Rieles que no se oxidan: Historias del tren en la región sureste de Coahuila

tren en coahuila
último viaje del Coahuilita Foto Jorge González Solís

El tren no fue solo máquina: fue gente, fue paisaje, fue futuro en marcha. Y ahora, quizá, vuelva a serlo

A Saltillo, antes que las fábricas, le llegaron los trenes. Y con ellos, no solo rieles, sino caminos posibles, sueños al vapor y relojes que marcaban la hora con acentos del norte. Ahora que el gobierno promete volver a tender vías —esta vez entre Derramadero y Ramos Arizpe—, uno no puede evitar mirar atrás. Porque los trenes nuevos no andan solos; ruedan sobre la memoria de otros que pasaron antes. Y en Coahuila, esa memoria es honda como corte de trinchera.

CUANDO LOS TRENES ERAN PULSO

El Ferrocarril Nacional México–Laredo llegó a Saltillo con promesas largas y silbatos nítidos. Venía del centro y apuntaba a la frontera, y con él vinieron cargamentos, jefes de estación, muchachos curiosos y comerciantes con la brújula puesta hacia el porvenir. No era solo un medio de transporte, sino un espejo: por donde pasaba, las comunidades se veían más cerca del mundo moderno. Y en las estaciones —con su arquitectura de reloj y ladrillo— los pueblos se daban permiso para soñar más allá de sus lomas.

Saltillo, con su aire medio altivo y medio ranchero, se volvió escala obligada. Trenes de carga, de pasaje y de ideas. Porque por los rieles también viajaban los libros, las noticias, los rumores de revolución y las ropas distintas. Ahí se tejía sin querer la vocación norteña de esta ciudad que ya empezaba a hablar con acento de maquila sin saberlo.

Y sin embargo, como suele pasar con lo que parece eterno, un día dejaron de pasar. Se cerraron rutas, se oxigenaron estaciones y se callaron los andenes. Pero no todo quedó en ruinas. Los trazos, aunque dormidos, siguieron ahí. Hoy, el derecho de vía que usará el nuevo tren interurbano es el mismo por donde hace cien años pasaban locomotoras con carga y esperanza. Eso no es detalle técnico: es símbolo. Es un acto de memoria en movimiento.

EL COAHUILITA: TREN CHICO, CORAZÓN GRANDE

En 1898, mientras Porfirio se peinaba con orden en Palacio Nacional, en Saltillo unos empresarios con apellido inglés y corazón minero le daban vida a un tren pequeño, de vía angosta, que llegaría lejos en la memoria: El Coahuilita. Iba de Saltillo a Concepción del Oro, serpenteando entre ejidos, rancherías y sueños humildes.

Más que cobre y plata, lo que arrastraban sus vagones eran historias. Campesinos con costales, muchachos rumbo a la escuela, comerciantes con gallinas y viejos con anís. Había quien conocía el mundo solo desde la ventanilla del tren. Y no faltaban los que enamoraban en las estaciones, con flores robadas al monte.

Tren en Coahuila
El Coahuilita pasando por Saltillo, Foto Jorge Gonzáles Solís

El día que dejaron de oírse sus pitidos, allá por 1977, se supo que algo se había roto. Pero El Coahuilita no murió del todo: quedó en la nostalgia de los abuelos, en las canciones que nadie graba, en la costumbre de llamar «vía» a un espacio vacío. Hoy, el nuevo tren no pasa por sus rieles, pero revive su espíritu. Conecta zonas donde el trabajo es frontera, y el viaje, necesidad. Es, de algún modo, una disculpa con la historia.

EL TORREONCILLO: LA RUTA DEL ALGODÓN Y LA SED

Dicen que el Ferrocarril Coahuila–Pacífico fue bautizado como El Torreoncillo por cariño, no por tamaño. Iba de Saltillo a Torreón, cruzando General Cepeda, Parras, Viesca… y la vida de muchas familias. Transportaba algodón y ganado, pero también calor, polvo y esperanza.

No era tren de turistas, sino de oficios. En él viajaban costales, herramientas e ilusiones migrantes. Y sus estaciones eran puntos de encuentro donde lo rural se abría a lo urbano. Fue comprado, desmantelado y, finalmente, silenciado, como tantos otros. Pero su fantasma aún camina por la región.

Hoy, con este nuevo proyecto que une Derramadero con Ramos Arizpe, renace algo de aquel impulso. No es el mismo trazo, pero es la misma lógica: articular regiones productivas, acercar distancias que la carretera volvió lejanas. Es la reescritura de un viejo mapa con tinta moderna.

