
Cuando las generaciones nos damos la mano

La Organización Mundial de la Salud utiliza con frecuencia los 60 años como referencia para analizar el envejecimiento y las condiciones de vida de las personas mayores. La Organización de las Naciones Unidas también ha empleado este criterio en distintos documentos internacionales, reconociendo, al mismo tiempo, la enorme diversidad de necesidades, capacidades, experiencias y estilos de vida que existe dentro de este grupo. En México, la ley considera personas adultas mayores a quienes tienen 60 años o más.
Estas clasificaciones son necesarias para diseñar políticas públicas, programas sociales y servicios de salud. Sin embargo, también tendríamos que preguntarnos: ¿cómo hemos evolucionado como sociedad frente a ellas?
Durante mucho tiempo, llegar a los 60 años significaba recibir casi automáticamente la etiqueta de “anciano”. Se asociaba esta edad con el retiro, la enfermedad, la dependencia y la disminución de las capacidades físicas y mentales. Si bien algunas personas enfrentaban —y todavía enfrentan— estas condiciones, hoy sabemos que cumplir cierta edad no determina de la misma manera las posibilidades de todos.
Pero la expectativa de vida se ha ampliado. Para comprender la dimensión del cambio, basta recordar que en México la esperanza de vida pasó de 59.9 años en 1970, a 75.2 años en 2020. Actualmente, resulta cada vez más frecuente encontrar personas de 60, 70 años o más con una excelente condición física, aprendiendo nuevas habilidades, dirigiendo proyectos, emprendiendo, viajando, practicando algún deporte o realizando aportaciones sobresalientes en distintos ámbitos.
Cumplir 60 años no representa una frontera detrás de la cual desaparecen nuestras capacidades, proyectos o deseos de aprender. Una fecha en el calendario no nos transforma repentinamente en personas incapaces de decidir, crear o contribuir.
Es verdad que con el paso de los años podemos experimentar cambios físicos, emocionales o cognitivos. Tal vez necesitemos más tiempo para realizar algunas actividades, adaptar ciertas rutinas o aprender a utilizar herramientas que no formaron parte de nuestra vida durante décadas. Aceptar esos cambios es importante. Lo que no debemos hacer es convertirlos anticipadamente en limitaciones ni utilizarlos para minimizar a las personas.
¿Cuántas veces hemos escuchado expresiones como “ya no puede”, “no va a entender”, “es mejor hacerlo por el/ella” o “para qué le explicas”? Con frecuencia, estas frases surgen de una intención genuina de ayudar. Sin embargo, al hacer todo por los adultos mayores podemos terminar quitándoles la autonomía.
Ayudar no siempre significa sustituir. También puede significar explicar con paciencia, adaptar una herramienta, acompañar durante los primeros intentos y permitir que cada persona avance a su propio ritmo. Antes de intervenir, podríamos preguntar: “¿Necesitas ayuda?” o “¿Cómo te gustaría hacerlo?”. Parecen preguntas sencillas, pero expresan respeto por la capacidad de decidir.
Aquí es donde el encuentro entre generaciones adquiere un enorme valor. No necesitamos competir para demostrar quién sabe más o cuál generación está mejor preparada. Necesitamos aprender a complementarnos.
Las generaciones jóvenes pueden compartir conocimientos tecnológicos, nuevas formas de comunicación y perspectivas diferentes sobre el mundo. Las personas mayores pueden aportar experiencia, memoria, conocimientos prácticos y aprendizajes construidos después de enfrentar cambios, pérdidas, logros y nuevos comienzos.
Un joven puede enseñar a utilizar una aplicación; una persona mayor puede ayudarle a analizar una decisión con mayor serenidad. Uno puede acercar nuevas herramientas y el otro aportar perspectiva. Ninguna generación lo sabe todo y ninguna ha dejado de tener algo valioso que compartir.
También necesitamos revisar lo que entendemos por mantenernos productivos. No se trata solamente de conservar un empleo, generar ingresos o producir resultados. El valor de una persona no depende de cuánto trabaja ni de cuántas tareas realiza.
Aprovechar el tiempo puede significar aprender algo nuevo, compartir un oficio, cuidar un jardín, participar en un proyecto comunitario, acompañar a alguien, practicar una actividad artística o retomar un sueño que permaneció guardado durante años. Puede significar convertirse en mentor de una persona joven, colaborar en una causa, transmitir la historia familiar o descubrir una afición.
También puede significar descansar y disfrutar. Los adultos mayores no tienen que mantenerse permanentemente ocupados para demostrar que siguen siendo valiosos. Lo verdaderamente importante es que conserven la libertad de elegir cómo desean vivir su tiempo, de acuerdo con sus intereses, circunstancias y posibilidades.
Como sociedad, podemos favorecer esa participación. Las familias pueden escuchar y recuperar sus historias; las comunidades pueden integrarlos en actividades culturales, educativas y de voluntariado; las empresas pueden aprovechar su experiencia mediante programas de mentoría; y las instituciones pueden ofrecer oportunidades de aprendizaje accesibles para todas las edades.
No se trata de negar los cambios que pueden acompañar al envejecimiento, sino de entender que cada persona vive este proceso de manera diferente. Tampoco se trata de obligar a los adultos mayores a seguir el ritmo de los jóvenes, sino de evitar que nuestras prisas, prejuicios o deseos de protegerlos terminen haciéndolos a un lado.
Quizá debemos cambiar la pregunta. En lugar de pensar qué pueden seguir haciendo “a pesar de su edad”, preguntémonos qué condiciones podemos generar para que continúen aprendiendo, decidiendo, compartiendo y participando.
Cuando las generaciones compiten, perdemos la oportunidad de comprendernos. Pero cuando reconocemos lo que cada una puede aportar, la experiencia se encuentra con el futuro.
Entonces, cuando las generaciones se dan la mano, ninguna queda atrás: ambas avanzan acompañadas.
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