El consejo de José Saramago  para las elecciones del 2 de junio

José Saramago en Morelia 2010.
José Saramago en Morelia 2010 / Foto: El sol de Morelia

Jesús Díaz

Lo que el Nobel de Literatura nos advirtió sobre la participación ciudadana y los riesgos de la transición política

José Saramago despertó la mañana del 18 de junio de 2010 con la firme intención de leer los diarios del mundo. Era un día agraciado, de esos que se disfrutan en compañía. El Premio Nobel de Literatura 1998 amaneció de buen humor; había pasado una noche plácida.

El desayuno fue agradable, pues disfrutó la conversación con su entrañable mujer, Pilar del Río. Fue irónico durante esa charla en la cual habitualmente le hacía a ella un resumen de los acontecimientos del planeta. 

Luego, tuvo un ligero dolor en el pecho, una especie de pinchazo, que derivó en un malestar general que lo llevó a su habitación. Más tarde, murió a causa de un fallo multiorgánico: “Una muerte rápida y, al parecer, sin dolor”, se dijo.

Con Saramago intercambié palabras seis años atrás, en una tarde igual de apacible del 11 de febrero de 2004. Yo tenía 23 años y acababa de tomar el puesto de periodista cultural para el diario de la Ciudad de México Unomásuno, tras mi regreso como corresponsal en Estados Unidos.

EL VIEJO SABIO QUE ENCENDÍA TORMENTAS

Saramago era un hombre apacible en apariencia, como un viejecillo que podrías encontrarte en un parque para intercambiar brevemente temas superfluos, como el clima o los deportes. Eso sí, en su mirada poseía una personalidad apabullante. Eso pensaba yo mientras lo veía caminar hacia la mesa a escasos dos metros de mí.

Estaba yo en un lugar privilegiado, específicamente colocado para los medios que llegaron primero, rodeado de cientos de personas (unos 400 estudiantes) que apenas dejaban espacio para respirar en aquel salón de la Facultad de Derecho de la UNAM. Pero mi percepción primera, la del viejecillo taciturno, cambió apenas habló el Premio Nobel. 

José Saramago

Era firme en sus ideas, crítico como pocos, con palabras tan bien colocadas que era imposible no dejarse llevar por ellas; cuestionarse desde las entrañas, querer salir corriendo y gritar al mundo que las cosas no están bien, que hay mucho por cambiar. 

Y era, por mucho, más directo que en sus libros, en los que suele representar los conflictos de la sociedad por medio de alegorías muchas veces ácidas, otras incluso jocosas.

Estoy convencido de que el medio millar de personas que estábamos ese día en la sala recuerda ese momento. Pero del medio millar, solo siete pudimos intercambiar palabras con el escritor. 

EL SORTEO DEL DESTINO

Fue suerte pura. Los organizadores decidieron hacer un sorteo en el que salí seleccionado, algo que provocó incluso que algunos periodistas se lanzaran contra ellos al final del evento. Hubo insultos y amenazas de favoritismo. Nada más lejos de la realidad: ¿cómo podrían haberme beneficiado, si yo era un periodista de casi nada de experiencia que ni siquiera conocía a las fuentes ni a los representantes de relaciones públicas?

Tú vas a preguntar, cuando acabe de hablar, te toca preguntar”, me dijo una joven que se aproximó lentamente a mí, mientras yo estaba absorto en la charla. Aquello fue un golpe para alguien de 23 años; tenía tantas preguntas y a la vez ninguna. No sabía qué podía ser correcto cuestionar, los repasé varias veces, los había de muchos tipos. 

Me entró algo similar a lo que llaman «pánico escénico»; me imaginaba hablando con la voz quebrada, diciendo algo absurdo, simplista, tonto, frente a la mirada de estudiantes críticos, ácidos, que levantaban la voz, que silbaban, mientras yo, enrojecido, pasaba inadvertido por la mirada del Nobel.

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Luego, pensaba yo, los reporteros se alzarían enfurecidos por haber desperdiciado una de las siete preguntas que se le podían hacer al escritor. Imaginaba, además, la vergüenza en mi redacción. Pensaba en los representantes de Comunicación Social de la UNAM llamando a mi editor para quejarse por “tan mal elemento”. 

