

Cuando pensamos en la historia de la Iglesia católica novohispana y en la consolidación de sus instituciones, la memoria histórica suele invocar figuras masculinas: obispos victoriosos, párrocos influyentes o frailes misioneros encargados de la liturgia y la doctrina. Sin embargo, al examinar la devoción que define la identidad cultural y espiritual de Saltillo —el culto al Santo Cristo de la Capilla—, la trama revela una realidad distinta. La permanencia, el auge y la articulación social de esta devoción no habrían sido posibles sin la agencia decisiva de las mujeres.
Aunque la tradición atribuye al comerciante Santos Rojo el traslado de la imagen en pasta de caña desde la feria de Xalapa a la Villa de Santiago del Saltillo en 1608, fue una mujer —su nieta, Doña Josefa Báez Treviño— quien transformó una devoción de ámbito familiar en el fenómeno socio-religioso más importante y unificador de la región.
| 1608 | 1743 | 1981 | SIGLO XXI |
| Traslado por Santos Rojo | Fundación de la Cofradía | Oficialización de las Damas | Permanencia y custodia |
| • Culto doméstico y familiar• Construcción de la capilla (1614) | • Doña Josefa Báez Treviño: Mayordoma• Integración de españolas y tlaxcaltecas | • Independencia jurídica eclesiástica• Entrega de distintivos y placa | • Asistencia, vestuario (sendal)• Organización de la fiesta |
EL LABORATORIO SOCIAL DE LAS COFRADÍAS NOVOHISPANAS
Para comprender la magnitud de la intervención femenina, es indispensable revisar el papel de las cofradías en la sociedad colonial. Estas asociaciones de laicos no se limitaban a la veneración de un santo o advocación; funcionaban como espacios vitales de integración, ayuda mutua y cohesión social. Proporcionaban a sus miembros estabilidad espiritual, auxilio material en momentos de enfermedad o muerte, e indulgencias para la salvación del alma.
En el contexto particular del valle de Saltillo —marcado por la convivencia, a veces tensa y a veces negociada, entre la Villa de Santiago (española) y el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala—, las cofradías operaron como puentes institucionales.
En las cofradías se cruzaban las líneas de casta y estatus: españoles, tlaxcaltecas, mestizos y personas esclavizadas compartían un mismo espacio devocional, unificando a una sociedad dividida por jerarquías raciales y económicas.
Las estructuras organizativas de estas corporaciones eran complejas y rígidamente administradas. Los mayordomos custodiaban los fondos, mientras los diputados, tesoreros y colectores recolectaban limosnas y gestionaban los bienes. De todas las corporaciones erigidas en Saltillo y San Esteban, la Cofradía del Santo Cristo de la Capilla —fundada en 1743— tuvo una particularidad histórica excepcional: fue la única que colocó a una mujer al frente de su gobierno.
DOÑA JOSEFA BÁEZ TREVIÑO Y LA FUNDACIÓN DE 1743
El 12 de agosto de 1743, Doña Josefa Báez Treviño solicitó formalmente la autorización para erigir la cofradía al Obispo de Guadalajara, Don Juan Gómez de Parada. Dos días después, la corporación inició actividades con un fondo inicial de 85 pesos y un modesto inventario.
A diferencia del patrón novohispano generalizado, donde las elecciones se realizaban anualmente y el cargo de mayordomo era ocupado exclusivamente por varones de la élite local o sacerdotes, Josefa Báez Treviño permaneció al frente de la cofradía durante veinte años, ejerciendo la jefatura desde la fundación hasta su muerte en 1763.
Su liderazgo no fue testimonial. Como mayordoma, administró los fondos de la cofradía, los cuales no solo sufragaban la cera, los altares y la fiesta del 6 de agosto, sino que funcionaban como una caja de préstamos a interés del 5% anual, una práctica financiera común entre las cofradías urbanas del siglo XVIII para incrementar su patrimonio devocional.
