Cuando el resultado no nos gusta

Evaluar para aprender, no para buscar culpables

Cuando recibimos una evaluación favorable, pocas veces cuestionamos el instrumento, las condiciones en que se aplicó o los criterios utilizados, a menos que dichos resultados sean inconcebiblemente favorables. Celebramos el resultado y lo tomamos como una confirmación de que estamos haciendo bien las cosas; sin embargo, cuando el resultado no coincide con lo que esperábamos, nuestra reacción suele ser diferente. Buscamos explicaciones, señalamos las limitaciones de la prueba o encontramos razones para restarle importancia.

Los resultados recientes de la prueba PISA han vuelto a colocar sobre la mesa una conversación necesaria sobre la educación en México. Más allá de las cifras, los lugares ocupados o la comparación con otros países, hay una pregunta que deberíamos hacernos TODOS: ¿qué vamos a aprender de estos resultados? Y ¿qué vamos a hacer con dichos resultados?

Una evaluación no es una sentencia definitiva ni determina por sí sola el valor de un estudiante, de un docente o de todo un sistema educativo; quienes trabajamos en educación sabemos que hay muchas variables que pueden influir en un determinado resultado y definitivamente no va a explicar por sí sola una realidad tan compleja y diversa como la de nuestro país. Pero sí puede y debe funcionar como un espejo que nos permita reconocer dónde estamos, en qué hemos avanzado, qué dificultades permanecen y si las estrategias que hemos puesto en marcha están dando los resultados esperados.

Por supuesto que las comparaciones internacionales nos ofrecen referentes importantes; nos permiten conocer lo que otros países están logrando y observar algunas prácticas que podrían enseñarnos mucho. Sin embargo, el primer punto de comparación debiera ser con nosotros mismos: ¿cómo estábamos hace algunos años?, ¿qué ha mejorado?, ¿en qué nos estancamos?, ¿en qué aspectos hemos retrocedido?

Contextualizar los resultados también es indispensable; en el aprendizaje influyen las condiciones familiares, las desigualdades sociales, la infraestructura escolar, el acceso a recursos, la formación docente y, definitivamente las consecuencias que todavía venimos arrastrando desde la pandemia. Reconocer estos factores no debe ser una excusa para justificar los resultados o para ignorarlos, sino para analizar qué es lo que debemos de hacer y en qué dirección.

Es muy interesante ver las reacciones que surgen a partir de los resultados: no fuimos los únicos que bajamos… seguramente es el efecto del celular o de la inteligencia artificial… son los libros de texto… son los maestros, etc.

Definitivamente, no podemos ni debemos dejar de ver los riesgos que debemos atender, pero en su justa medida: un celular usado sin límites puede convertirse en una fuente permanente de distracción e incluso generar problemas fuertes de atención; la inteligencia artificial, si se usa solo para copiar o encontrar respuestas fácilmente, puede impedir que los estudiantes desarrollen sus propias capacidades.

Pero, para bien y para mal, los celulares y la IA no van a desaparecer; son parte de la realidad en la que nuestros niños y jóvenes viven, se comunican e incluso aprenden. Por eso, más que convertirlos en los nuevos culpables, necesitamos preguntarnos cómo utilizarlos a favor del aprendizaje.

Aquí cobra sentido el concepto de accountability, que, aunque no tiene una traducción al español, podemos describirlo como una responsabilidad activa; es decir, no buscar quién o qué tuvo la culpa ni repartirla en partes iguales; se trata de reconocer el resultado, analizar qué lo originó, asumir lo que nos corresponde, actuar sobre lo que podemos modificar y evaluar nuevamente para saber si nuestras decisiones funcionaron.

Para los docentes puede significar revisar si las experiencias de aprendizaje realmente están ayudando a los niños y jóvenes de hoy a comprender, argumentar, relacionar ideas y aplicar lo aprendido. También implica enseñarles a utilizar la tecnología con sentido, responsabilidad y ética y no sólo pedirles que la guarden.

Para las familias supone reconocer que la formación no ocurre exclusivamente en la escuela; conversar con los hijos, leer con ellos, preguntarles qué piensan, permitirles resolver problemas, establecer límites digitales y enseñarles a cuestionar y verificar la información, también construye aprendizaje.

Para las autoridades educativas, representa no defender a ciegas una estrategia oficial; implica identificar qué de la estrategia sí está funcionando y qué debe realinearse; garantizar las condiciones adecuadas, la formación docente continua, tener objetivos claros y dar continuidad a las estrategias; implica también tener evaluaciones periódicas comparables; no evaluaciones que se enfoquen en disfrazar resultados, sino que realmente nos permitan identificar avances, estancamientos y retrocesos.

Lo que no se mide no se puede mejorar. Si dejamos de medir porque los resultados son incómodos, perdemos la posibilidad de saber si las decisiones tomadas están mejorando realmente los aprendizajes.

Aquí no hay que perder de vista el objetivo prioritario de la evaluación:  reconocer los conocimientos y habilidades que van desarrollando los estudiantes, esas competencias que les permitirán en un futuro no muy lejano ser personas productivas y buenos ciudadanos. Nos permite ver si la estrategia que estamos utilizando es la pertinente para el tipo de niños y jóvenes que realmente tenemos y qué tanto se acercan al tipo de persona que buscamos ofrecer a la comunidad.

El resultado más importante de PISA no es el lugar que México ocupa, ni las cifras que aparecieron en los titulares; lo importante será lo que decidamos hacer al conocerlas. Evaluar vale la pena cuando dejamos de preguntar quién tiene la culpa y comenzamos a responder con honestidad y responsabilidad ¿qué me corresponde hacer para cambiar el rumbo?

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