
De enseñar respuestas a despertar preguntas

En estos días, miles de familias se preparan para el regreso a clases, se compran cuadernos, se forran libros, se ajustan uniformes y se reorganizan los horarios. Los estudiantes sienten una mezcla de emoción, curiosidad y, en algunos casos, nervios ante lo que están por encontrar. En ocasiones estos nervios se incrementan -sin darnos cuenta- por las expectativas que escuchamos de mamá y papá.
Y es que, además de los materiales, los salones y los horarios, consciente o inconscientemente siempre esperamos algo nuevo cada año.
Un nuevo ciclo escolar puede ser mucho más que cambiar de grado o estrenar cuadernos; siempre es una maravillosa oportunidad para revisar la manera en que estamos educando y qué esperamos para este nuevo inicio: formar estudiantes que esperan recibir respuestas o personas capaces de cuestionar, formular buenas preguntas, analizar información, defender sus ideas y construir soluciones.
Durante mucho tiempo, el docente fue considerado la principal fuente de conocimiento dentro del aula, y su principal responsabilidad era explicar contenidos que después los estudiantes debían recordar y reproducir. Sin embargo, hoy vivimos rodeados de información. Niñas, niños y jóvenes pueden consultar, en segundos, datos, definiciones y explicaciones sobre prácticamente cualquier tema. Pero esto no disminuye la importancia del docente; por el contrario, la vuelve todavía más profunda y relevante.
En medio de tanta información, los estudiantes necesitan a alguien que los ayude a distinguir lo verdadero de lo falso, a cuestionar, relacionar ideas, a comprender diferentes perspectivas y a transformar los datos disponibles en conocimiento útil. Necesitan docentes que no se limiten a decirles qué pensar, sino que les enseñen cómo hacerlo.
Asumir el papel de facilitador no significa retirarse del proceso ni perder autoridad. Significa ejercerla de una manera distinta: diseñando experiencias, planteando retos, acompañando descubrimientos y creando espacios en los que sea posible participar, construir, analizar, equivocarse, volver a intentar y aprender de los demás.
Quizá este ciclo escolar podamos ver más aulas en las que los estudiantes no solo escuchen, sino que discutan; no solo copien, sino que produzcan contenidos; no solo memoricen conceptos, sino que los apliquen para comprender y resolver situaciones de su entorno. Aulas en las que una buena pregunta tenga tanto valor como una respuesta correcta.
Esto exige abrir espacio a la curiosidad. Ante la pregunta inesperada de un estudiante, tal vez no siempre sea necesario responder inmediatamente; quizá pueda ser más enriquecedor decir: “¿Tú qué piensas?”, “¿Cómo podríamos investigarlo?” o “¿Alguien tiene otra perspectiva?”. De esta forma, el aula deja de ser un lugar donde solo habla quien sabe y se convierte en una comunidad donde todos pueden contribuir al aprendizaje.
Pero esta transformación no depende únicamente de las escuelas; las familias también tenemos la oportunidad de comenzar diferente.
Con frecuencia, al regresar nuestros hijos a casa, las primeras preguntas son: “¿Cómo te fue?”, “¿Qué tienes que hacer de tarea?” o “¿Qué calificación sacaste?”. Son preguntas comprensibles, pero difícilmente nos permiten conocer lo que realmente ocurrió durante su día.
Podríamos comenzar a preguntar: “¿Qué descubriste hoy?”, “¿Qué te hizo pensar?”, “¿Hubo algo con lo que no estuviste de acuerdo?”, “¿Podrías compartirme algo de lo que hoy aprendiste?” etc.
LAS CONVERSACIONES COTIDIANAS TAMBIÉN EDUCAN
Cuando permitimos que nuestros hijos expresen una opinión diferente, les pedimos que expliquen sus razones y les enseñamos a escuchar otros puntos de vista, estamos formando su pensamiento crítico. Cuando los involucramos en decisiones familiares, los animamos a investigar y les permitimos proponer soluciones a problemas reales, les mostramos que aprender tiene sentido más allá de obtener una calificación.
También necesitamos comenzar el ciclo ofreciendo un voto de confianza a los docentes y a las instituciones. No se trata de aceptar todo sin preguntar, ni de renunciar a nuestro derecho a expresar inquietudes; se trata de construir una confianza activa: acercarnos, dialogar, escuchar antes de juzgar y buscar soluciones en conjunto.
Si frente a nuestros hijos descalificamos automáticamente a sus maestros, debilitamos una relación indispensable para su formación. Podemos mejor, enseñarles a cuestionar respetuosamente, a expresar desacuerdos con argumentos y a reconocer que ser críticos no significa oponerse a todo. El pensamiento crítico que necesitamos es también constructivo: no solo identifica lo que está mal, sino que propone cómo mejorarlo.
La escuela puede despertar preguntas, pero la familia ayuda a mantenerlas vivas. Si en el aula se invita a pensar, pero en casa se exige obedecer sin preguntar, el mensaje se contradice. Si los docentes impulsan proyectos y experiencias, pero los padres seguimos valorando únicamente una libreta llena o una calificación perfecta, será difícil cambiar la manera de aprender.
En este nuevo ciclo que estamos iniciando, formemos una verdadera alianza: docentes que creen experiencias para pensar; padres que acompañen con confianza y diálogo; y estudiantes que descubran que su voz, sus preguntas y sus ideas también tienen valor.
Ojalá que, al terminar el año, los cuadernos de nuestros estudiantes no estén llenos solamente de respuestas copiadas; ojalá encontremos en ellos preguntas, hipótesis, proyectos, errores corregidos, ideas propias y propuestas para mejorar su entorno. Porque una buena educación no es la que entrega todas las respuestas, sino la que despierta en cada persona el deseo y la capacidad de seguir aprendiendo.
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