Bajo la gestión de Doña Josefa, entre 1743 y 1745 se asentaron 243 cofrades. La lista de miembros refleja la complejidad de la cofradía: convivían en ella figuras de la alta élite local —como María Almandós o miembros de la familia Zendexa—, presbíteros como Martín Sánchez Navarro y prominentes comerciantes, junto a labradores, notarios, un maestro albañil, un pintor y vecinos del pueblo tlaxcalteca registrados explícitamente como «hijos del pueblo de Tlaxcala» (como Juana Antonia de la Trinidad y Marcos Philippe).
Aquellas familias que carecían de los cuatro reales necesarios para el asiento podían entregar ganado, bienes en especie o comprometer sus servicios de trabajo durante las festividades. La cofradía no estaba configurada bajo un perfil gremial o étnico cerrado; era una corporación vertical y abierta donde ricos y pobres compartían un mismo estatus espiritual.
ENTRE LA LEYENDA, LA PESTE Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD LOCAL
El éxito de la cofradía se cimentó sobre una devoción popular que ya había desbordado los límites del culto familiar. Si bien la imagen llegó a Saltillo traída por Santos Rojo para su veneración privada en 1608, pronto fue trasladada a una capilla adyacente a la parroquia.
Su popularidad creció a la par de los relatos milagrosos: curaciones, protección frente a sequías y la extendida leyenda del sudor de sangre en la imagen de pasta de caña. La tradición oral consolidó un origen místico, narrando que la escultura había llegado a la villa a lomo de una mula sin dueño un 6 de agosto. Aunque este relato guarda paralelismo con otros mitos fundacionales del norte novohispano —como el Cristo de Tlaxcala en Bustamante o Nuestro Padre Jesús en Mazapil—, la fecha del 6 de agosto (festividad de la Transfiguración del Señor) fue formalizada en 1690.
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Aquel año, una severa epidemia de viruela azotó la región. Ante la crisis demográfica y sanitaria, la población de la villa y del pueblo acudió masivamente a la capilla del Santo Cristo en busca de intercesión. La respuesta colectiva ante la tragedia consolidó al Cristo de la Capilla como la imagen tutelar del valle. Aunque la parroquia y la ciudad estaban bajo el patrocinio oficial de Santiago Apóstol, la devoción al Santo Cristo eclipsó la figura del patrón de la ciudad, al grado de que las festividades de ambos terminaron por fusionarse en el calendario local.
Las festividades del 6 de agosto no solo implicaban misas solemnes y procesiones donde se exhibía al «Cristo Sangrante»; constituían verdaderos espacios de sociabilidad y válvula de escape social. En ellas se integraban danzas de matlachines tlaxcaltecas —adaptación sincrética donde la danza de conquista reinterpretaba el triunfo del bien sobre el mal—, venta de alimentos, consumo de chocolate y juegos permitidos por la moral católica, cuyas ganancias redundaban en los fondos de la cofradía.

LA QUIEBRA SILENCIOSA Y EL FIN DE LA COFRADÍA COLONIAL
La Cofradía del Santo Cristo de la Capilla mantuvo un registro ininterrumpido durante 116 años. No obstante, al igual que ocurrió con muchas corporaciones laicas del siglo XIX, las transformaciones políticas y las tensiones económicas del México independiente fracturaron su estructura.
El último registro del libro de la cofradía data de 1859. Se trata de una cuenta de cargo y data entre enero y agosto de ese año que revela una profunda crisis financiera: el remanente en caja era de apenas 7.7 pesos. Documentos previos sugieren que las tensiones internas se habían intensificado años antes; en 1856, el mayordomo en turno presentó su renuncia en reiteradas ocasiones manifestando «motivos poderosos», lo que obligó al nombramiento de Don José María Narro y Acuña.
El expediente concluye abruptamente tras el estallido de la Guerra de Reforma (1857-1860). Las leyes de desamortización de bienes eclesiásticos y el conflicto bélico alteraron definitivamente el sistema crediticio y corporativo de las cofradías. La institución laica que Doña Josefa Báez Treviño había erigido en 1743 se desvaneció de los archivos, pero la devoción comunitaria y el trabajo operativo de las mujeres no desaparecieron: simplemente cambiaron de forma.

