Heroísmo en tiempos de guerra y Oscar: El viaje de la doctora siria, Amani Ballour

Amani Ballour
Al Ghouta, Syria – Dr Amani amongst rubble / Foto: National Geographic

Jesús Díaz

La médica que salvó cientos de vidas emerge como un faro de coraje y esperanza entre dos realidades contrastantes: el conflicto bélico y Hollywood

El glamour del Oscar, sus alfombras rojas que, vistas en perspectiva, lucen como adoquines de joyería y alta costura, esos personajes inalcanzables salidos de la pantalla. Todo eso, nada tiene que ver con el mundo de la doctora siria Amani Ballour.

A inicios de 2020, alguien le dijo que el documental en donde ella era la figura central, titulado “La cueva” (The Cave), estaba nominado al afamado premio de la Academia de Hollywood. En ese tiempo, ella estaba del lado de la realidad: recuperándose física y emocionalmente del incansable trabajo de rescatar a personas en su país.

La guerra de Siria, que comenzó en 2011 como parte de las protestas de la Primavera Árabe, se transformó en un conflicto armado de múltiples dimensiones entre el Gobierno de ese país y grupos rebeldes, organizaciones yihadistas como el Estado Islámico, y una serie de actores internacionales, incluidos Estados Unidos, Rusia, Irán y Turquía.

Ha sido un conflicto prolongado y devastador, con graves consecuencias humanitarias, incluyendo cientos de miles de muertos y millones de desplazados y refugiados.

Ballour es pediatra. Y hablamos en esa época, primeramente vía Skype, justo cuando acababa de dejar su país para irse a Turquía y, posteriormente, a Francia.

Me contaba de sus pesadillas. Con recursos mínimos, ella atendió a decenas de niños, salvó miles de vidas, pero tuvo que dejar ir a muchas otras. En las noches, me decía, escucha bombardeos que la despiertan y de los que cree asoman temerosos los miles de niños que atendió.

Amani Ballour
Foto: National Geographic

“Tengo muchos malos recuerdos, son pesadillas. Me siento agradecida porque ayudé a muchos niños y eso intento decirme todos los días: ‘hiciste tu mejor esfuerzo’. Pero es duro, no puedo olvidar sus miradas. No puedo, aunque estoy bien”.

El documental en el que participó fue dirigido por Feras Fayyad. El director sirio ya había obtenido una nominación al Óscar en 2017 por “Los últimos hombres de Alepo”, pero no pudo acudir a la ceremonia en esa ocasión porque Estados Unidos le negó la visa. Donald Trump acababa de firmar una Orden Ejecutiva que negaba la entrada a residentes de siete países, incluido el suyo.

LAS VOCES ACALLADAS DE SIRIA

Fayyad se adentró a “La cueva” de mediados de 2016 a marzo de 2018. Decir hospital es casi un eufemismo: el sitio en donde trabajó la doctora Ballour era un sótano que alguna vez sirvió para tratar enfermos de tuberculosis y que recibió decenas de afectados por los bombardeos en Guta, zona oriental de Damasco, Siria.

Amani Ballour
Foto: National Geographic

Ahí la pediatra contó con el apoyo de dos colegas, los doctores Salim y Khalid, quienes la invitaron a dirigir el lugar por dos años: con solo 29 años, se convirtió en la primera y hasta ahora única mujer en encabezar ese sitio.

“Nunca fue fácil. Sufría todo el tiempo, recibíamos cerca de 30 o 40 niños por día. Todos ellos afectados por los bombardeos”. La doctora Ballour remarca eso: esos pequeños nacieron ya en la guerra civil siria, que comenzó el 15 de marzo de 2011, cuando la oposición se sublevó contra el Gobierno de Bashar al-Ásad.

Uno de los recuerdos más difíciles que afrontó, me dijo, fue el ataque químico ocurrido el 4 de abril de 2017 en la localidad de Khan Shaykhun, en la provincia de Idlib, controlada entonces por fuerzas rebeldes. El atentado arrebató la vida oficialmente a al menos 80 personas y dejó heridas a cientos, incluyendo muchas mujeres y niños. Las víctimas presentaron síntomas por agentes neurotóxicos, como el sarín, un gas nervioso letal.

El incidente provocó una condena internacional. Investigaciones realizadas por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) y las Naciones Unidas identificaron al Gobierno sirio como responsable de utilizar armas químicas contra la población civil.

