Payasos de redes, políticos de apariencia

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Leonardo Hernández

Justo ayer escuchaba una historia sobre una experiencia durante la campaña de 2018 de Andrés Manuel López Obrador, narrada por uno de sus chóferes, donde AMLO, durante una visita a una visita a una comunidad pobre rompió el llanto al conocer una familia que tenía que tomar un «Té de tierra» para evitar los dolores ocasionados por la falta de alimento: «Es por esto que no le podemos fallar a esta gente» fueron las palabras de López Obrador a su equipo de trabajo después del suceso. Un hecho jamás documentado por las cámaras y periodistas, un día olvidado por las redes sociales pero tatuado en la memoria de quienes estuvieron presentes.

Ha pasado mucho desde los tiempos de conexión e interés por el pueblo, si es que en algún momento existieron. 

Resulta gracioso e indignante conocer a aquellos que hoy ocupan los espacios encargados de representar y traer bienestar a la gente. Rato es verlos con el pueblo, recorriendo las colonias, escuchando los dolores, problemas y anhelos de aquellos que menos tienen; pero en las redes nunca faltan las fotos y vídeos, símbolo de la verdadera  desconexión de la realidad. Un modus operandi similar: foto en el congreso o si símil, foto en evento político, foto con el o la candidata presidencial dependiendo el caso y otra más posando junto a la gente de pueblo de verdad como si todo estuviera bien. Pareciera que ahora todo es eso, quién es más amigos dé, quién tiene más fotos con, quién posa con más gente en necesidad, quién aparentemente tiene más, etc. solo una apariencia, un cascarón vacío, «Mucho Ruido, pocas nueces».

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Pero algo primordial se les ha olvidado a todos aquellos, que ofrecen soluciones de mentira a problemas de verdad: que cuando las cámaras se van, las fotos y vídeos se agotan y los celulares se han apagado, los problemas siguen ahí y la gente sigue sufriendo, y de poco o nada habrán servido sus discursos y abrazos vacíos.

Ellos, no quieren al pueblo, lo utilizan; no ayudan desinteresadamente porque les nazca  o lo consideren correcto, lo hacen por los beneficios que pueden obtener; como se dice popularmente «No la brincan sin huarache» son incapaces de sentir empatía y sufrir por las injusticias y el dolor ajeno también, y la gente para ellos dejan de ser personas y se vuelven materia utilitaria, un medio para un fin: el poder.

Y lo peor, estamos a expensas de ellos, estamos en sus manos y en sus decisiones que casi siempre están enfocadas en sus individuales y egoístas objetivos.

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¿Y López Obrador? ¿Y sus principios y postulados? Se han olvidado, ya no son principios vivos, los transformaron solamente en frases bonitas para publicar y repetir cuando resulta conveniente. Un síntoma de hipocresía pura y una decepción para México y para aquellos que aún soñamos y luchamos  por el bienestar del pueblo, a quienes la desigualdad e injusticia nos quita el sueño y sentimos una llamada ardiente en el pecho que nos impide ser indiferentes y nos llama a entregar la vida trabajando por un México más justo, más próspero, más igualitario, el México que nos merecemos y hasta ahora nos han arrebatado de las manos y la conciencia.

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