PAREDÓN: EL CRUCE DE TODO Y DE TODOS

Hablar de trenes en Coahuila y no mencionar Paredón sería como contar la historia de un río sin nombrar su manantial. Fue nodo, cruce, remolino. Por ahí pasaba el Ferrocarril Tampico–Paredón, que conectaba el Golfo con el norte industrial. Era punto de abastecimiento, descanso y, a veces, trinchera.

La Revolución lo usó y lo tiñó. Después vinieron los tiempos de menos pólvora y más comercio, hasta que también Paredón quedó como sombra. Hoy, su estación abandonada sirve de postal y pretexto. Hay una réplica de la Máquina 501 como queriendo decir: “Aquí seguimos, aunque ya no suene el silbato.”

ENTRE EL DESMANTELAMIENTO Y LA PROMESA

Cuando en los años noventa se privatizó lo que quedaba de Ferrocarriles Nacionales, muchos sintieron que se arrancaba una parte del alma del país. Se alzaron vías, se cerraron estaciones, y donde antes pasaban trenes, empezaron a pasar solo recuerdos.

Saltillo no fue excepción. Lo que antes era rutina —subirse al tren para estudiar, vender y visitar— se volvió mito. El automóvil ganó terreno, pero perdió alma. El territorio, antes unido por riel, se fragmentó en brechas y bulevares.

El nuevo tren interurbano no lo arregla todo, pero sí enmienda algo. No es solo acero, diesel y concreto. Es un acto simbólico. Es volver a decir que el tren tiene sentido. Que los pueblos no deben depender solo del coche privado para existir en el mapa. Que moverse no debería ser un lujo.

JUAN ANTONIO Y LOS HOMBRES DEL TIEMPO EXACTO

Juan Antonio Salazar Miranda trabajó en el ferrocarril toda su vida. Para él, aquel oficio no era solo una forma de sustento, sino una vocación hecha de acero, puntualidad y distancia. Semana tras semana, salía de casa con su maleta cuidadosamente preparada, la ropa planchada con esmero y el rostro sereno de quien sabe que cargar con la ausencia es parte del trabajo. 

Dejaba atrás a su esposa y a sus cuatro hijos, consciente de que su jornada no comenzaba cuando llegaba al sitio, sino desde el momento en que despedirse se volvía rutina. Jamás llegaba tarde. Siempre adelantado, a veces con una hora de antelación, como si su reloj interno estuviera sincronizado con la exactitud de los trenes. Y nunca se iba sin haber terminado su labor: para él, responsabilidad era más que una virtud, era una regla tácita entre los rieles.

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Estación de tren de Paredón Foto Emmanuel de la Vega

Entre los recuerdos más vivos que comparte están aquellos días de reparación en las vías, cuando la seguridad dependía de la experiencia y el ingenio. Colocaban petardos a lo largo del trazado —pequeñas detonaciones estratégicas que anunciaban la aproximación de la locomotora—, permitiéndoles apartarse a tiempo sin correr el riesgo de ser arrollados. Con ese mismo tipo de soluciones prácticas y humanas se tejía su jornada. Pero no todo era trabajo físico: el ferrocarril era también una aventura familiar. 

Cuando su esposa e hijas lo acompañaban, llegaban a las llamadas secciones, espacios temporales donde vivían los ferrocarrileros y sus familias durante los traslados. Allí, el tren de pasajeros era un parque móvil para las niñas, y las estaciones un mundo de aromas y voces: gente vendiendo pan caliente, tacos recién hechos y comidas que sabían a comunidad. Para las familias de quienes trabajaban en el sistema ferroviario, los viajes eran gratuitos, pero el verdadero privilegio era el vínculo que se formaba sobre los rieles. 

Cuando oye que hoy alguien se queja del tráfico, sonríe con los ojos entrecerrados y suelta la sentencia de los viejos oficios:

“Ese sí era trabajo.”

EPÍLOGO CON OLOR A RIEL MOJADO

En los pueblos donde pasó el tren, el tiempo tuvo otro ritmo. Hoy, al volver a tender los rieles, no se trata solo de unir puntos en el mapa, sino de reconectar historias que alguna vez viajaron juntas. Porque el tren no fue solo máquina: fue gente, fue paisaje y fue futuro en marcha. Y ahora, quizá, vuelva a serlo.

Lo que se construya entre Derramadero y Ramos Arizpe será, sin duda, moderno. Pero si se hace bien, será también justo. Porque los trenes no son solo fierros que se mueven. Son relatos largos que se narran a paso constante. Son hilos que cosen ciudades, memorias, generaciones.

Y si uno afina el oído, quizás pueda oír aún, desde algún rincón de la región, un silbato viejo que no quiere ser olvidado.

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