En respuesta, Estados Unidos lanzó un ataque con misiles contra la base aérea de Shayrat, en Siria, señalando que desde esa ubicación se habría llevado a cabo el ataque químico. El Gobierno sirio y sus aliados, incluida Rusia, negaron la responsabilidad, atribuyendo el incidente a los rebeldes o alegando que fue un montaje.

Pero en el campo de batalla todas estas son palabras, la vida real se siente, remarca Ballour.

Nosotros calculamos que más de mil personas murieron por el ataque químico. Recuerdo a muchos en ese momento, y otros. Tengo en mi memoria a un niño de cinco años. Se llama Mahmud. Él resultó herido por una bomba y perdió su brazo, y no entendía nada, solo se despertó después de la operación y se encontró sin brazo. Fue tan difícil”, cuenta.

Foto: National Geographic

“Se despertó y se dio cuenta; sabía que yo era su doctora así que me preguntó: ‘tú eres mi doctora, ¿verdad? Cortaste mi brazo, ¿dónde está?’ Después de ese momento me sentí, por supuesto, sin esperanza y frustrada. No es algo que pueda olvidar fácilmente, es muy duro. En realidad, no puedo explicar lo que sentí y no encontraré a nadie que pueda explicarlo”.

BENDECIDA DE DIOS

Amani es una fiel creyente musulmana.

Asegura que Dios estuvo presente en cada vida que salvó y en las que continuaron su camino. La diferencia con los más ortodoxos en la región en donde creció —esos que la encaraban todos los días por dirigir un hospital en vez de estar en casa cuidando de un hombre e hijos—, es que ella cree que tiene una misión activa de vida.

En el documental se le ve salvando vidas literalmente y de manera simbólica. Se aproxima a una pequeña cuyo padre murió en un atentado y la alienta a tener una misión en la vida: 

— ¿No sabes lo que quieres ser de grande?— le pregunta sin obtener respuesta. 

—¿No lo sabes? Vivimos para poder llegar a ser algo importante. No queremos ser ordinarios—  le dice ilusionándola.

Foto: National Geographic

La pequeña sueña entonces: le responde que quiere ser doctora, como ella, o maestra. Esas fueron las dos únicas profesiones que su padre le permitió estudiar: médica, enfocada en infancias o en mujeres.

El director del documental ha reconocido que buscó enfatizar el poder de la mujer en un mundo dominado por hombres. La doctora Ballour ve el valor de ese “empoderamiento” dentro del filme, aunque puntualiza en los demás discursos: hay muertos y heridos, las noticias que trivializan sobre ellos, gente que no quiere ver.

“Esta película no es sobre el pasado, ¡esto está sucediendo! Lo que espero con esta nominación al Óscar es que mucha gente lo sepa, que se ejerza presión sobre los criminales del régimen sirio y sus aliados. No tengo tantas esperanzas, pero podemos hacer algo sin importar de qué país somos”.

“Esto es real, cuando un niño dice que tiene hambre, ¿puedes imaginar eso? Verlo muy hambriento y no tienes nada o enfermo sin medicina y no tenemos medicinas. Fue muy difícil para mí y a veces me preguntaba cómo podía ayudar de verdad durante este tiempo, pero, sabes, Dios nos ayudó a hacer este trabajo importante”, enfatiza.

— ¿Qué significa entonces para ti esta nominación al Oscar? — le pregunté entonces.

— Pues mucha gente alrededor del mundo no sabe lo que está sucediendo en Siria, puede conocer a Al-Assad, el régimen y sus aliados, sabes, Rusia e Irán. Esta nominación resalta las historias. Para mí, no es una película; es mi realidad, mi historia, mi vida. Este era nuestro objetivo: contar la verdad.

Antes de una pausa de segundos que se sintió eterna, con la que terminaríamos la videollamada, le dije a la doctora Ballour si la vería en la ceremonia de ese año del Oscar. Ella me contó que le habían negado la visa al ser siria, pero que tanto la Academia como el Gobierno francés estaban intentando darle un permiso especial.

En la ceremonia del 9 de febrero de 2020, cuando ya se murmuraba sobre algo llamado Coronavirus en la fiesta posterior a la entrega, vi a una mujer musulmana a la distancia y creí reconocerla.

Foto: Jesús Díaz

— ¿Dra. Ballour, me recuerda? Hablamos hace unos días. Veo que consiguió su visa.— le pregunté ya de cerca, en el mismo salón en el que comían Brad Pitt y Renée Zellweger.

— ¡Claro! Aquí estamos. No ganamos, pero se logró.

Un paso de esperanza.— dije imprudentemente.

Creo que no hay esperanza pronto, pero a largo plazo sí. Yo creo que se hará justicia.

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