La educación emocional

Este proceso tiene un objetivo fundamental: aprender a reconocer y diferenciar nuestras emociones y las de los demás para comprender lo que ocurre a nuestro alrededor

La educación, más allá de transmitir conocimientos, implica integrar habilidades, actitudes y valores para adaptarse y resolver problemas, a continuación exploraremos la relación entre educación emocional e inteligencia emocional, resaltando la importancia de ambas en el desarrollo integral.

Educarnos emocionalmente ¿nos debilita o fortalece?

Al leer el término, seguramente pensaremos en dos conceptos que nos son familiares: la educación y la inteligencia emocional.

La educación es el proceso en el que vamos adquiriendo conocimientos, habilidades, actitudes, valores y hábitos para ponerlos en práctica en nuestra vida cotidiana y con ello adaptarnos a nuestro entorno, resolver problemas y generar cambios favorables.

Esto implica que, aunque tradicionalmente la asociamos con “conocimientos”, en realidad se refiere a cómo integramos esos conocimientos con las habilidades, actitudes, valores que vamos adquiriendo y las ponemos al servicio propio y de los demás. 

Por otro lado, hemos escuchado hablar de la “inteligencia emocional” que, aunque fue propuesto por Peter Salovey y John Mayer desde 1990, realmente su difusión se dio con la publicación del libro “Inteligencia Emocional”, de Daniel Goleman, en 1995, y hace referencia a la “habilidad para identificar y expresar las emociones personales de forma apropiada y la capacidad de comprender también las emociones de los demás”.

Relación educación-inteligencia

¿Cómo se enlazan ambos conceptos si la educación ha sido relacionada tradicionalmente con las materias que se imparten en la escuela? 

Aunque hemos difundido mucho la idea de que trabajamos una educación “integral”, en realidad poco hemos atendido un área fundamental para lograr un auténtico desarrollo integral:  la educación emocional, que de acuerdo con Rafael Bisquerra, “es el proceso educativo, continuo y permanente que pretende potenciar el desarrollo emocional como complemento indispensable del desarrollo cognitivo”.

Y quiero enfatizar la palabra “complemento”, pues emociones y razón son parte fundamental de nuestra personalidad; nos movemos y reaccionamos por las emociones; si emocionalmente estamos bien, nuestro cerebro funciona de maravilla; pero si la emoción se dispara, la razón se neutraliza y dejamos de percibir una amplitud de posibilidades que se dan en nuestro entorno; por tanto, cuando las desarrollamos de forma conjunta somos más adaptables, resilientes y capaces de afrontar exitosamente los retos de la vida cotidiana.  La educación emocional nos ayuda a entender nuestras reacciones, pero también a orientarlas para adoptar actitudes positivas ante la vida.

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¿Cuál es el principal objetivo de la educación emocional?

La base es aprender a conocer y diferenciar nuestras propias emociones, y las de los demás, pues ello nos permite entender qué sucede alrededor.

¿Te ha pasado alguna vez que amaneciste de un excelente humor y después te das cuenta de que traes cierto malestar y no supiste qué lo originó? O quizás alguien se enojó muchísimo contigo y no supiste ni por qué fue, y esto a su vez generó en ti malestar o indignación.

Si no aprendemos a detectar qué situaciones generan en nosotros —y en otros— ciertas emociones y cómo respondemos, nuestra reacción —natural, involuntaria e inmediata— no necesariamente será positiva, lo cual puede meternos en serios problemas.

De igual manera, al no leer las verdaderas emociones detrás de los comportamientos de otras personas, podemos reaccionar de forma negativa, tomar asuntos de forma personal e incluso magnificar un conflicto en lugar de solucionarlo.

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La educación emocional, entonces, es el proceso en el que aprendemos primeramente a identificar qué emociones sentimos y qué las detonan, y tomar conciencia de cómo respondemos cuando estamos bajo su efecto y si esa respuesta es la que nos gustaría tener en situaciones similares, pues pudiera ser que nos demos cuenta de que cuando estamos enojados somos muy hirientes, o si algo nos atemoriza nos quedamos paralizados y preferiríamos responder de forma diferente. 

Cuando logramos este primer paso, y trabajando algunas técnicas, podemos aprender a gestionar nuestros sentimientos y expresarlos de la forma apropiada, pues un principio fundamental de la inteligencia emocional es que todas las emociones son válidas, necesarias y cumplen con una misión; lo que no es válido es la manera como reaccionamos en ciertas ocasiones; por ejemplo, es válido que nos molestemos porque no recibimos un producto o servicio esperado, pero no es válido que por nuestra molestia seamos groseros, hirientes o hasta agresivos. 

Cuando nos educamos emocionalmente, no “negamos” nuestra molestia y enojo; al contrario, la aceptamos y validamos, redireccionando la manera de expresarla de manera que lo resolvamos; en otras palabras, suavizamos o redireccionamos cuando nuestro comportamiento no nos hace sentir bien con nosotros mismos o con los demás, y/o no nos ayuda a resolver los conflictos. 

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Y los pequeños o grandes logros que vamos obteniendo en la educación emocional, nos van ayudando a ampliar y diversificar nuestras competencias emocionales, pues no sólo aprendemos a encauzar o redireccionar nuestras reacciones, también vamos desarrollando habilidades para:

  • Generar emociones positivas aún en momentos de conflicto, lo cual, sin duda nos permitirá solucionarlos de una manera mucho más pacífica y efectiva; 
  • Controlar estados de ansiedad o alto estrés, o de baja tolerancia a la frustración, lo que nos ayuda a rendir más, ser más efectivos y evitar el desgaste físico, mental y emocional; 
  • Desarrollar habilidades para mantener alta nuestra motivación a pesar de la carga personal o laboral que tengamos;
  • Gestionar emociones de otras personas para no dejarnos afectar de forma negativa, sino que podamos establecer buenas relaciones e interactuar con diversos caracteres de forma efectiva.
  • Desarrollar un mejor sentido del humor y una visión más optimista de las circunstancias, lo que nos ayudará a lograr un estado de bienestar y la capacidad de fluir en nuestras diferentes actividades.

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La mejor noticia es que, aunque no hayamos recibido ningún tipo de entrenamiento en las competencias emocionales, siempre estamos a tiempo de empezar; y aunque hay profesionales que se especializan en estrategias para trabajarlo, actualmente existen herramientas que nos ayudan a trabajarlo de forma personal, y con gusto compartiremos algunas de ellas en próximos artículos.

Y, aunque suene paradójico, trabajar nuestras emociones no nos hace más débiles, sino que por el contrario, nos fortalece, pues nos permite tomar las riendas de nuestra vida y dejar de ser “víctimas” de las circunstancias.

Así es que ¡vale la pena intentarlo! 

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