

Leonardo Hernández
¿Cuándo fue que se nos olvidó por qué luchamos? ¿Cuándo comenzamos a dejarnos llevar por el poder y la influencia, y se nos olvidaron los ideales?
Hace unas noches vi algo despiadado, crudo como la realidad que tanto quisiéramos ignorar. Eran las 11 de la noche, fría y oscura; justo en la entrada de una Farmacia Guadalajara estaba un joven de rodillas sosteniendo un bote de paletas. Lo he visto antes, probablemente con alguna discapacidad, pues tiene problemas del habla y parece no entender del todo las situaciones del mundo.
Lo he visto muy temprano en las mañanas y muy tarde en las noches, en alguna parada de autobús, mientras ambos esperamos el camión, mientras él vende sus paletas. Y ahora, en esa noche tan fría, estaba de rodillas, casi suplicando por la compra de alguna de sus paletas, al mismo tiempo que bostezaba y luchaba contra la somnolencia, muriendo de sueño. No sé ni siquiera si tenga dónde dormir o comer. ¿Por qué, a pesar de tantos supuestos «cambios», él sigue sufriendo? ¿Por qué para tanta gente, todo sigue igual?
Para gente como ellos no aplica la lógica del libre mercado, porque la producción no los ve por igual; para ellos no existen los grandes postulados de Marx, ni las izquierdas y las derechas, ni las coyunturas políticas, ni los cargos y encargos, ni la operación política, ni las negociaciones «por un fin mayor».
Las opciones para ellos son mucho más reducidas: entre comer y no comer, entre dormir o no dormir, entre vivir y no vivir; solo eso, así de simple. Aquí, en este punto, es donde parece que nada ha cambiado, que todo siempre ha sido sobre el poder y nunca sobre la gente, aunque en los discursos parezca lo contrario.
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¿Por qué? Si después de haber estado en grandes eventos y con grandes personajes pronunciándonos a favor del pueblo pobre que sufre, ahora parece solo un cascarón vacío; si con tan solo compartiéramos un poco con los que sufren más, ¿por qué nos negamos a la idea? Si con tan poco, con algo tan sencillo para algunos, podemos hacer tan felices a otros. Aquí es donde parece difuminarse la línea entre uno y otro. Si tanta gente aún está sufriendo, ¿qué hemos hecho realmente nosotros? Señalamos a las oligarquías y opresores que lo perpetúan, pero los que decimos defenderlos, los de izquierda, los seguimos ignorando.
Decía Galeano que de los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, y solo nos falta saber por qué los pobres son pobres. ¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?
Parece ser que, a pesar de los grandes discursos, son ellos quienes, aún vivos, han sido olvidados. Pero ya basta de hipocresías y discursos vacíos. Mientras el pueblo ande descalzo, que ningún político vaya en autos de lujo; mientras haya personas viviendo en las calles, no permitamos que ningún político pueda dormir en hoteles de lujo; y mientras haya gente viviendo en angustia, que ninguno de nosotros pueda vivir en paz.
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