Navegando con los peces grandes: un vistazo al interior de los Premios Oscar

Premios Oscar

Una mirada detallada a las interacciones, emociones y transformaciones que se viven detrás del brillo de Hollywood en su noche más icónica

Aquí no hay famosos. Bueno, hay muchos, pero se finge que no los hay. Alguien pensó, cuando ideó el salón del piso más alto del Museo de la Academia del Oscar, en crear un espacio amplio y oscuro para hacer fiestas con las estrellas: ahí se puede beber champaña, caminar entre celebridades o, si se prefiere, salir a tomar aire a una gran terraza desde donde se ve esplendorosa la ciudad de Los Ángeles.

Es una película imposible de olvidar. Uno se siente como un extra que interpreta a una suerte de pez pequeño. La mayoría somos eso, peces de menor tamaño que nadan dubitativos, mirando al frente, fingiendo que no estamos en una reunión extraordinaria para nuestras vidas. 

Esa pequeña pecera enclavada en el corazón de Hollywood, que para uno parece un enorme estanque, es una reunión para 500 invitados organizada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas con algunos nominados de los premios Oscar que se entregarían horas después.

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El pez más grande y llamativo se llama Pedro Almodóvar. Se encuentra charlando tranquilo luciendo un pulóver rojo y azul de Gucci, que contrasta con el resto de la vestimenta del lujoso acuario.

La invitación dice “business formal”, pero el manchego puede vestir como le dé la gana. Prácticamente todos conocen su luminosa y colorida obra, por eso es tan tentadora la prohibición implícita de no tomarse selfies. 

Bong Joon-Ho, director de la película del momento, “Parásitos”, viste de traje. Parece más bien un ejecutivo de nuevas tecnologías que conversa en manadas pequeñas, cruzado de brazos, siempre de pie con las piernas un poco abiertas, en forma de A, como un militar.

Entonces el gran Pedro se reúne con Bong Joon. Le hace muecas, como si fuesen dos niños, mientras les dan un diploma. Luego le confiesa, a modo de premonición que se cumplirá en unas horas, que él no le ganará el premio a Película Internacional. 

Cuando todo acaba, llegan autos con choferes para los peces grandes y los demás, bueno, esos encuentran alguna forma de escabullirse.

EL CAMINO PÚRPURA

Todos ellos se deslizan unas horas después por una alfombra que no es roja; no lo es. Hollywood está sitiado, no hay forma de que alguien llegue ahí sin pasar varios filtros de seguridad.

La gente común, separada en una reja se presiona una contra otra para ver quién llega en autos lujosos. La entrada tiene dos caminos: los peces grandes nadan a la izquierda, donde se han dispuesto cientos de cámaras y medios; el resto a la derecha, en un camino igualmente glamoroso pero sin flashes.

Mientras se anda, la alfombra asombra por su color que juguetea más con tonos púrpura de pequeños destellos provocados por las miles de luces que iluminan el evento más vistoso del planeta. “No hay otro color como este. Solo el Oscar lo tiene, es un dato que no muchos saben. Nunca hemos cambiado los colores de la alfombra roja, que no es roja, es un color único, como arándano (cranberry)”, me explica un día antes, en ese lugar, Teni Melidonian, directora de marketing de la Academia.

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Foto: Jesús Díaz

Esa decisión cambiará en 2023, cuando la alfombra sea color champán, pero en efecto, ese es más bien un púrpura brillante. No hay nada parecido.

En su longitud de 500 pies, las celebridades se detienen a charlar con la prensa de todo el mundo. Se incluyen lugares especiales para fotografías, una gran estructura con la leyenda “Oscars” y la GlamBOT, una cámara robótica de alta tecnología que captura poses de los famosos en cámara lenta. Muchas veces imitada, nunca igualada.

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Más adelante, un largo pasillo rumbo a las escalinatas del Teatro Dolby presume en sus columnas iluminadas los nombres de las películas que han ganado la máxima distinción, incluidas las de los mexicanos “La Forma del Agua”, de Guillermo del Toro, y “Birdman” de Alejandro González Iñárritu.

Ahí es donde los peces vuelven a mezclarse. De pronto uno saluda, ya sin reparo, a Mark Ruffalo, a Al Pacino, a Keanu Reeves

Todos hemos recibido sugerencias de la Academia: temas como por dónde deberíamos caminar, las facilidades en los accesos e incluso la vestimenta: “Recomendamos que no vistan tanto de rojo, claro, siempre son mejores los colores oscuros o de otra índole”, me dijo Teni.

