Catón y Monsiváis: dos paradigmas del periodismo mexicano

Juan Dávila Tovar

Dentro del panorama de la crónica periodística en México, pocas figuras ofrecen un contraste tan significativo como el que se establece entre Armando Fuentes Aguirre, conocido como Catón, y Carlos Monsiváis, referente indispensable del pensamiento crítico y de la memoria sociocultural del país. Si bien ambos han retratado la nación, sus habitantes y su devenir histórico, lo han hecho desde marcos éticos e ideológicos profundamente divergentes, que evidencian no solo distintas concepciones del periodismo, sino también visiones contrapuestas del papel del intelectual en la esfera pública.

Catón ha sido durante décadas una figura destacada del periodismo de Saltillo. En su calidad de cronista oficial, editorialista en diversos medios impresos y autor de varios libros, ha construido una trayectoria sostenida por un estilo narrativo basado en el humor accesible, la exaltación nostálgica de un pasado idealizado y una reiterada defensa de las estructuras tradicionales de poder. La imagen pública que ha cultivado — auto erigida como la de un sabio afable y entrañable— encubre, no obstante, una retórica sistemáticamente alineada con posturas misóginas, clasistas y machistas, que reproducen los valores más regresivos y reaccionarios del conservadurismo.

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Su columna titulada De política y cosas peores ha funcionado como un instrumento regular para la reproducción de estereotipos de clase, de género, humor sexista y una constante legitimación del status quo. A través de un tono aparentemente lúdico y paternalista —particularmente en su trato hacia las mujeres y en su representación de las disidencias sexuales—, Catón perpetúa narrativas excluyentes que refuerzan prejuicios arraigados en el imaginario conservador. Su afinidad histórica con el Partido Revolucionario Institucional, así como su acomodo dentro del circuito de medios favorecidos por el poder político, lo posicionan como un exponente emblemático del viejo régimen periodístico mexicano, caracterizado por el chayote, la autocensura y la subordinación ideológica a las élites gobernantes.

Aunque Saltillo ha sido cuna de figuras intelectuales de notable valía, arrastra el peso simbólico de contar con un cronista oficial que sistemáticamente ha rehuido el ejercicio crítico frente al poder y ha permanecido ajeno a las luchas sociales. En los momentos más álgidos de la historia reciente de la ciudad —como la corrupción del Moreirato, la violencia del crimen organizado o las luchas universitarias—, Armando Fuentes Aguirre ha optado por el silencio o la evasión, consolidando una narrativa oficialista, aduladora y complaciente. Su relato de Saltillo no recoge las voces de los excluidos, los disidentes o los movimientos sociales, sino que privilegia a los sectores dominantes: gobernantes, clérigos y generales. Se trata, en suma, de una historia canónica, escrita con incienso y orientada a la reproducción simbólica del orden establecido.

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En contraposición a Fuentes Aguirre, Carlos Monsiváis, quien no ostentó título oficial alguno como cronista institucional, pero fue, sin duda, uno de los más agudos y prolíficos cronistas del México contemporáneo. Su ejercicio periodístico se distinguió por un compromiso ético e intelectual con las causas sociales, desde el movimiento estudiantil de 1968 y el feminismo, hasta los derechos de la diversidad sexual, el sindicalismo y las expresiones de la cultura popular.

A diferencia de quienes utilizaron la crónica como herramienta de legitimación del poder, Monsiváis adoptó una postura crítica constante: fue un observador implacable de las élites políticas, un parodista lúcido de sus excesos y, en muchos sentidos, la conciencia moral de una época. Mientras Catón evitaba la confrontación con el conflicto social para no incomodar a sus simpatías políticas, Monsiváis se adentraba en la complejidad de dichos procesos, los analizaba con agudeza y los narraba con una honestidad intelectual demoledora que desafiaba activamente al poder.

Carlos Monsiváis comprendía que la historia no consiste en la mera acumulación de anécdotas, sino en una disputa constante por el significado de lo vivido y por la reivindicación de la dignidad de aquellos a quienes sistemáticamente les ha sido negada la voz. Sus crónicas están habitadas por los sujetos sociales marginados: las costureras del sismo de 1985, las madres de personas desaparecidas, los habitantes de barrios populares como Tepito, las disidencias sexuales que encontraron en el Teatro Blanquita un espacio de visibilidad. Frente a esta mirada comprometida con la pluralidad y la justicia social, la obra de Catón responde a un marco ideológico conservador que trivializa las experiencias colectivas: en lugar de sujetos sociales, encontramos en sus textos chistes de suegras, evocaciones nostálgicas del porfiriato y elogios al Ejército.

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La diferencia entre ambos no es únicamente estilística o temática, sino profundamente política. Monsiváis escribía desde una perspectiva situada en las resistencias sociales, orientada a la transformación estructural y a la ampliación de los horizontes democráticos. Su formación intelectual se nutrió de la crítica ilustrada, el pensamiento laico y una aguda conciencia de clase. En contraste, la obra de Catón emana de una tradición conservadora anclada en valores clericales, nociones patriarcales de galantería y una lealtad persistente a las estructuras partidistas dominantes. Así, mientras Monsiváis concebía la escritura como un acto de disidencia y memoria, Catón la utilizaba como vehículo de reproducción ideológica del orden establecido.

No se trata de desconocer que Catón cuenta con un número significativo de lectores, ni de negar que su estilo conecta con ciertos sectores de la sociedad mexicana. Sin embargo, resulta necesario señalar que la cosmovisión que articula su obra responde a un paradigma agotado, anclado en valores que México —a través de luchas sociales persistentes— ha intentado superar: el patriarcado, el autoritarismo y el privilegio revestido de falsa virtud. En contraste, es imprescindible reivindicar que Carlos Monsiváis ha sido el gran cronista del país, aquel que concibió la palabra escrita como un instrumento de verdad, memoria, justicia social y resistencia cultural.

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En un contexto en el que la narrativa histórica se encuentra en permanente disputa y el periodismo adquiere un papel decisivo en los procesos de democratización, resulta pertinente preguntarse qué tipo de cronistas necesita una ciudad como Saltillo o un estado como Coahuila: ¿aquellos que legitiman al poder o quienes le demandan rendición de cuentas? Monsiváis, sin necesidad de títulos oficiales ni reconocimientos institucionales, encarnó al cronista que la sociedad mexicana requería: crítico, sensible y comprometido con las causas populares. Catón, en cambio, representa la figura impuesta desde las estructuras del poder tradicional, investido de honores que responden más a su utilidad ideológica que a su mérito intelectual.

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