
Los antiguos acueductos y manantiales de Saltillo muestran la historia urbana y la gestión del agua

La existencia y la morfología urbana de Saltillo, Coahuila, se encuentran ligadas de forma indisoluble a la dinámica de sus recursos hídricos. A diferencia de otros asentamientos del norte de la Nueva España cuya fundación respondió a la bonanza minera o al establecimiento de presidios militares, la Villa de Santiago del Saltillo emergió en las últimas décadas del siglo XVI gracias a su condición de oasis semiárido. Su ubicación estratégica al pie de la Sierra de Zapalinamé garantizaba una recarga constante de los acuíferos, configurando un ecosistema donde convergían ciénagas, arroyos y cientos de manantiales.
En 1777, el cronista franciscano Fray Juan Agustín de Morfi documentó la presencia de 665 manantiales activos en el valle. Esta abundancia no solo impulsó la agricultura de riego en un entorno eminentemente desértico, sino que exigió la implementación temprana de infraestructuras de canalización. La captación, conducción y distribución del recurso derivaron en soluciones de ingeniería hidráulica que evolucionaron desde simples acequias de tierra hasta complejas arquerías de mampostería y galerías subterráneas.
Con el paso de los siglos, la expansión demográfica, el proceso de industrialización y la sobreexplotación de los mantos acuíferos redujeron drásticamente las fuentes superficiales. Para 1900, los veneros documentados se habían reducido a trece, y en la actualidad sobreviven muy pocos activos en la superficie urbana. Pese a esta desecación progresiva, la huella material del agua permanece inscrita en la traza de la ciudad a través de los vestigios de sus antiguos acueductos.
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TIPOLOGÍA CONSTRUCTIVA: LA INGENIERÍA DEL OASIS
La ingeniería hidráulica desarrollada en el valle de Saltillo entre el periodo colonial y los primeros años del siglo XX comprende dos tipologías principales, diseñadas para responder tanto a la topografía del terreno como a las altas tasas de evaporación características del clima semiárido.
Por un lado, los acueductos aéreos y de superficie consistían en arquerías y atarjeas elevadas que salvaban desniveles mediante un gradiente gravitacional sostenido. Estas obras conducían el agua hacia parcelas de cultivo, molinos de trigo y, posteriormente, planteles industriales. Su edificación combinó materiales locales como cantera, adobe, ladrillo cocido, piedra caliza y mortero de caliche.
Por otro lado, los conductos y galerías subterráneas —referidos localmente como «minas de agua», «tajos» o «viajes de agua» y emparentados técnicamente con los qanats o foggaras del mundo islámico— consistían en túneles horizontales excavados en roca viva o en terrenos arcillosos. Estas galerías captaban agua directamente del manto freático o de las filtraciones de la sierra e integraban lumbreras o pozos verticales de ventilación e inspección para su excavación y mantenimiento.



INVENTARIO Y DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA DE LOS VESTIGIOS
El análisis de campo y la contrastación documental confirman que el registro físico preserva infraestructuras de alto valor histórico que superan el catálogo de la memoria popular. A los sitios ampliamente identificados en La Hibernia, La Aurora, La Nogalera y la ruta hacia General Cepeda, se suman vestigios clave en los sectores sur y poniente de la ciudad.

En el sector oriente-noreste, el Acueducto de La Aurora captaba originalmente los manantiales conocidos como aguas Navarreñas, los cuales descendían de la Sierra de Zapalinamé. Sus tramos de cantería y mampostería fueron diseñados para abastecer la fábrica textil homónima. En el norte, el Acueducto de La Hibernia —asentado en la antigua Hacienda de Santa Ana de los Rodríguez— abasteció primero a un molino de trigo virreinal y, más tarde, a la fábrica textil del sector.
En la zona de La Nogalera de Arizpe, persisten atarjeas de caliche que derivaban los escurrimientos para el riego de huertas. Hacia el poniente, el eje de las calles General Cepeda e Hidalgo alberga el «Acueducto del Molino», un complejo de galerías subterráneas que transportaba agua a las instalaciones harineras. Asimismo, sobre la vía regional hacia General Cepeda operaron sistemas aéreos de trazo romano vinculados a haciendas como Palomas de Afuera.
En el sector sur destaca el Acueducto de Prolongación Urdiñola, una arquería de piedra caliche que canalizaba las vertientes del Cañón de San Lorenzo hacia el centro urbano. Finalmente, en el surponiente, las galerías subterráneas de San Lorenzo y la Hacienda de Landín representan la técnica de perforación en roca viva para captar las corrientes del Ojo de los Berros.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA: DEL ORDENAMIENTO SOCIAL AL IMPULSO INDUSTRIAL
La transformación de la infraestructura hídrica de Saltillo abarca un arco temporal dividido en dos grandes fases de desarrollo.
El ordenamiento colonial (1577–1830)

