

No feria de luces y cantantes de moda, sino esa otra más antigua, nacida del trueque y del apremio, con olor a cuero y a frijol recién desgranado. Así era, al menos en su origen, la feria de Saltillo: no espectáculo sino subsistencia; no entretenimiento sino subsuelo económico y cultural del noreste novohispano.
Corría el último cuarto del siglo XVI. La Villa de Santiago del Saltillo —recién fundada en 1577— se arrellanaba en su valle fértil, bien dispuesta entre sierras, rutas y sequías. Y entre caminos: era paso obligado en la larga marcha del Camino Real de Tierra Adentro, que iba desde la capital virreinal hasta Santa Fe, allá en las tierras del norte más bravo. Por eso y por otras razones que sólo la geografía y la providencia entienden, el valle comenzó a llenarse, una vez al año, de gentes, bestias y mercancías.

Las primeras ferias fueron más hueso que adorno: no fiesta, sino necesidad. Tenían lugar en octubre, cuando la tierra ya había dado y era hora de intercambiar. Arrieros de Zacatecas, de San Luis, de más lejos aún, traían mulas cargadas de maíz, frijol, piloncillo, carne seca, garbanzo, jabón, vino, telas, herramientas y aguardiente. Se instalaban en la Gran Plaza Tlaxcala —que con el tiempo sería Mercado Juárez y más tarde aún Plaza Manuel Acuña—, donde alzaban carpas de madera y petate, formaban callejones polvorientos de comercio y el trueque empezaba.
Era un mercado interregional antes de que existiera siquiera esa palabra. Venían de Guanajuato, Durango y Texas. A veces hasta desde el Golfo. Y allí se vendía todo lo necesario para el año entero. Se compraban mulas como se compran hoy refrigeradores: inversión para sobrevivir. Se pactaban tratos de palabra. Se olían los granos antes de pesarlos. Se cataba el vino cómo se escoge un vecino.
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Y, con el auge del siglo XVII, llegaron también otros géneros, no todos tan fáciles de nombrar. En 1659, comenzaron a aparecer comerciantes de esclavos. Venían con mujeres africanas, muchas de Angola y Mozambique. Saltillo, ciudad de frontera y de mezcla, también albergó ese rostro oscuro del comercio colonial. No fue un gran centro esclavista, pero la feria lo mostraba todo, hasta lo que era mejor no ver.
En el siglo XVIII, la feria alcanzó su cima. Vito Alessio Robles —nuestro viejo historiador minucioso— decía que la feria era entonces una de las tres más importantes de toda la Nueva España, junto con la de Xalapa y la de Acapulco. Desde Coahuila, Nuevo León y Texas, bajaban las caravanas a abastecerse para el año entero. Y no solo de víveres: también de noticias. En 1810, fueron arrieros guanajuatenses quienes trajeron a Saltillo la noticia del levantamiento de Hidalgo, apenas días después del Grito.
No era todo comprar. También había convivio. Se improvisaban plazas de toros. Sonaban danzas. Se jugaba con dados y se comía lo que la tierra ofrecía. Y por unas semanas, Saltillo dejaba de ser villa de paso para volverse ciudad en vilo. Pero ni las mejores ferias duran para siempre.

Llegó el siglo XIX. Y con él, la guerra. La Independencia, la invasión estadounidense y la intervención francesa: las tres cortaron, una tras otra, el pulso de la feria. Entre 1815 y 1825, la feria casi desapareció. En 1826 se intentó revivirla. Ya no era la misma. Monterrey comenzó a jalar el comercio. El tren terminó por cambiarlo todo.
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En 1883, las vías férreas cruzaron Saltillo. Donde antes se esperaba un año entero por la feria, ahora llegaba mercancía cada semana. El comercio se hizo cotidiano. Y lo cotidiano mata la excepcionalidad. La feria, tal como había sido, dejó de tener sentido.
Pero los saltillenses no somos dados a dejar morir del todo las cosas. De lo comercial se pasó a lo cultural. De la necesidad a la celebración. Ya en el siglo XX, la feria buscó nuevo traje. A veces lo encontraba, a veces no. Durante la Revolución, fue intermitente. Pero en 1946, resucitó con fuerza.
La llamaron “Exposición Regional Agrícola, Ganadera, Comercial e Industrial y Feria de la Fruta de Saltillo” —nombre largo para una feria renacida. Se celebró en la Alameda Zaragoza. Y fue una suerte de espejo moderno de la feria vieja: pabellones para productores, exhibiciones de maquinaria, frutas, ganado, y sobre todo, la reafirmación de una comunidad que se sabía trabajadora y orgullosa.

