Cuando las redes nos unen, también nos ponen a prueba

Que la indignación no nos quite la verdad

En días pasados, el nombre de Rocky se hizo presente en las conversaciones de miles de personas; la mayoría no lo conocíamos; no lo habíamos visto caminar por las calles de Saltillo, ni conocíamos su historia. Sin embargo, las imágenes y videos de lo ocurrido nos conmovieron, nos indignaron y nos hicieron desear profundamente que pudiera recuperarse.

Como seguramente sabrás, Rocky llegó en condiciones muy graves al hospital veterinario después de haber sido arrastrado por una camioneta. Durante los días que intentaron salvarle la vida, muchos permanecimos pendientes de su estado de salud, aunque tristemente, las lesiones fueron irreversibles y Rocky falleció.

Su historia despertó una enorme solidaridad; asociaciones, vecinos y ciudadanos 一incluso de otros estados一 levantaron la voz, presentaron denuncias, exigieron justicia y dieron seguimiento al caso. Las redes sociales permitieron que una situación que quizá habría permanecido oculta (y que quizá ya tenía importantes antecedentes) se hiciera visible y las autoridades actuaran. Una vez más comprobamos que estas plataformas pueden convertirse en una poderosa herramienta para defender buenas causas.

Y esa reacción colectiva nos recuerda algo esperanzador: no hemos perdido la capacidad de conmovernos ante el sufrimiento. Aunque Rocky fuera un desconocido para la mayoría, sentimos su dolor como algo cercano; nos unió el rechazo a la crueldad y el deseo de que ningún ser vivo vuelva a pasar por algo semejante.

Ojalá esa sensibilidad no aparezca únicamente ante los casos más extremos o cuando una historia se vuelve viral. Existen muchos otros animales que viven abandono, hambre o maltrato sin que haya una cámara cerca para mostrarlo; también hay niños que necesitan protección, adultos mayores que viven en soledad, mujeres que enfrentan violencia, familias que atraviesan situaciones difíciles y comunidades que requieren del apoyo de todos.

Y no se trata de comparar sufrimientos ni tener que decidir qué causa merece más nuestra atención; se trata de reconocer que la solidaridad que despertó Rocky debe extenderse hacia muchos otros espacios. 

Si las redes son capaces de unirnos para exigir justicia, también puede ayudarnos a encontrar hogares para animales abandonados, apoyar tratamientos médicos, localizar personas desaparecidas, acompañar a familias afectadas por una tragedia y/o movilizar recursos ante una necesidad comunitaria.

Sin embargo, junto con las expresiones auténticas de solidaridad, el caso de Rocky volvió a dejar al descubierto algo que debe preocuparnos: la facilidad con la que damos por verdadera cualquier información que aparece en redes.

Cuando un hecho nos indigna, queremos respuestas inmediatas: quién fue el responsable, por qué ocurrió, quién permitió que sucediera y tener la certeza de que recibirá el castigo que merece. Pero esa urgencia emocional puede llevarnos a compartir nombres, fotografías, supuestos vínculos… 一y lo que es más dañino一, interpretaciones y acusaciones sin detenernos a verificar si realmente tienen sustento.

Este caso no fue la excepción: circularon versiones que tuvieron que ser desmentidas públicamente por las autoridades y hasta por los vecinos que presenciaron el hecho. Incluso el hospital veterinario que recibió a Rocky recibió acoso profesional mientras el personal luchaba por salvarle la vida. 

Esto debe hacernos reflexionar: una indignación legítima también puede terminar lastimando a personas inocentes cuando se alimenta con información incompleta, rumores o juicios precipitados.

Compartir publicaciones se está convirtiendo en ocasiones, en un acto casi automático; pero cada vez que oprimimos el botón de “enviar” estamos siendo corresponsables de esa información; ampliamos el alcance de un mensaje y asumimos una responsabilidad sobre aquello que estamos ayudando a difundir.

Y no todo lo que está escrito es cierto; no toda fotografía demuestra lo que alguien afirma 一y menos ahora con la inteligencia artificial一; no toda publicación, aunque tenga miles de reacciones proviene de una fuente confiable. Repetir muchas veces una versión, no la convierte en verdad… aunque así lo sintamos.

Antes de compartir, vale la pena detenernos unos minutos: ¿quién publica esta información?, ¿presenta alguna evidencia?, ¿ha sido confirmada por una fuente confiable?, ¿estoy difundiendo un hecho o solamente una interpretación?, ¿podría perjudicar a alguien si resulta ser falso?

Actuar responsablemente no significa permanecer en silencio ante la injusticia. Tampoco implica ser indiferentes o restarle importancia a lo sucedido. Podemos denunciar, exigir investigaciones, acompañar a quienes defienden una causa y pedir que la ley se aplique; pero existe una diferencia importante entre exigir justicia y dictar una sentencia desde nuestro teléfono.

La ética no puede desaparecer cuando aparece el enojo. Por el contrario, es precisamente en esos momentos cuando más necesitamos conservarla; que la indignación no quite la verdad, ni la empatía, ni la capacidad de reconocer que detrás de cada nombre y fotografía existe un ser humano que puede salir afectado por nuestras palabras.

Una causa justa no necesita rumores para sostenerse; necesita evidencias, seguimiento, participación ciudadana responsable y confianza en que las instituciones realizarán las investigaciones correspondientes. Cuando difundimos información falsa, lejos de fortalecer la causa, podemos desviar la atención, entorpecer los procesos y restarle credibilidad a la exigencia legítima de justicia.

La mejor manera de honrar lo que Rocky despertó en nosotros, será convertir la indignación en una solidaridad constante, que sea capaz de mirar otras necesidades y de utilizar nuestra voz con responsabilidad. Porque defender una causa justa no implica solamente levantar la voz, sino cuidar que aquello que decimos con ella, sea cierto.

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