DEL MARGEN OPERATIVO A LA INSTITUCIONALIZACIÓN: LAS DAMAS DEL SANTO CRISTO
Durante la mayor parte del siglo XX, la labor femenina en la Catedral de Santiago continuó de manera ininterrumpida pero invisibilizada bajo las estructuras patriarcales de la época. A las mujeres que sostenían la logística diaria del culto no se les otorgaba un estatus jurídico propio dentro de la estructura parroquial. Socialmente se les identificaba como «las esposas de los Caballeros del Santo Cristo» (el brazo masculino oficial).
Eran ellas quienes, a través de redes familiares o compromisos voluntarios, heredaban la responsabilidad de la limpieza del templo, la custodia de la platería y, muy especialmente, la preparación del sendal —el lienzo de seda y bordados que viste a la imagen articulada durante los cambios litúrgicos y las fiestas patronales—.
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| SOCIABILIDAD Y TAREAS FEMENINAS |
| • Elaboración, confección y cambio del sendal (vestimenta litúrgica) |
| • Limpieza, ornato y mantenimiento de la Capilla del Santo Cristo |
| • Transmisión oral del novenario y coordinación de procesiones |
| • Colectas de caridad, reparto de alimentos a peregrinos y visitas domiciliarias |
Esta situación dio un giro institucional en 1981. En ese año, las autoridades eclesiásticas de la Catedral de Santiago reconocieron formalmente la autonomía del grupo, constituyendo de manera independiente a las Damas del Santo Cristo y a los Jóvenes del Santo Cristo. Durante la ceremonia se les otorgaron sus distintivos religiosos y se develó una placa conmemorativa a la salida de la capilla, formalizando el retorno de las mujeres a la dirección del culto con nombre y personalidad jurídica propia.
Actualmente, aunque la cofradía colonial ya no existe en términos jurídicos del derecho canónico antiguo, Las Damas del Santo Cristo operan como herederas directas de aquella tradición iniciada en el siglo XVIII. Su labor abarca tres dimensiones fundamentales:
- Atención litúrgica y cuidado de la imagen: Asisten comunitariamente a misa cada viernes del año, realizan horas de vela ante el Santísimo Sacramento y conservan la delicada tarea del diseño, confección y cambio del sendal sagrado.
- Logística y preservación de la festividad: Coordinan el orden de las procesiones durante la Semana Santa, gestionan la logística del novenario y organizan la masa de peregrinos que abarrota la catedral cada 6 de agosto.
- Acción social y presencia comunitaria: Mantienen programas de asistencia alimentaria para visitantes y peregrinos del interior de Coahuila y estados vecinos, al tiempo que organizan rosarios itinerantes en los hogares del centro histórico de la ciudad.

LA VIGENCIA DE UN LEGADO HISTÓRICO
La historia del Santo Cristo de la Capilla suele explicarse a través de sus grandes fechas: la llegada de la imagen en 1608, la epidemia de viruela en 1690 o la edificación de la imponente catedral de Saltillo. Sin embargo, la lectura historiográfica de sus archivos demuestra que la continuidad de este culto no responde únicamente a decisiones cupulares de la jerarquía eclesiástica.
Desde el liderazgo administrativo de Doña Josefa Báez Treviño en el siglo XVIII hasta la dedicación de las Damas del Santo Cristo en el siglo XXI, las mujeres han sido las verdaderas administradoras del patrimonio intangible de la ciudad. Al asumir el cuidado material de la imagen, la tesorería de sus fondos, la confección de sus ornamentos y la transmisión de la memoria oral, la población femenina de Saltillo convirtió un culto particular en el pilar de la identidad colectiva del valle.
Al observar las calles de Saltillo cada mes de agosto —donde el sonido de la pirotecnia y el retumbar de los matlachines anuncian la fiesta patronal— se hace evidente que la fe de la ciudad no solo descansa en la belleza de su Cristo de pasta de caña, sino en la memoria viva de las mujeres que, durante más de tres siglos, han custodiado su historia.
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