

Jesús Díaz
La prisa por dejar un legado suele atraer proyectos incompletos y costosos, evidenciando problemas de diferentes administraciones
Hace unos días visité la Biblioteca Vasconcelos. Para quien no lo sepa, esta fue inaugurada durante el sexenio de Vicente Fox y se le consideró la «Megabiblioteca» de México. Fue un proyecto centralista de la cultura, ostentoso y oneroso, que pese a todo es un espacio invaluable.
Cada gobernante busca dejar su huella en proyectos de este tipo; algunos son de largo plazo, mientras que otros están diseñados para ser una joya simbólica de su administración. El proyecto de Fox, sin duda, tuvo mayor impacto cultural que el monumento de Felipe Calderón, conocido popularmente como «La Suavicrema», que terminó costando al erario varios millones de pesos.
Durante esta última visita a la Biblioteca Vasconcelos, observé a numerosos extranjeros tomando fotografías a la obra de Alberto Kalach, que muchos asemejan a la estantería de la película Interestelar. En particular, visité el área infantil, lo que me hizo recordar cuando el propio Fox la inauguró en mayo de 2006, a pocos meses de concluir su mandato.
No pude evitar hacer un paralelismo con lo que ocurre actualmente, ya que estamos al final del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Como en aquel momento, es una época política en la que todo gobernante busca mostrar su legado, dejando una marca que trascienda su administración. No diré que el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas se le parecen; este capricho de Fox es más cercano al capricho del AIFA de Obrador, con la salvedad de que la «Megabiblioteca» supuestamente estaba enfocada en ensalzar la cultura y la educación. Era una buena treta.
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Debo decir que mi relación con el foxismo no empezó del todo bien. Sari Bermúdez, presidenta del Conaculta (hoy Secretaría de Cultura), colocada en ese cargo por el exmandatario bajo un cúmulo de sospechas (se consideraba más una decisión de “amiguismo” que bien pensada), me parecía una mujer un poco distante de las instancias culturales y los problemas que estas enfrentaban.
Así lo percibí desde el primer momento en el que Vicente Fox, a través de la Secretaría de Hacienda y su dirigente Francisco Gil Díaz, había mandado una iniciativa para gravar el IVA en libros y eliminar instancias como el Instituto Mexicano de Cinematografía, el Centro de Capacitación Cinematográfica, los Estudios Churubusco y Educal, cuya memoria traje ya a estas páginas.
La iniciativa de Vicente Fox, que finalmente no pasó gracias a la consigna de los intelectuales, reflejaba en gran medida la visión que un exdirectivo de Coca-Cola tenía de la cultura. Es una miopía que muchos empresarios comparten, y cada vez es más recurrente que a la gente se le inste a desperdiciar su tiempo en centros comerciales en lugar de centros culturales.
Estos proyectos monumentales de cada sexenio suelen ser una muestra del ego y la visión del gobernante en turno. En este caso, mientras la «Megabiblioteca» de Fox tenía un enfoque cultural, las iniciativas actuales parecen más orientadas a la infraestructura y el transporte, dejando de lado la promoción directa de la cultura.
LOS DESACUERDOS CON EL PODER
En agosto de 2004, poco antes de cumplir un año como periodista cultural, asesté un golpe informativo a la gestión de Sari Bermúdez. Una noticia en la primera plana del diario en el que laboraba, Unomásuno, causó algunas animadversiones. Pocas veces una nota de cultura se convierte en una de las principales de un diario, a menos que tenga que ver con el desvío de recursos de una institución.
Había recibido documentos que afirmaban que el Conaculta había gastado solo el 25.7% de su presupuesto, lo que contradecía la cifra de 86.1% que ellos afirmaban haber usado. Y había mucho dinero sin justificar.
Los documentos llegaron a mí de una auditoría realizada a la Unidad de Proyectos Especiales. Conaculta había manejado 85 millones de pesos del presupuesto asignado, y esto, aunado a las críticas por la pretensión de desaparecer institutos importantes y gravar un impuesto a los libros (además de un litigio por medio del cual el Consejo había casi perdido cerca de 30 obras de Remedios Varo, que pertenecían al Museo de Arte Moderno y reclamaba una heredera lejana de la pintora), ponían a Sari Bermúdez y al gobierno de Fox en el ojo crítico.
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Un día antes de publicar la nota, busqué las palabras de la presidenta del Conaculta, sin obtener respuesta. Al otro día sí que hablaron. La nota se publicó el 6 de agosto de 2004 en la portada y en interiores, con el título “Piden auditar al Conaculta”.
Supe, a través de mi editor, de un reclamo generalizado desde las oficinas del Conaculta, lo que hacía peligrar la publicidad que sostenía el suplemento cultural Sábado, que un mes después tuvo que cambiar su formato al de una pequeña gacetilla por consideración de la dirección, sin que esto estuviera directamente relacionado, o al menos explícitamente.
Este episodio marcó un antes y un después en mi carrera como periodista cultural, mostrando el poder y las repercusiones del periodismo de investigación, y cómo las instituciones culturales en México enfrentan no solo la falta de recursos, sino también la mala gestión y el desvío de fondos que afectan su desarrollo y misión principal.
La presión de Conaculta fue fuerte después de esa nota. Con todo, nunca percibí una censura directa, como sí sucede en otras fuentes de empresas privadas; seguían llegando las invitaciones a eventos a mi nombre y seguían recibiéndome del mismo modo cordial que en el pasado.
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A la postre, tuve la oportunidad de charlar con Sari Bermúdez y ella reconoció que se encontraba “entre la espada y la pared” con las decisiones que el gobierno de Vicente Fox había tomado, algo que replicó varias veces en otros medios.
