Orson Welles, frente al tuit fácil y  la paciencia perdida del periodismo 

CITIZEN KANE, Orson Welles, 1941, astride stacks of newspaper

Jesús Díaz

A 111 años de su nacimiento, el realizador sigue dando una lección en la era del tuit fácil. Ninguna persona puede entenderse sólo por una frase, un escándalo o su momento viral

Quienes estudiamos periodismo escuchamos alguna vez su nombre en voz de algún maestro intenso, y supimos, claro, de su importancia no sólo en la cinematografía sino en el nuestro futuro oficio. Esta semana, Orson Welles cumpliría 111 años.

Nació el 6 de mayo de 1915 y nos dejó el 10 de octubre de 1985, pero para nosotros, los que soñábamos con contar otras realidades en periódicos o revistas, lo inmortalizamos desde sus 25 años. Cuando, en 1941, debutó como director de largometrajes con El ciudadano Kane, una de las películas más importantes de la historia.

Supimos que era un genio en lo técnico, más de un profe de apreciación cinematográfica nos presumió sus encuadres con la cámara. Pero además que fue quien nos mostró para siempre una manera distinta de narrar la vida, aportando un arsenal de lecciones que incluso hoy usamos mucho quienes trabajamos en las redacciones.

Estrenada en 1941, El ciudadano Kane obtuvo nueve nominaciones al Oscar y sorprendentemente ganó solo una, la de Guión original, compartida por Welles y Herman J. Mankiewicz. La historia arranca con la muerte de Charles Foster Kane, un magnate dueño de periódicos, medio político frustrado quien literalmente “exhala su último aliento” y pronuncia una palabra: “Rosebud”.

Nadie sabe qué significa y habrá que averiguarlo. A partir de ahí, a un reportero le encargan averiguar ese misterio por lo que busca archivos, entrevista a quienes lo conocieron y revisa varias etapas de su vida. Siempre bajo esa ilusión de que en un solo dato escondido estará la explicación de la vida de todo un hombre.

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Así entramos a la vida Kane por fragmentos al ver un hecho traumático de la infancia, su crecimiento y ascenso económico, hasta llegar a su ambición política, sus matrimonios fallidos y, claro, la vejez encerrada en Xanadú, su mansión llena de objetos. Y cada etapa nos llega filtrada por alguien más, Kane se construye desde otros recuerdos y resentimientos, dejando muchos huecos a su paso.

La idea de Welles, se sabe, fue construir su personaje a partir de testimonios que no coinciden en quién era, que recuerdan una parte de su vida y siempre la deforman. Como el amigo que habla desde la traición, o la esposa desde el desgaste. O el administrador que se fija en lo factual. O el empleado que le sigue siendo fiel. 

El reportero escucha, pregunta y ordena todo ello pero, esto es importante, nunca consigue tener por completo una historia. 

Welles y su obra echó abajo nuestra fantasía de creer que investigar equivale a explicar a alguien por completo. Su reportero busca el significado de “Rosebud” como una llave maestra de su vida, pero lo que encuentra son distintas versiones del magnate.

Es algo que muchos lectores intuyen, y por eso cada vez más despreciar al periodista inalcanzable. Al final del camino del periodismo no somos héroes o personas omnipresentes, sino gente que se esfuerza por mostrar verdades a medias… Aunque, bueno, el menos nos esforzamos por hacerlo.

LA NECESIDAD DE NARRAR AL OTRO

La idea de que el periodismo exista es importantísima hoy en día, cuando nos enfrentamos a tuits explosivos de políticos, etc, y también a enemigos “pseudoperiodistas” dentro de la redacciones del llamado “periodismo digital” o de “métricas”.

Hoy, el reportero de Welles no tendría el tiempo de hacer ni la mitad de lo que hacía en los 40. Las redacciones viven a toda prisa, buscan titulares pegajosos y atractivos para Google, o hasta la IA, piensan en lo viral y en la necesidad de explicar todo en tres párrafos, o llenar de paja textos para “acumular retención”, así no se diga nada en ellos.