Ese día entendí que un periodista no puede evitar sentir nervios en grandes eventos, es parte de la naturaleza humana y, ¿por qué no?, le añade emoción al momento (algo que con el tiempo puede ser hasta adictivo). En lo que no debe caer un periodista es en las trampas de su mente, pues la carrera al final de cuentas es eso, comunicación. Nada de películas mentales. Lamentablemente, eso no lo sabía yo.

La siguiente pregunta es de Jesús Díaz, de la sección cultural del diario Unomásuno”, dijo una mujer frente a una sala que enmudeció. Yo tomé el micrófono y, casi a tono con el momento, me quedé callado. 

Saramago me buscó entre ese mar de gente, me halló y me instó a hacerle una pregunta. Mis manos temblaban mientras sostenían un micrófono y un arrugado papel en el que había escrito varios cuestionamientos que descarté uno a uno. No obstante, encontré una duda que me parecía adecuada viniendo del gran escritor.

ENTRE CLAVES Y DESILUSIONES

José Saramago

Era febrero de 2004. Ya habían pasado menos de cuatro años desde que Vicente Fox había llegado al poder. México se hallaba en un momento histórico en el que el PRI había cedido la presidencia después de 80 años. Había esperanza en la gente, pero a la vez temores y desilusión, mucha desilusión, por la manera de actuar del mandatario. Todo era tan confuso; de ahí surgió mi pregunta.

— ¿Sí? — me dijo Saramago mientras hacía un ademán con la mano, simulando a alguien que debía aproximarse, tras una pausa de unos segundos que yo sentí una eternidad.

— México vivió un momento histórico con el cambio de poder en el 2000, pero hoy muchos tienen miedo o se sienten decepcionados por la manera de actuar de Vicente Fox. La ilusión ha disminuido. ¿Qué le diría a la gente respecto a este sentimiento? — pregunté finalmente.

Fue raro escuchar mi voz, ese eco que se repite en tus tímpanos y en el salón frente a cientos de personas; en el que te notas con un tono entrecortado, casi como de adolescente. Saramago bajó la mirada, como para acomodar sus ideas, y respondió:

— Nosotros vivimos un fenómeno similar en Portugal; le llamamos la Revolución de los Claveles (un levantamiento militar por medio del cual se derrocó a la dictadura salazarista que dominó durante 50 años). 

Finalmente, el portugués disparó:

 — Hace 30 años ocurrió esa Revolución y durante meses esperamos que algo cambiará, pero de ese movimiento no quedó nada. Y en México ocurrirá lo mismo si los ciudadanos no toman en sus manos la transición y la necesidad de desarrollarla. No la dejen en manos de los políticos. En mi país se corre el riesgo de que esa transición sea solo un recuerdo, y eso pasará en México con esta u otras luchas.

LA TRANSICIÓN EN PELIGRO

Las palabras que me dirigió Saramago fueron premonitorias, pues el PRI regresó al poder en 2012. Y vuelven de vez en cuando: las pronuncié, por ejemplo, cuando cubrí las elecciones de 2006, en las que todo apuntó a un fraude desde el estado (si no explícito, sí tácito, con el aparato completo).

Lo mismo me pasó, y en especial, en 2018, cuando hice, para El Universal, la cobertura electoral e incluso la crónica de la toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo. Pensaba en esas palabras: “No quedará nada si los ciudadanos no toman en sus manos la transición y la necesidad de desarrollarla”.

José Saramago

Ahora mismo, que escribo ya a distancia de ese joven nervioso que fui, las palabras del creador de “Ensayo sobre la ceguera” llegan otra vez a mi mente. Más allá de los políticos que ganen el próximo 2 de junio, debemos exigirles con una mente abierta y crítica, o los cambios serán sólo recuerdos. 

El diario Reforma, en el que yo trabajaría tres años después de mi charla con Saramago, tituló esa experiencia así: “Ve Saramago riesgos en transición”. El Universal, en su portada principal: «Saramago: se desvanece la transición». El encabezado de mi nota fue más preciso: “La transición podría quedar en un recuerdo: Saramago”. 

El escritor era un hombre de mundo, sabía de lo que hablaba. Escuchemosle.

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