
Jesús Díaz
La producción automática llena las plataformas de música que casi nadie escucha. Detrás del fenómeno hay fraude, desplazamiento laboral y una amenaza a nuestra propia voz

Crear una canción por segundo. Una por segundo. Lea varias veces la cifra.
Ese fue, aproximadamente, el ritmo al que Deezer recibió música generada completamente por inteligencia artificial durante junio de 2026. Son cerca de 90 mil piezas al día. Unas 33 millones de canciones al año.
Intentemos imaginar una biblioteca que cada mañana encuentra 90 mil libros frente a la puerta. Vienen con títulos, portadas y nombres de autores que parecen reales. Algunos podrían sonar casi poéticos. El bibliotecario los abre y encuentra palabras sin sentido, historias que no dicen nada, que carecen de la esencia humana.
Además, le llegarían miles más diariamente. ¿Con qué sentido? El de aumentar la probabilidad de aparecer en una búsqueda y generar dinero de la nada. Por eso se crean esas canciones.
Parece un problema de abusivos y raritos frente a su computadora, pero no lo es. Habría que preguntarnos: ¿qué ocurre cuando algo tan sublime como la música se produce en serie? No es tanto que una máquina aprenda a cantar como que nosotros releguemos lo que nos hace humanos.
Claro que la IA no destruye por sí misma la música. Un compositor puede trabajar con ella y un productor puede ligar un sonido sintético a un momento. Pero el volumen que se crea, a costa de ganar por cada reproducción, borra cada vez más lo que vale la pena. Tenemos tanto ruido allá afuera que abonar más nos llevará a la locura.
La inteligencia artificial no inventó este fenómeno de la música sin público. En 2023, cuando la producción generativa todavía no alcanzaba la escala actual, Luminate contabilizó alrededor de 184 millones de canciones disponibles en servicios de audio. De ellas, 45.6 millones no recibieron una sola reproducción durante todo el año. Más de 158 millones, cerca de 86% del catálogo, no llegaron a mil escuchas.
Es decir, hace tres años, la industria musical ya se parecía a una ciudad enorme en la que casi todas las ventanas estaban apagadas.
Sería ingenuo pensar que toda creación humana nace de una necesidad profunda. La industria ha repetido fórmulas, fabricado intérpretes y producido material desechable desde mucho antes de Spotify.
Aun así, hacer una canción impone cierta fricción necesaria. Alguien tenía que escribirla, tocarla, grabarla y decidir que el trabajo estaba terminado. Incluso una canción mediocre consumía tiempo y varios expertos humanos de ese tipo de fórmula prefabricada.
En ese momento, el fracaso podía costar dinero y, a veces, la vergüenza de mostrar una parte de uno mismo y descubrir que a nadie le interesó. Cuando comencé a entrevistar productores y músicos de ese tipo, solían escudarse en que eso “quería la gente”, a sabiendas de que lo más “digerible” deja más ganancias.
Pero la IA llegó a saturar esa ciudad vacía y volver muy barato seguir construyendo edificios sin sentido. Es algo aterrador que hoy ya no es necesario escoger una idea entre diez si pueden desarrollarse todas y producir cien mil variaciones. Si ninguna encuentra público, se generan más hasta que el sistema que no se cansa encuentre a la ganadora y dé ganancias.
Un estudio académico publicado en junio de 2026, poco antes de que estos datos fueran públicos, examinó música sintética en Spotify y encontró que 93% de las piezas analizadas tenía pocas reproducciones o ninguna.
Sus autores describieron una estrategia conocida como “spray and pray”: lanzar grandes volúmenes en géneros distintos y esperar que una pequeña fracción consiga tráfico.
Deezer encontró que, aunque los temas completamente generados por IA llegaron a representar más de la mitad de las nuevas entregas, concentraron apenas entre 1% y 3% de las reproducciones. Durante 2025, hasta 85% de las escuchas vinculadas con ese material fue identificado como fraudulento.