Tras sortear varios problemas con la elaboración del suplemento, que se sostenía con muy poco, surgieron repentinamente tiempos mejores. Para 2005, el suplemento mejoró en tamaño, aunque seguían sin ser pagadas las colaboraciones, gracias a algunos contratos publicitarios por parte del… Conaculta. No era un gran contrato, pero aseguraba la entrada de publicidad del Consejo, que tomaba semanalmente una plana completa para promover su cartelera.
Meses después hice otra nota de primera plana para el diario, relacionada a un tema cultural, publicada en mayo de 2006, un año y medio después. La apertura de la Biblioteca Vasconcelos, en Buenavista, Ciudad de México, ejemplifica la relación diametralmente opuesta entre el Conaculta y el Unomásuno. El dueño de ese diario, Naim Libien, acudió a dicho evento, acompañado de Rubén Aguilar, vocero de la Presidencia, y la misma Sari Bermúdez. Como puede leerse, la línea editorial se había cargado hacia Vicente Fox, quien asistió también al evento acompañado de su esposa Martha Sahagún.
Como suele suceder en los medios, nadie nos dijo que esa asignación era tan importante, pero estaba implícito. Mi nota fue publicada en la portada del diario el 17 de mayo y junto a ella, se puede ver al dueño del rotativo conversando con Rubén Aguilar. Fueron dedicadas tres planas al evento, incluidas las centrales que llené con dos notas: una enfocada en la apertura y otra, de la cual estoy más satisfecho, una entrevista al artista plástico Gabriel Orozco, cuya obra “Ballena gris” adornaba los pasillos del lugar.
LA CULTURA Y EL OLVIDO
Pese a las críticas, la Vasconcelos fue una buena idea. Bermúdez entendió que la promoción de la cultura es más efectiva cuando es masiva, y qué mejor que una biblioteca con una arquitectura moderna que fungiera como una de las más grandes e importantes del mundo. No ha existido hasta el momento otra obra cultural con esta capacidad, de esa magnitud, pero tampoco una que fracasara de inicio en tal proporción.
¿Por qué fue buena la Vasconcelos y luego fracasó? Vicente Fox pareció entender, seguramente aconsejado, que las iniciativas de su gobierno en contra de la cultura calaban hondo y eran una sombra en su mandato. El exmandatario había perdido su posibilidad de realizar su “gran” obra, el aeropuerto alterno de la Ciudad de México, así que decidió invertir mil 189 millones de pesos en la construcción de la biblioteca, de los cuales 831 millones fueron destinados a obras preliminares, 216 millones a obra exterior y 142 millones en equipamiento. Una cifra similar a la que Felipe Calderón, un sexenio después, destinó a la polémica Estela de Luz: más de mil 146 millones de pesos.
La «Megabiblioteca» contaba con un acervo inicial de 500 mil libros (que esperaba ascender al millón y medio); además de estar conectada a una red nacional de bibliotecas en 7 mil recintos, y poseer 750 computadoras. Bermúdez lo reconoció más tarde: la Vasconcelos fue abierta antes de lo esperado, seis meses como mínimo. Vicente Fox quiso que se inaugurara en su mandato y presionó para que así sucediera.
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“Quizá su inauguración fue precipitada”, reconoció Bermúdez ante El Universal en 2009. “Pero nosotros nos habíamos comprometido a entregarla en noviembre y se nos pidió que lo hiciéramos en mayo… todos los expertos, arquitectos, ingenieros y demás nos informaron que faltaba solo un 2% por terminar y que ninguno de los detalles que faltaban causaba un peligro para los usuarios. Fue un grave error que se cerrara, algo lamentable porque todos los expertos dijeron que su apertura era segura y no hubo ningún problema. ¿Que me digan quién se lastimó, qué vida se perdió? Yo soy madre y sería la primera en renunciar antes que permitir que se abriera algo que iba a causar algún daño. No es cierto que su cierre evitó que pasara algo”.
Vicente Fox entendió tardíamente que la promoción de la cultura era esencial, pero Felipe Calderón pareció no entenderlo nunca. La «Megabiblioteca» fue cerrada en marzo de 2007 debido a filtraciones de agua que detectó la Auditoría Superior de la Federación, quien pidió abrir una averiguación en contra de funcionarios en el mandato de Vicente Fox. Permaneció cerrada 20 meses, hasta diciembre de 2008, y requirió 32 millones de pesos más. Sí, 32 millones de pesos detuvieron casi dos años un proyecto abierto precipitadamente, pero que tuvo un costo de mil 831 millones. Durante ese periodo, fueron retirados parte del acervo donado y la “Ballena gris” de Orozco, que finalmente regresó y es ahora un ícono del lugar.
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La «Megabiblioteca» fue un proyecto abandonado por Calderón pese a su importancia, pues hoy en día es visitada por casi 2 millones de personas al año. En cambio, el expresidente gastó no solo mil 35 millones de pesos en la Estela de Luz, sino 900 millones en su imagen de acuerdo a datos del IFAI para ProMéxico y el Consejo de Promoción Turística de México. Así, 32 millones no parece ser una cifra estratosférica.
Es un hecho que los políticos se rigen por normas diametralmente opuestas a las de la cultura. ¿Cuál será la obra a marchas forzadas que saldrá antes del sexenio actual? Hagan sus apuestas. Por lo demás, la cultura sigue igual o más rezagada que antes. El dato positivo: se viene la nueva Secretaría de la Ciencia. Veremos qué pasa en seis años.
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