En los años 50, la feria se fue al Instituto Tecnológico de Saltillo. Y allí comenzó a mezclarse poesía, pintura, toros y teatro. El Paraninfo del Ateneo Fuente se llenó de versos. La plaza “Armillita” se pobló de capotes. Se respiraba algo nuevo: feria con arte, con ciencia, con más sabor a ciudad.
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Después vino la mudanza a la Ciudad Deportiva, allá por los 60 y 70. Se movió a julio y agosto para no empalmar con el Santo Cristo. Se hizo más estatal, más veraniega, más espectáculo. Fue entonces cuando llegaron los Voladores de Papantla.
Y vino la tragedia. Era julio de 1967. Cuatro danzantes subieron al mástil de 31 metros. Bailaron en la cima. Se lanzaron al vacío, como dicta el ritual. Pero algo falló. Las cuerdas, húmedas. El mástil, metálico. La ceremonia, interrumpida por la lluvia. Tres murieron. Uno más quedó paralítico. El caporal bajó vivo, pero sin aliento.
Saltillo guardó luto. Aquel espectáculo, que debía asombrar, enseñó que hasta las tradiciones más antiguas pueden romperse. Aquel día quedó grabado en los diarios, en los libros, en la memoria. No se olvida.

En 1979, la feria abandonó los terrenos de la Ciudad Deportiva. Vino un periodo errante. En los 80 y 90, se hicieron ferias esporádicas, sin sede fija, sin alma clara. Pero otra vez, la feria resistió.
Con el siglo XXI llegó la modernidad. El gobierno la retomó con fuerza. Se construyó el recinto ferial en bulevar Fundadores: palenque, teatro del pueblo, pabellones, zona ganadera, juegos. La feria dejó de ser improvisación. Se volvió estructura. Se institucionalizó sin perder del todo la entraña.
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Y vinieron los artistas: Intocable, Tigres del Norte, Julión Álvarez, Banda MS, Danna Paola, Juanes, Capital Cities y Santa Fe Klan. La feria se hizo mezcla: agroindustrial y popera, regional y global.
En 2010, con el Bicentenario, hubo desfile histórico. En 2015, Julión llenó el Teatro del Pueblo. En 2018, se sumó un pabellón de ciencia y tecnología. En 2022, tras la pandemia, volvió con Danna Paola y La Arrolladora. En 2024, brilló con Santa Fe Klan y Paty Cantú, y se sumó una zona de inclusión.

Este 2025, del 4 al 27 de julio, la cartelera es vasta: Juanes, Capital Cities, Banda El Recodo, Inspector, Reyno, Clubz, Yeri Mua, Genitallica, Óscar Maydon, Los Cardenales y Cadetes de Linares. Se agregaron una pista de hielo, un circo multimedia, campeonato de lucha libre y espectáculos ecuestres.
Es otra feria, sí. Más espectáculo que trueque. Pero sigue siendo la feria de Saltillo. La que nació con el maíz, creció con la mula, maduró con el tren y ahora se ilumina con pantallas LED. La feria que, como la ciudad misma, cambia sin dejar de ser. Porque aunque las carpas de petate hayan dado paso a escenarios digitales, en el fondo —muy en el fondo— todavía huele a frijol recién desgranado.
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