

Jesús Díaz
La cineasta mexicana Alejandra Alcalá ha trabajado para dar voz a mujeres refugiadas
Dubái.— ¿Has considerado alguna vez dejar tu trabajo, empacar tu maleta y emprender algo que, aunque pequeño, genere un cambio significativo en el mundo?
Esa «misión de vida» es el sueño de muchos, especialmente de quienes sufren el agobio del ambiente laboral. Pero hay una mujer mexicana, Alejandra Alcalá, que tomó esa decisión en el mejor momento de su carrera profesional, cuando trabajaba en una compañía tecnológica española con un buen salario y sin estrés laboral.
«En realidad, vivía una crisis existencial», reconoce mientras conversamos en el lobby de un hotel cerca de Dubái.
«La verdad, me chocaba estar en estas empresas súper grandes que invierten toneladas de dinero en cosas sin sentido, sin beneficio. Me frustraba tanto ver ese derroche en gente que tiene mucho dinero y solo quiere ostentar, sin pensar en que hay otras realidades».

Alejandra estaba emocionada. Acababa de presentar el proyecto al que se dedicó tras dejar su anterior empleo. Lo expuso frente a cientos de personas que la escucharon atentamente en inglés, con traducción simultánea al árabe. A ellos les habló de lo que le ocurrió en 2018, cuando supo de una asociación dedicada a despertar la imaginación de infantes en situaciones difíciles a través de la lectura.
No era solo leerles libros para olvidar sus realidades, sino analizar las posibilidades de seguir soñando con cambiar su destino; eso implica un apoyo en sus condiciones de vida materiales, pero también las internas: que miren una realidad distinta de la que huyen.
Durante el confinamiento, Alejandra habló de todos estos temas con Asmaa, una mujer de Siria que huyó del conflicto bélico dejándolo todo junto a su familia. Fue a dar a un campo de refugiados ubicado en Jordania, desde donde intercambiaba correos con la mexicana.
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En los mensajes, le contaba cómo fue forzada a casarse cuando no tenía más de 14 años y cómo se le negó la posibilidad de seguir estudiando. Le relató la manera en que huyó de su país dejando todo atrás y cómo, en medio de casas improvisadas, sin conocer su futuro, se aferró a la iniciativa «We love reading» (WLR) para apoyar a esas niñas a su alrededor.
La tarea no era fácil: en el mundo árabe más ortodoxo, las familias son patriarcales; los hombres deciden sobre cada aspecto de la vida de las mujeres, incluidas las niñas. Inculcarles la lectura puede no tener ningún sentido para ellos, puesto que están confinadas a la crianza y el cuidado de los demás. Aún así, Asmaa convenció a los padres más reticentes para que sus hijas acudieran una vez por las tardes a escuchar historias. Les hizo ver que la realidad de sus hijas debía matizarse en comunión, que eso era bueno para todos.

La pregunta central que se hacen las niñas en las lecturas de Asmaa es cómo se ven en 10 años; no desde una perspectiva dramática, sino invitándolas a prever sus pasos pese a las adversidades. No es que con ello todas avanzarán, pero pueden creer que siempre hay algo que aportar, ya no solo para su comunidad, sino a ellas mismas.
LA VOZ DE LOS REFUGIADOS
Alejandra Alcalá viajó a Jordania cuando la pandemia se lo permitió. Lo hizo con cámara en mano para documentar lo que viera, con la esperanza de mostrar fuera de ese lugar la capacidad de resiliencia de un grupo de mujeres, adultas y niñas, en medio de lo incierto.
Lo primero que aprendió fue que no bastan los buenos deseos; hubo que enfrentar una burocracia abrumadora. Varias negativas no solo de las autoridades, sino de las personas mismas. Entonces tuvo una revelación, una epifanía, algo que bien haría a periodistas y documentalistas:
Entendió como nunca que, en este lado del mundo, el que llamamos Occidental, estamos obsesionados con el morbo y el amarillismo; que un poco creemos que todo es un reality show donde tenemos el derecho de invadir la vida de otros. Que si bien los refugiados de Medio Oriente tienen una vida adversa, verlos desde el asistencialismo, desde nuestra burbuja de condescendencia y superioridad, no ayuda. Y ellos lo saben.

Entonces tuvo una nueva misión: no obviar todas las situaciones complicadas, pero sí enfocarse en el lado humano de las personas refugiadas, capturar esos momentos en los que las niñas sonríen, aprenden y se equivocan, mientras aguardan un mejor destino.
«El enfoque mediático sobre los refugiados suele ser tan trágico porque es una realidad, pero también porque eso vende», acusa Alejandra ya en tono serio.
«En ambos lados del mundo debemos de voltear a vernos como alguien no tan diferente. La gente en situaciones complicadas en esta zona del mundo, por ejemplo, nos mira mal porque pareciera que queremos siempre ‘salvarlos’ con nuestra visión del mundo. Nos hace falta confiar unos en otros.«
Y tiene razón. Una de las máximas del periodismo que me transmitió el chileno-argentino Cristian Alarcón, en un taller de narrativa que tomé en Panamá, pero repetida e incontables veces, no siempre con éxito, es que debemos hablar del otro eliminando nuestros prejuicios, sin aires de superioridad, viendo al otro no solo como un ser desvalido, sino completo pese a su condición: «a veces es más válido, ético y elocuente hablar de cómo los pobres ríen y son felices, que mostrarlos en sus momentos de dolor», me dijo Alarcón.
Es algo común en la televisión, donde vemos a una persona en un momento trágico, entre lágrimas y desconsolada, con música de fondo, frente a una cámara que lo muestra así, para conmover a la audiencia. Pero el cuadro es más complejo, esa persona está siendo expuesta para vender. ¿Cómo ir más allá?
«Yo decido ver a través de una luz, porque estas personas tienen una capacidad humana de querer sobreponerse, es algo que no debemos negarles», opina Alejandra.
Alcalá fue una de las cineastas mexicanas más premiadas en 2022 y 2023; su película «The Neighborhood Storyteller», que muestra el trabajo de Asmaa y cómo las niñas enfrentan la vida con sonrisas y lecturas, no solo ha ganado premios en Toronto, Colorado y Ámsterdam, sino que ha generado conversación sobre el tema, tanto en países occidentales como orientales, incluido el afamado Festival Internacional de Cine de Dubái.

«Es importante que busquemos dentro de nosotros, justo como Asmaa, ella transforma la habilidad de leer para empoderar a las niñas, no importa qué tan difícil tu vida pueda ser y las circunstancias que vives, nadie te debe quitar la posibilidad de seguir aprendiendo y perseguir un sueño. De creer en ti misma», dijo Alejandra en una sala repleta.
Alejandra no es conocida en México y no es que le quite el sueño. La historia de Asmaa trascendió; la mujer siria vive ahora en Francia, desde donde continúa su labor. Juntas, aspiran a apoyar a un millón de mujeres, apoyadas por asociaciones civiles globales que promueven su causa.
Ambas, claro, ayudaron a las niñas de su documental que ya salieron del campo de refugiados y a sus familias.
Conócela

Nombre. Alejandra Alcalá
Edad. 32 años.
Nació en Querétaro; vivió también en EU y Australia. Vive desde los 19 años en Barcelona.
Estudió arte, diseño y video en Barcelona.
Fundó junto con su padre HOME Storytellers, productora para apoyar a mujeres globalmente.
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