Además, febrero o marzo, cuando suele realizarse la ceremonia, es un mes impredecible en cuanto al clima, por lo que hay una cubierta permanente debajo de la alfombra, me remarca. Es decir, todo está calculado.

La fiesta imposible

Entrar al Dolby, entonces, da una sensación de haber realizado una proeza imposible. La Academia de Hollywood ofrece unos 3 mil 400 boletos a invitados especiales, estos son, quienes tengan una relación con la entrega ese año.

La prensa suele estar ubicada en dos lugares: una sala llena de asientos y un templete, a donde las celebridades que ganan un premio llegan para dar sus impresiones; o en la alfombra.

Por algún motivo que entiendo pero aún no logro comprender, tengo permitido estar dentro de la ceremonia, desfilar con esos peces grandes en su alfombra, conocer su espacio y actuar como si no fuera lo que soy.

Este año, 2024, me han permitido entrar nuevamente. Así que habré de detallar lo ocurrido en la transmisión en unos días. Lo que sí, la premiación tiene un ensayo previo al que casi nadie puede acudir. 

Tampoco sé, en verdad, cómo fue que he entrado a alguno, con celular prohibido, recorrer la parte trasera del escenario, caminar por un largo pasillo que recorren los ganadores, adornado con fotos de figuras que han obtenido ese premio en años anteriores. No lo sé.

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Una vez que el programa sale de las pantallas de todo el mundo, unos mil 500 invitados tenemos la suerte de subir al piso más alto del Dolby, para acudir a la fiesta final, llamada Governors Ball. Ahí, puede verse a Renée Zellweger sonriendo en una mesa, dejando sobre ella su estatuilla, como si no fuera tan valiosa. Prefiere sostener un bolso blanco que combina bien con ese vestido ceñido brillante, como ella.

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Foto: Jesús Díaz

Tampoco está prohibido en esta reunión conversar con famosos; es solo que, como ya se dijo, acá los no famosos, que somos mayoría, debemos fingir que no los conocemos. Y solo algunos osados, pocos en realidad, sacan un celular para arrebatar ese momento de la memoria y guardarlo.

En el Governors Ball el tiempo es relativo. Si eres famoso, puedes convivir un rato e ir a otra reunión similar de las muchas que organizan para figuras importantes, y si no, te quedas a disfrutar del menú cuasi vegano, con bebidas ilimitadas y aperitivos dulces y exóticos.

De las celebridades que deciden quedarse, solo Brad Pitt rompe el récord de aguante. No bebe pero se le ve conversando y saludando a gente que se le acerca como si llevaran años de amistad. A diferencia de Renée, éste se ha colocado en una zona especial con postes separadores, como los de un banco. Hay además varias personas robustas rodeando el lugar y una mujer con voz punzante que dice de vez en cuando a la gente, “es suficiente”.

Pero nunca lo es. Pitt hace que todos los protocolos se rompan. Muchos lo miran y lo graban. Él es una especie de rey de un país muy pequeño que lo encierra a la vez. La pista de baile que ya toman algunos es algo que no conocerá. 

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Hay que decir que la fiesta nunca es igual, dos años atrás, en 2022, el actor Benedict Cumberbatch lo vive como si acabara de ganar un Oscar, aunque solo lo nominaron dos veces y en ambas perdió. Es un Dr. Strange, el hechicero que interpreta en Marvel, que gusta de jugar con los tiempos al festejar por anticipado: levanta las manos, liberado ya de la prisión llamada Covid, y canta: «You are the dancing queen, young and sweet, only seventeen», entregándose a la canción de ABBA.

Foto: Jesús Díaz

Un año después, en 2023, ese estanque incluye a un pez gordo mexicano, el director Guillermo del Toro, que obtuvo el premio por su animación “Pinocho”. “Me gustaron mucho las emociones en el Oscar de este año, retomaron a la parte clásica de estos premios”, me dice sosteniendo su estatuilla, sentado casi en la entrada del lugar, justo enfrente de Steven Spielberg que conversa con Michelle Williams.

Ese año, la fiesta fue doblemente mexicana: sirvieron tacos al pastor. Aunque, hay que decirlo, es el punto menos glamoroso para este pequeño pez del Lago de Texcoco; ya no se diga para ese enorme y entrañable pez nacido cerca del Lago de Chapala que, como sea, no deja de reír con su Oscar en la mano. 

Es tarde ya, el DJ toca las últimas piezas a eso de las 4 am. Las luces se encienden y la mayoría parte sabiendo que al otro día, ese océano impetuoso llamado la vida debe continuar. 

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