la marcha, páginas de memes que de un día para otro se volvieron políticas. Incluidos 28 grupos de Facebook que se administraron desde el extranjero.
Según su cálculo, se gastaron unos 90 millones de pesos solo en la campaña digital.
El gobierno señala a actores concretos como Ricardo Salinas Pliego por su amplificación, al Partido Acción Nacional (PAN), e incluso sugiere la influencia de Atlas Network, una red global de think tanks de derecha. Supuestamente se habrían montado sobre un descontento legítimo para intentar desestabilizar.
Del otro lado está la visión de la oposición. Para ellos, todo esto es un invento. Sostienen que la marcha fue una expresión de hartazgo genuino de una ciudadanía que ya no aguanta. Y señalan que las consignas eran muy claras y directas contra el gobierno. Se gritaba “fuera Morena” y “narco presidenta”.
Acusan al gobierno de usar la fuerza para reprimir una protesta y de inventar un complot para desacreditar a cualquiera que se atreva a criticarlos.
Los reportes a favor de una campaña de la oposición se enfocan en un caso muy concreto: Edson Andrade. Un influencer que encajaba perfecto en el perfil: 26 años, GenZ y con un discurso libertario muy popular, muy crítico con el gobierno. Que se presentó como una voz independiente, sin partido.

La evidencia dura, los documentos, lo vinculan fuertemente a la oposición. Se encontró primero que trabajó para el Comité Ejecutivo Nacional del PAN entre 2021 y 2022, y después que intentó ser candidato a concejal por el PRI en 2024.
El dato más contundente es que este año su empresa firmó un contrato por 2.1 millones de pesos con el PAN de la Ciudad de México por servicios de Estrategia Digital.
Cuando fue confrontado con los contratos públicos, Andrade dijo que no militaba en ningún partido y que le molestaba que quisieran colgarse de un movimiento “orgánico de jóvenes”. Insistió en que era un perseguido político y que el movimiento no tenía ni líder ni financiamiento. Se dice que dejó el país.
Su caso es, a todas luces, muy elocuente. No prueba que los 17 mil manifestantes fueran pagados. El malestar es innegablemente real, como se vio al inicio con los dos datos duros sobre precariedad y violencia. Pero sí demuestra, con papeles, que hubo una estructura y un financiamiento partidista, impulsando, organizando y capitalizándose del descontento.
¿CUANDO ESCUCHAREMOS A LA GENERACIÓN Z?
La marcha, entonces, no fue ni puramente espontánea ni completamente falsa. Fue un híbrido extraño, un reflejo perfecto de nuestros tiempos, donde el hartazgo más genuino puede ser canalizado y empaquetado por operaciones políticas muy sofisticadas.
Aquí queda una reflexión final. Hay una real Generación Z que lucha por sus causas, las que les afectan directamente, como su búsqueda por la reducción de la jornada laboral a 40 horas.
La pregunta provocadora quizás no es sólo si la marcha del 15 de noviembre fue real o falsa. Las preguntas, creo yo, son más profundas: Cuando la Generación Z se organice por sí misma, con sus propias demandas, sus propios símbolos, y sin el altavoz millonario de la maquinaria política tradicional, ¿alguien les hará caso? ¿Cómo será su protesta real?
¿El gobierno podrá escucharles? ¿Servirá su retórica de «aquí no pasa nada y todos estamos contentos»? ¿O en el ecosistema mediático y político actual, una protesta necesita forzosamente de una operación millonaria en redes para que alguien le preste atención? ¿La oposición seguirá acallando su voz y secuestrando sus causas? Ya veremos.
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