Lo curioso es que durante años celebramos que la tecnología derribara parte del poder de las disqueras. Una persona podía grabar en casa y publicar sin pedir permiso. Fue una apertura tan real. Ese desequilibrio que aparece cuando una empresa genera en un día lo que un músico no produciría en varias vidas y ambos compiten dentro del mismo buscador.
Hoy son tiempos distintos. Entre músicos creativos que se apoyan con IA, los pocos que habrá que no y los millones de bots, Spotify informó en septiembre de 2025 que había retirado más de 75 millones de pistas consideradas spam en un año. La carrera por la creatividad parece estar perdida.
Si bien desde 2024 Spotify exige que una pista supere mil reproducciones anuales para recibir regalías. Una pieza de una granja automatizada y la canción que un joven grabó con sus ahorros pueden quedar debajo del mismo umbral. Es el problema de la plataforma que sólo ve archivos sin suficiente actividad.
Y qué inquietante resulta que nosotros empecemos a mirar la cultura de la misma manera.
CUANDO EL MÚSICO SE VUELVE DEMASIADO HUMANO
Pero la separación entre música y músico no ocurre sólo en operaciones criminales.
Muchas veces ya no buscamos a un artista. Buscamos sonidos para dormir, estudiar, meditar o cubrir el silencio. Abrimos una playlist y dejamos que avance. Pocas veces miramos los nombres y nos dejamos llevar.
La música siempre ha servido para tantas cosas. Una canción de cuna ayuda a dormir a un niño y puede sostener a alguien durante una noche difícil. Pero hoy habría que preguntarnos quién controla ahora esa función y quién recibe los beneficios por ellos.
La periodista Liz Pelly, radicada en Nueva York y especializada en música, documentó “Perfect Fit Content”, un programa de Spotify que abasteció playlists con música de bajo costo publicada bajo numerosos perfiles difíciles de identificar.
Su investigación mostró que la plataforma podía conservar relación con el usuario, pero los compositores eran intercambiables. Quien elegía “Sueño profundo”, por ejemplo, recordaba el nombre de la lista, no necesariamente al artista que toca el piano.
Ese mercado es así ya, automatizado. Si una empresa, por ejemplo, necesita cuarenta minutos de música discreta, quizá no le importe que el compositor haya estudiado veinte años. Busca cierta duración y ya.
Y acá, una vez más, hay que preguntarse por el lado humano. Un músico debe aprender, practicar, cobrar y mantener su vida. Puede enfermarse, conservar derechos, discutir un contrato o negarse a aceptar un trabajo. Todo aquello que conlleva tiempo, incertidumbre. Visto desde la eficiencia, su problema es precisamente ser una persona.
Y esos sistemas con los que compite deslealmente, además, no aprendieron desde el vacío. En 2024, compañías discográficas demandaron a Suno y Udio, acusándolas de utilizar grabaciones protegidas sin autorización. Las empresas han defendido que el entrenamiento podría estar amparado por excepciones legales. Los tribunales decidirán, pero la paradoja es que los creadores producen la materia con la que aprende el sistema y después compiten contra una alternativa más barata construida a partir de ese aprendizaje.
La CISAC, que representa a más de cinco millones de autores en el mundo, calcula que para 2028 la IA podría poner en riesgo cerca de 24% de los ingresos de los creadores musicales. Tal vez venga bien preguntarse ya: ¿qué pasará en un futuro cercano?
EL DÍA EN QUE ESCUCHAR DEJÓ DE REQUERIR UN OÍDO
Michael Smith, un músico de 54 años de Cornelius, Carolina del Norte, llevaba años utilizando cuentas automatizadas para obtener regalías en las plataformas digitales.
Durante años creó miles de cuentas en Spotify, Apple Music, Amazon Music y YouTube Music. Después utilizó programas automáticos para reproducir canciones cuyos derechos controlaba. Si millones de reproducciones se concentraban en unas pocas piezas, las plataformas detectarían una actividad anormal, así que necesitaba miles de títulos. La inteligencia artificial le permitió fabricar cientos de miles y sus bots los reprodujeron miles de millones de veces.