Tras la fundación de la Villa de Santiago del Saltillo en 1577 y el establecimiento del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala en 1591, el agua actuó como elemento estructurador del territorio. La formalización de la Acequia Mayor en 1591 —alimentada por el Ojo de Agua a lo largo de la actual calle Allende— no solo distribuía el riego, sino que funcionaba como una frontera sociopolítica tangible: el margen oriental correspondía a los pobladores españoles y el occidental a la comunidad tlaxcalteca.
Durante los siglos XVII y XVIII, el Cabildo reglamentó el recurso mediante tandas medidas por días y horas de riego. Los derechos hídricos se registraban en escrituras públicas, se heredaban y se subastaban. La necesidad de superar las depresiones topográficas para abastecer a los molinos harineros impulsó la edificación de las primeras arquerías y túneles de mampostería del valle.
EL APOGEO INDUSTRIAL (1840–1910)
El mayor auge constructivo aconteció durante el siglo XIX con la llegada de la industrialización textil. Ante la ausencia de redes de energía eléctrica en la primera mitad de la centuria, la energía hidráulica disponible en los manantiales fue aprovechada mediante elevados acueductos.
Las arquerías erigidas entre 1840 y 1900 conducían gruesos caudales hacia las fábricas, donde el agua caía desde alturas considerables sobre ruedas hidráulicas y turbinas mecánicas. Esta infraestructura generaba hasta 80 caballos de fuerza, energía suficiente para mover la maquinaria de hilado y tejido que procesaba el algodón de la Comarca Lagunera. Fábricas como La Aurora, La Hibernia, La Libertad, El Labrador y La Esmeralda dependieron del diseño de estos sistemas, propiciando la aparición de los primeros barrios obreros de la ciudad.

FACTORES DE DECLIVE Y CRISIS PATRIMONIAL
El colapso del sistema de acueductos se gestó en la primera mitad del siglo XX a partir de tres factores estructurales:
- La crisis hidrológica: La deforestación de las cuencas de captación y la extracción intensiva mediante pozos mecánicos redujeron los mantos freáticos, interrumpiendo el flujo continuo de los manantiales que alimentaban las cabeceras de los acueductos.
- La obsolescencia tecnológica: La electrificación industrial sustituyó la fuerza motriz hidráulica por motores eléctricos. Paralelamente, el servicio de agua potable municipal adoptó tuberías cerradas de hierro fundido a presión, abandonando los canales abiertos por motivos sanitarios.
- La presión urbana y la desprotección institucional: Tras el cierre definitivo de los planteles textiles entre 1910 y 1957, los acueductos perdieron a sus administradores corporativos. La expansión urbana rodeó las ruinas, provocando la demolición de tramos para obras viales, la absorción de arcos en predios privados y su deterioro por intemperismo, grafiti y acumulación de desechos.
CONSIDERACIONES HISTORIOGRÁFICAS Y PROSPECTIVA
La red de acueductos de Saltillo constituye un testimonio fundamental para comprender las formas de adaptación tecnológica en el desierto mexicano. En términos de análisis histórico, la evidencia permite sostener dos planos de conclusión:
Perspectiva especializada / Historiográfica: La morfología urbana de Saltillo no puede explicarse sin la espacialidad de sus obras hídricas. Las acequias coloniales operaron como fronteras socioculturales entre las comunidades hispana y tlaxcalteca, mientras que los acueductos del siglo XIX fijaron los polos de desarrollo industrial y residencial del municipio. El conjunto de arquerías y galerías subterráneas representó un hito en la ingeniería industrial del norte del país, al transformar el gradiente topográfico en la principal fuente de energía previa a la electrificación.
Perspectiva de divulgación / Resguardo urbano: Frente al avance de la mancha urbana, los vestigios de La Aurora, Urdiñola o San Lorenzo han dejado de transportar agua para convertirse en los testigos silenciosos de un ecosistema desaparecido. Documentar, catalogar y consolidar estas estructuras no representa un mero ejercicio de nostalgia arquitectónica, sino una urgencia patrimonial: en una ciudad que enfrenta retos crecientes de abastecimiento hídrico, los antiguos acueductos permanecen en el paisaje como un recordatorio de que la historia de Saltillo ha sido, ante todo, una permanente batalla por la gestión y memoria de su agua.
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