

Jesús Díaz
En lo que va del siglo, la influencia intelectual en la política mexicana también ha vivido su propia transformación
Estos días nuestros celulares han recibido un virus muy peculiar: el de la política. No es que sea malo; todo lo contrario, advertir lo que pasa con nuestro país no solo es un deber ciudadano, sino algo que nos confiere un poco de poder en masa: de pronto, sentimos que nuestro voto es voz, una que parece ser escuchada por aquellos que están arriba.
Esos son los inalcanzables. Me refiero, claro, a los propios políticos, pero también a los intelectuales, a los opinólogos, a los que creen conocer bien los deseos de la gente, esos con la habilidad –y privilegio– de hablarle a millones.
Pensaba yo mientras los escuchaba, en una edad de la inocencia, en la que eran otros los intelectuales que alzaban la voz. Había voces con mucho que decir, mediáticas sin más, pero que, a diferencia de las actuales, gozaban de la exclusividad que solo los medios hegemónicos podían conferir. Los que destacaban, claro, lo hacían abriendo espacios a empujones, poco a poco, aprovechando cada minuto de los pocos que les cedían en la televisión y la radio.
Era un buen contrapeso. Puedo decir, sin lugar a dudas, que en mi primer evento como periodista cultural, el 11 de noviembre de 2003, vi esa fuerza que puede tener un verdadero líder frente a cualquier forma amañada de politiquería. Ese día me pregunté por vez primera qué es lo que siente un político desde su realidad distorsionada, montando un circo mediático interminable en un país con una realidad tan distante a la de ellos.
Se trató de un evento peculiar porque en él se confrontaron personas alejadas de cualquier desarrollo crítico y emocional, contra otros tan involucrados como los intelectuales que tenían voz en los albores de este siglo. En mi primera asignación debía ir al Palacio Legislativo de San Lázaro a una reunión que los intelectuales de entonces convocaron para protestar por la propuesta del gravamen del IVA a libros que había enviado la Secretaría de Hacienda a la Cámara de Diputados.
Aquello fue una simulación de una batalla campal que no olvidaré tan solo por el hecho de la sorpresiva aparición (no prevista) del escritor Carlos Monsiváis y la (muy calculada) cita de la entonces líder priista en la Cámara de Diputados, Elba Esther Gordillo. Era el viejo régimen en decadencia, en la lona, esperando el golpe final de la oposición. Así era entonces, los del PRI aferrándose a algo, el PAN en el poder buscando credibilidad en su primer gobierno en la historia, el de Vicente Fox, con un PRD (hoy en extinción) vigoroso, esperanzador.

Monsiváis era un escritor con un humor muy fino, un intelectual de izquierda en toda la extensión, inquisitivo, ácido, una figura que imponía sin pretenderlo, que a la vez provocaba cierta confianza desmedida. Es como un buen profesor de la universidad, pensaba. Elba Esther, por el contrario, siempre medía lo que decía, adulaba calculadamente, sumamente mediática, entendía de los reflectores. Una figura que representaba el poder político en toda su extensión, frente a unos medios que buscaban su imagen. Esa que transmitirían en noticieros que acaparaban la mirada de todo el país.
Aquello fue una caricatura muy curiosa: ver llegar a Monsiváis intempestivamente y, por otro lado, a Elba Esther, mientras algunos camarógrafos corrían de un lado a otro en una escena del viejo oeste en la que un malhechor se encuentra con el sheriff del condado.
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Era, desde luego, otra época. No creo que hoy en día pueda sentirse la fuerza de los intelectuales sobre los políticos de este país. Postrados en el Salón Verde de la Cámara de Diputados, los escritores Laura Esquivel, María Luisa “La China” Mendoza, Paco Ignacio Taibo II, Ignacio Solares y Gerardo Estrada comenzaron a tomar uno a uno la palabra, amenazando con iniciar un motín si no eran escuchados.
Alzaron la voz y la alzaron fuerte.
“El impuesto al pensamiento, a la verdad, a la libertad a costa de recaudar un poco de dinero solo pudo habérsele ocurrido a alguien que desprecia profundamente la literatura y el arte”, se pronunció la escritora Laura Esquivel.