La paciencia ya no existe en el oficio, o al menos se castiga. Y, por lo mismo, es cada vez más complicado entender, por ejemplo, a una figura pública desde su complejidad. Podría decirse que hoy todos nos quedamos con la versión de ese magnate que más nos convenga: si era cruel, bueno, malo… Depende de nuestra posición, de lo que nos diga el algoritmo, de nuestra burbuja ideológica o, peor, de la soberbia y la ignorancia. 

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En su momento, Welles nos lanzó una pregunta bien directa: ¿cómo diablos vamos a conocer a alguien que pasó buena parte de su vida fabricando la versión de sí mismo?

Y a los jóvenes que todavía tienen ímpetu, y que no han sido absorbidos por influencers o videos cortos, ya no digamos la IA, se les insta todavía, casi hasta la necedad, a que piensen en la forma en la que miran a estas figuras públicas: ¿desde qué testimonio queremos hablar de ellos? ¿Qué versión de la realidad queremos plasmar?

A su forma de narrar, Welles la bautizó como prismática, porque, decía, cada versión ilumina una faceta de Kane y deja otra en la sombra. ¿Qué queremos dejar a la sombra? 

Hoy, por ejemplo, a los estudiantes de periodismo y a las redacciones se les habla más de “entidades”. Es decir, de los que “influyen” y pueden mejorar los tiempos de lectura y atraer clicks a un portal o redes. Pero no se les explica, ni habría por qué hacerlo, piensan algunos, por qué es importante mirar al otro desde el rigor.

Es decir, en las juntas de las redacciones cada vez se pregunta menos “¿qué sabemos de esto?” por el: “¿cómo hacemos que esto se mueva?”. Y claro que las herramientas digitales pueden ser maravillosas, nos pueden ayudar a verificar y rastrear, pero visto así estamos en una época en la que el propio periodismo se confunde con otra cosa y se desdibuja. 

LA IMPORTANCIA DE LA FORMA Y EL FONDO

Godfrey Cheshire, director de cine y crítico, dice que buena parte del éxito de El ciudadano Kane viene… de la radio.

Welles ya había aprendido a narrar con pausas, silencios, interrupciones y varias capas sonoras. Es bien conocida la historia de cómo paralizó a parte de Estados Unidos, en 1938, durante una extraordinaria lectura que hizo de la novela La guerra de los mundos en la radio. Se sabe que causó pánico y caos entre algunos oyentes que sintonizaron su lectura pensando que era una noticia real. 

Lo mismo logró con la imagen; en su película lo hizo con imágenes, diálogos y recuerdos que acompañan a ese falso noticiario. El fotógrafo Gregg Toland explicó que tuvieron que construir sets con techos reales y usar ángulos bajísimos para lograr su ya mítica profundidad de campo en la cinta, con la idea de que el espacio dijera algo.

Podemos ver, por ejemplo, en un mismo encuadre al niño Kane jugando en la nieve afuera, mientras adentro los adultos negocian algo que lo marcará de por vida. Es algo que el periodismo suele darnos la “perspectiva”. Es decir, cuando decidimos cómo abrir un texto, con qué documento lo respaldaremos o desde dónde cortaremos una cita. 

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Es un montaje quirúrgico que pocos lectores advierten. Y que requiere pericia, trabajo en equipo y paciencia antes de la publicación. 

La lección de Welles, me parece, sigue siendo la misma y se mira más potente: los periodistas, especialmente los jóvenes, deben aprender a entender el poder desde distintos ángulos entendiendo que jamás un elemento nos puede dar el cuadro completo.

Hoy es facilísimo quedar atrapado en el tuit de Donald Trump, buscar el video viral o la historia de los más desafortunados. Tener clicks y emocionarnos con esa inmediatez. Pero Welles diría que nos alejemos de la salida fácil y demos  herramientas a los espectadores y lectores sabiendo contar la historia en su prisma. La base sigue siendo la misma: debemos desconfiar de la explicación única y contar desde muchos ángulos, sin pretender decirlo todo. “Rosebud”, se sabe al final, revela una herida de Kane,  pero no nos muestra todo. 

Al menos sería bueno tener eso en cuenta cuando veamos el próximo tuit del político, de la celebridad, del gobierno en turno, de la propaganda de Estados Unidos o cualquier otro país; no se diga del influencer manipulador o el “pseudioperiodista” youtubero. 

Por lo demás, gracias, Welles, y que viva el periodismo.

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