

Si buscamos en la historia de cada uno de nuestros estados y municipios encontraremos a mujeres que han logado marcar la diferencia, como Josefa y María Coahuilenses que hicieron historia
El 8 de marzo ha tomado cada vez mayor fuerza entre las mujeres de nuestro país, un día en el que se conmemora la lucha por la reivindicación de sus derechos, pero también un día en el que conmemoramos a aquellas mujeres que han dejado huella, cada una en el ámbito en que se desarrolló.
Quizá si hablamos de mujeres importantes de la historia en México ubiques a Josefa Ortiz, Frida Kahlo, Remedios Varo y Olimpia Corral, o si hablamos de Coahuila pensarás en Leona Vicario, pero ¿alguna vez oíste hablar de Josepha Báez Treviño o María Ignacia de Azlor y Echeverz? Hoy te hablaremos de estas dos mujeres, que en su entorno fueron importantes y contribuyeron al desarrollo de lo que hoy es Coahuila.
Josepha Báez Treviño
Josepha Báez Treviño, conocida en el Saltillo antiguo como “Doña Josepha”, fue nieta del famoso comerciante Santos Rojo de la Villa de Santiago del Saltillo. Su familia fue de las primeras en asentarse en la región y de las que contribuyó en la formación de la identidad religiosa en torno a la adoración de la imagen del Santo Cristo de la Capilla; una imagen que, hasta la fecha, es venerada y tiene la fiesta más grande e importante del catolicismo saltillense.
Josepha Báez Treviño nació en Monterrey, pero vivió por más de cincuenta años en la Villa de Santiago de Saltillo donde vivió su abuelo, se casó con Bartolomé de Lizarraras e hizo su vida, familia y amigos en Saltillo.
Mujer ejemplar del Saltillo antiguo
En 1743, Doña Josepha le pidió permiso al Obispo Gómez de Parada para fundar la Cofradía del Santo Cristo de la Capilla, imagen que para entonces ya era muy venerada pero no contaba con una cofradía propia que se hiciera cargo de su mantenimiento y cuidado, así como de la organización de una fiesta especialmente dedicada a la imagen.

Para la fundación, Josepha donó parte de su herencia (85 pesos y varias joyas), organizó a los vecinos de la Villa y del pueblo para comenzar los trabajos dentro de la cofradía y fungió como mayordoma durante 20 años.
Durante esos años logró que la cofradía creciera de tal manera que personas de otros lugares lejanos empezaron a inscribirse y la imagen fue reconocida más allá de Saltillo. Además, debido al ejemplo que ella estaba dejando en la sociedad saltillense de ese entonces, fue madrina de más de 10 niños. Quizá esto no parezca relevante ahora, pero hablando de una sociedad donde lo más importante era la práctica de la religión, esto era una gran responsabilidad, dado que los padrinos son quienes instruyen a los niños en la fe católica, que la gente buscara a Josepha como madrina de sus hijos, era algo de gran importancia.
Al morir, Josepha dejó gran parte de sus bienes a la Iglesia y a la cofradía del Santo Cristo. Por todo el trabajo que ella realizó, dejó huella en los saltillenses y gente de otros lares durante el siglo XVI.
María Ignacia de Azlor y Echeverz

Nació en la Villa de San Francisco de los Patos (General Cepeda) en 1715, era hija de Joseph de Azlor y Virto de Vera, quien gobernó Coahuila y Texas. Su madre era Ignacia Javiera de Echeverz de quien María Ignacia ya traía un gran ejemplo de lo que era ser una mujer poderosa.
Ignacia Javiera de Echeverz fue la única heredera de Agustín de Echervez y Subiza, el primer Marqués de Aguayo y Santa Olalla; así María Ignacia se convirtió en una de las mujeres más poderosas del norte de Nueva España, pues al morir su madre heredó minas, ranchos, poblados y haciendas en Zacatecas y Coahuila.
Empresaria y pionera de la educación de mujeres
María Ignacia fundó la primera empresa comercial productora de vinos en Santa María de las Parras.
Cuando murieron sus padres ella tenía apenas 21 años y decidió que se ordenaría como monja. En 1742 ingresó al Convento de la Enseñanza en Navarra y después de ordenarse como monja regresó a Nueva España para fundar un colegio para niñas en Durango, tarea que no culminó por falta de apoyo de las autoridades y celos de otros conventos locales.

Pese a esto, María Ignacia no se rindió y logró fundar el convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza y Escuela de María, en lo que ahora es la calle de Donceles, en la Ciudad de México. Por muchos años la recordaron como una aristócrata que luchó y se preocupó por la educación de las niñas en Nueva España.
Ambas mujeres marcaron una diferencia, cada una desde el ámbito en que se desarrollaron, demostrando que desde el inicio siempre ha habido mujeres trabajadoras, capaces de mover mundos enteros si así se lo proponen.
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