“A largo plazo el desastre sería mayor; nos estaríamos comiendo las semillas que deberíamos sembrar en nuestros niños y jóvenes, y en el futuro ya no cosecharíamos otros Octavios Paz, ni Sor Juanas, ni Fuentes, ni Castellanos, sino que consumiríamos lo producido por mentes estériles, por semillas transgénicas, esas que no dan frutos”, vaticinó.
Ya en el presente, mientras observaba hace unos días a una Guadalupe Loaeza desproporcionada en Atypical TEVE, en YouTube, incrédula ante la victoria de Claudia Sheinbaum, pensaba yo en aquella que vi en mis primeros días como periodista. Dos décadas atrás, la escritora se paró firme frente a los políticos panistas y leyó frente a ellos un texto de su autoría publicado en 1982, tras otro intento de aumentar el IVA en libros: “La aplicación del IVA a libros y revistas implicaría que el gobierno consagrara a la cultura, que es un indispensable instrumento, como una actividad de lujo, y hoy, como nunca, privilegio de unos cuantos”.

Ella hablaba y el señor de cabello desaliñado, saco oscuro y lentes de gran armazón, y mente clara, la observaba frente a los flashes; no estaba prevista su llegada. Entonces apareció, del otro lado, Elba Esther. Yo no sabía mucho de ella, pero advertí su fuerza mediática al ver correr a decenas de fotógrafos, impresionado por la manera en la que actuaban los medios; sobre todo, la manera en la que ella conocía el actuar de los medios.
Se puso de pie a mitad de pasillo, petrificada para la foto, sin moverse durante minutos, iluminada reiteradamente por los flashes de las cámaras. Sí, era un circo, ella estaba ahí para ser fotografiada, para ser vista.
Loaeza siguió hablando pero todos la ignoraban. Gordillo tomó finalmente la palabra en un tono acartonado…
“No permitiremos el cierre de los Estudios Churubusco; en el PRI no creemos en los impuestos a los libros, esa ley no pasará”, sentenció. La entonces lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) provocó la mayor ovación, frente a gente del Congreso, intelectuales y los propios comunicadores.
Carlos Monsiváis tomó el micrófono, mientras Elba Esther se quedó mirándolo; no había cambiado su postura desde su llegada.
“Estas son medidas de desesperación para quitar a los que tienen poco o no tienen nada y no tocar siquiera a los que tienen todo”, criticó Monsiváis. “Me dijo un funcionario que el que va a pagar es el consumidor, me temo que no, el que va a pagar es el lector. Pero no culpo a estos ‘asiduos lectores’, los imagino ávidos lectores de Carlos Cuauhtémoc Sánchez y de los ‘best sellers’ tipo ‘Quién se ha llevado mi voto’, por lo que sería incongruente acusarlos de odio a la lectura”, bromeó, como solía hacerlo.
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Al momento del chascarrillo, Elba Esther estaba con un pie fuera de la sala, no parecía haberse escabullido por los comentarios ácidos del escritor (aunque quizá sí lo hizo), sino porque su misión mediática había concluido. A ésta le siguió una reacción similar de diputados del Partido de la Revolución Democrática (PRD), quienes aprovecharon los micrófonos para externar su descontento con la iniciativa de ley.
Laura Esquivel tomó de nuevo el micrófono para dar por terminado el evento…
“Que le pongan un impuesto a las armas o a las ideas nefastas que impregnan nuestras mentes con la idea de la muerte; ahora, que si de eso se trata, acaben de una vez con nosotros, póngannos un impuesto a imaginar, por hablar, por decir la verdad”, concluyó.
Corrí apenas hubo acabado el discurso de Esquivel; quería aproximarme a Monsiváis, quien parecía haberse perdido entre el mar de reporteros. Lo encontré afuera de la sala, caminando hacia la salida; me aproximé a él para pedirle unas palabras. Estaba yo emocionado por lo que había visto, sentido y escuchado, pero a la vez petrificado por la presencia de Monsiváis.
Le pregunté sobre sus conclusiones:
“Ya escuchamos a los diputados y su compromiso, y, sumando votos, yo creo que ya está prohibida la propuesta de la Secretaría de Hacienda; hemos visto una victoria rápida, contundente y necesaria. El IVA al libro era imposible de admitir”, dijo Monsiváis.

Lo cuestioné entonces sobre lo que pretendía la Secretaría de Hacienda con este impuesto; fue breve en su respuesta: “Lo que obtienen es nada en relación a lo que quitan”, me dijo.
Fue tan corta su respuesta que no me dio tiempo de pensar en la siguiente pregunta; mi cabeza quedó en blanco. Quedé mudo, callado frente al escritor. Él me miró fijamente, como esperando otra pregunta, en un largo silencio. “Gracias”, le dije finalmente. El escritor asintió, dio media vuelta y se retiró del lugar.
Quedé confundido. Hoy mismo, a 21 años de ese evento, sigo pensando en lo sorprendente que resulta el circo de la simulación política y mediática, alejada finalmente de nuestras realidades cotidianas. Algo que los todavía sobrevivientes del viejo régimen, y aún hoy los “intelectuales” desenmascarados, no entienden.
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