¿Eres perfeccionista u optimalista?

Adriana Villareal Rodríguez

Ser perfeccionista no necesariamente es una cualidad

Seguramente, muchos de ustedes, al igual que yo, han escuchado a gente decir que su gran virtud o su peor defecto es ser perfeccionistas… y quizás pocas veces nos hemos detenido a reflexionar por qué para unos es una cualidad y para otros un defecto.

Quienes lo ven como una cualidad es porque consideran que el perfeccionismo implica esforzarse siempre por hacer lo mejor. Sin embargo, si partimos de la definición que nos da el Diccionario de la Lengua Española, el perfeccionismo es definido como la tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado. Y quiero resaltar la palabra «indefinidamente», que, también de acuerdo con el diccionario, se refiere a lo que no tiene término señalado o conocido.

Por lo anterior, el perfeccionista no necesariamente es aquel que busca siempre hacer lo mejor, sino más bien aquel que nunca considera haberlo logrado. Así retomamos la pregunta inicial: ¿es una cualidad o un defecto?

Y para explicarlo, quiero hacer referencia al libro de Tal Ben-Shahar, un profesor de la Universidad de Harvard especializado en Psicología Positiva, que es el ámbito de la psicología dedicado a analizar los recursos psicológicos y personales que pueden ayudarnos a mejorar nuestra calidad de vida, nuestro bienestar subjetivo y nuestra salud integral. El libro al que hago mención se titula «Felicidad: Por qué no serás feliz hasta que dejes de perseguir la perfección».

Pero vayamos por partes, y de perfeccionista a perfeccionista.

Es cierto que los perfeccionistas queremos vivir una vida perfecta para ser felices… pero ¿qué es una vida perfecta? ¿Y qué es una vida feliz?

Muchos de los perfeccionistas tenemos el paradigma de que una vida feliz es una vida «perfecta» sin sentimientos de tristeza, miedo o ansiedad, y sin experiencias de fracasos o contratiempos.

Pero esto no es real.

A nadie nos gusta fracasar, pero hay una gran diferencia entre la aversión normal al fracaso, que es lo que nos empuja a tomar precauciones y esforzarnos, o el temor intenso que no nos deja correr riesgos, los cuales son fundamentales para lograr el crecimiento personal. Este miedo afecta nuestro rendimiento y pone en peligro nuestro bienestar psicológico, pues se caracteriza por tres elementos fundamentales: el rechazo al fracaso, a las emociones negativas y al éxito. El perfeccionista nunca estará totalmente satisfecho con sus logros.

Tal Ben-Shahar hace una distinción entre ese perfeccionismo negativo, que llega a ser neurótico, y uno positivo que es adaptativo y saludable, y al que llama optimalismo. El optimalista, sin dejar de buscar metas altas y retadoras, reconoce las propias limitaciones, acepta las caídas y fracasos como parte natural de la vida y como una experiencia vital en la búsqueda constante del éxito.

Perfeccionistas y optimalistas no son diferentes en cuanto a aspiraciones y propósitos; ambos se plantean objetivos altos. La diferencia está en cómo abordan este proceso.

Para el perfeccionista, el fracaso no es una posibilidad. El recorrido ideal para lograr los objetivos es el más corto y directo, una línea recta y única para llegar. Para el optimalista, el recorrido óptimo no es una línea recta, sino algo más parecido a una espiral en la que puede haber diferentes caminos para llegar al mismo destino. Es flexible y está abierto a posibilidades e incluso al fracaso, como parte inevitable del trayecto.

El perfeccionista cree que una vida feliz consiste solamente en experimentar emociones positivas, por lo que rechaza las emociones negativas. El optimalista, en cambio, acepta las emociones negativas, ya que estas le ayudan a intensificar su experiencia de vida y a disfrutar los momentos placenteros.

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El perfeccionista nunca está satisfecho, porque se marca objetivos y expectativas que nunca va a alcanzar, y porque sus logros nunca serán suficientes. El optimalista, aunque también se marca objetivos muy altos, los ve como algo factible y realista. Y cuando los logra, los disfruta.

A ninguno le gusta fracasar, pero el perfeccionista tiene un altísimo nivel de rechazo a este, lo que genera niveles muy altos de ansiedad porque se enfoca constantemente en evitarlo. Esto hace que no disfrute tanto de lo que hace y va alcanzando. En cambio, el optimalista sabe que el fracaso, aunque tampoco le guste, es algo natural y siempre una oportunidad de aprender y de encontrar cómo ser mejor.

El perfeccionista puede decir que quiere aprender de otros, pero en realidad no va a admitir un defecto, una imperfección, un error o una crítica, porque su mayor preocupación es demostrar que siempre tiene la razón. Por lo tanto, suele tener comportamientos defensivos. El optimalista, por el contrario, realmente está abierto a la retroalimentación y se da el tiempo de analizar las críticas para aprender de ellas.

Después de lo planteado, te pregunto: ¿Con cuál te identificas? ¿Con el perfeccionista o con el optimalista?

Seguramente nos identificaremos más con alguno de los dos. Sin embargo, nadie es cien por ciento perfeccionista ni cien por ciento optimalista. Somos optimalistas en algunas áreas y perfeccionistas en otras. Pero es importante que nos demos cuenta de las áreas en las que tendemos a ser perfeccionistas, ya que al ser rígidos e implacables, será difícil que disfrutemos del éxito. Seguramente viviremos preocupándonos más por lo que sucederá si no logramos lo esperado que por disfrutar cada acercamiento a la meta. Busquemos cómo aprender a ser optimalistas en más áreas, para disfrutar el camino y los pequeños logros, aceptando las desviaciones y los aprendizajes que estos caminos alternos nos brindan.

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