En marzo de 2026, Smith se declaró culpable de conspiración para cometer fraude electrónico y aceptó entregar ocho millones 91 mil 843 dólares. El Departamento de Justicia de Estados Unidos concluyó que la producción automatizada le dio el volumen necesario para ocultar la operación y desviar dinero del fondo de regalías.
Algunas piezas tenían nombres como “Zygotic Lanie”, “Zyme Bedewing” y “Zymoplastic”, que los hacían parecer proyectos experimentales o palabras de un idioma que uno reconoce sin comprender. Quien las encontrara podía imaginar músicos, ensayos, una conversación dentro de un estudio. Uno de los colaboradores de Smith las llamó en un correo “música instantánea”.
Uno de los colaboradores de Smith las llamó en un correo “música instantánea”. Los archivos recibían nombres aleatorios y falsas identidades de artistas para que parecieran obras creadas por personas. La operación conservaba todo lo que la plataforma esperaba encontrar: título, intérprete, portada, archivo y contador. Faltaba la relación que supuestamente unía esos elementos.
Una reproducción suele representar algún uso humano. Alguien elige una canción, la deja sonar mientras prepara la cena. Los bots imitaron eso.
Las plataformas distribuyen regalías según la proporción de reproducciones que obtiene cada titular. A los bots no les importó, claro, que la música resultara casi irrelevante: cualquier archivo servía mientras activara el contador y generara esa falsa ilusión de ser escuchada por alguien.
Es algo común en el capitalismo digital. Se supone que cada vez que damos clic informamos sobre un “me gusta”, una aprobación, atención.
Durante décadas, la industria musical manipuló por medio de la radio y televisión y fabricó estrellas musicales, pero, nuevamente, aun entonces necesitaba que alguien comprara un disco o asistiera a un concierto.
Smith demostró que eso ya no era necesario.
EL RUIDO ENTRA TAMBIÉN EN NOSOTROS
En una prueba encargada por Deezer a Ipsos, 97% de 9 mil participantes no logró distinguir correctamente entre dos canciones generadas por IA y una creada por seres humanos. Más de la mitad dijo sentirse incómoda. El 80% consideró que las piezas completamente sintéticas debían identificarse; 73% quería saber cuándo una plataforma se las recomendaba.
Si una canción nos emociona y no advertimos su origen, cuesta explicar por qué debería importarnos. Desde luego que una letra puede narrar una experiencia que el compositor nunca vivió. El arte no necesita ser autobiográfico, pero pensar que hubo alguien que tomó decisiones. Una persona eligió una palabra, eliminó otra, dejó un silencio; nuevamente, nos aporta mucho de nosotros.
El musicólogo Christopher Small fue quien propuso entender la música como una actividad. Su idea de “musicking” incluye componer, interpretar, escuchar, bailar o cantar a solas. Si se piensa así, la música ocurre dentro de las relaciones formadas alrededor del sonido, como un padre inventa una melodía para dormir a su hija.
O alguien escribe una canción que nunca publicará porque todavía no sabe decir de otra manera lo que le pasa. O esa comunidad que repite un canto durante una protesta. En ninguno de esos casos hace falta un contador para demostrar que ocurrió algo, que se sintió algo.
Pero también una voz inexistente puede cantar sobre pobreza, maternidad, guerra o suicidio. El modelo habrá aprendido qué palabras y progresiones asociamos con esas experiencias. Y nadie tuvo que sentir miedo al escribir la letra, nadie tuvo que preguntarse si estaba diciendo demasiado ni se detuvo porque una frase le recordó algo que prefería guardar.
En nuestra música, la transparencia importa. Un nombre, una imagen y una biografía crean nuestra confianza. El público puede creer que apoya una carrera o una experiencia cuando quizás reproduce un activo para una empresa o millones de estafadores.
Quizá la pérdida más profunda no sea que una máquina componga algo hermoso, sino que tanto ruido nos impida escuchar aquello que en nosotros todavía es torpe, contradictorio y diferente. Humano.
*Nota para edición: se ilustra con temas de IA en la música y la industria. Plataformas digitales y escuchas.
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