
Jesús Díaz
Una escena inventada en las protestas parisinas revela una amenaza que va más allá de la desinformación, la de terminar creyendo que algo no ocurrió o negando el sufrimiento de quienes viven en desigualdad

La Pantera Rosa corre por una calle de París mientras un camión de la policía dispara un cañón de agua a sus espaldas.
El pavimento está mojado y una nube de humo se levanta entre los edificios. Todo se ve gris, salvo el personaje rosado que avanza con una determinación impropia de su habitual torpeza. Hay algo cómico en la escena, pero mucho de heroico. Como si, después de décadas burlándose de policías y autoridades, hubiera encontrado por fin una causa que mereciera la pena.
Es una fotografía extraordinaria.
En redes sociales hubo quien pidió que le concedieran el World Press Photo. El caricaturista mexicano Rapé compartió otra de las imágenes de la serie con un comentario: “La foto perfecta. No es IA”. Muchos elogiaron su composición, otros celebraron la actitud desafiante del personaje. Incluso hubo quienes imaginaron que podría convertirse en símbolo de las protestas francesas.
Confieso que entiendo la fascinación y que caí en ella.
La imagen consigue algo que persiguen muchos fotógrafos: contar una historia completa en una fracción de segundo. Ahí se ve el poder, la rebeldía y un protagonista al que resulta difícil no tomarle simpatía. Tiene además la ventaja de que no necesitamos saber demasiado sobre Francia para decidir de qué lado estamos.
Pero quiero pensar que, a estas alturas, usted ya sabe que nadie tomó esa fotografía.
La Pantera Rosa nunca estuvo en aquellas manifestaciones. La escena fue creada con inteligencia artificial y circuló como si documentara las protestas de octubre de 2026, incluso entre gente prominente y uno que otro medio despistado.

Y es que la fotografía cumple tantas funciones. En 1980, el semiólogo francés Roland Barthes buscó comprender qué hacía singular a esta forma de expresión documental y artística. En La cámara lúcida habló de cómo, cuando observamos una fotografía tradicional, sabemos que algo estuvo delante de la cámara. Aun sin contexto, sin importar si la escena fue preparada o el encuadre nos engaña, armamos toda una historia sobre eso que vemos detenido en el tiempo.
Y ver a esa Pantera Rosa nos daba todo eso. Habría que aclarar que, para quienes nos sentimos decepcionados, hay un premio de consolación: varias imágenes de la serie fueron construidas a partir de fotografías verdaderas. La del cañón de agua se rastreó hasta una protesta en Nairobi, Kenia, en junio de 2025. Otra, en la que el personaje desafía a la policía, reutilizó una escena captada diez años antes en Armenia. También sirvieron de base fotografías de manifestaciones en Grecia y de una actuación policial durante las celebraciones del PSG en París.
Los edificios, los agentes y la tensión de aquellas escenas sí vienen de imágenes reales, pero la inteligencia artificial los trasladó de tiempo y lugar, introdujo a un personaje animado y produjo una historia alternativa.
CÓMO ELEGIMOS NUESTRAS HISTORIAS
Y, lo más importante para mí, las manifestaciones francesas sí son reales. Comenzaron con reclamos estudiantiles por la falta de personal y recursos educativos y se extendieron a otras demandas sociales. El 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles. Hubo movilizaciones pacíficas y también varios episodios de violencia, saqueos, incendios y enfrentamientos con la policía.
Y no solo vimos eso o a una Pantera Rosa. Otra fotografía mostró en X a una pareja de ancianos semidesnudos, supuestamente despojados de sus pertenencias por manifestantes en París. Y claro que daba coraje. No importa si apoyabas a la Pantera Rosa: ¡qué coraje que despojen a unos viejitos indefensos!
Y sí, también fue una imagen generada con IA.
El relato venía, nuevamente, de una realidad, aunque esta vez mucho más difusa. Un periodista francés había mencionado una presunta agresión contra una pareja de unos 80 años, a partir de una fuente policial. La fotografía viral no documentaba ese supuesto episodio y la fiscalía de París informó que, hasta el 20 de octubre, no había localizado una denuncia correspondiente.
No sabemos qué pretendían quienes generaron esas imágenes, pero sí que pueden engañarnos y tocar fibras sensibles. Influyen en nuestra manera de opinar, de reaccionar y de formarnos una idea de lo que ocurre.
Susan Sontag llegó a una preocupación semejante en Ante el dolor de los demás, publicado en 2003, donde regresa a una pregunta de Virginia Woolf: ¿podemos mirar las mismas fotografías de guerra y experimentar todos el mismo horror? La respuesta de la escritora es que ante el sufrimiento ajeno no siempre hay un “nosotros”.
Es decir, una fotografía que para alguien denuncia una injusticia puede confirmar, para otro, la peligrosidad de sus adversarios. En Francia, estas dos imágenes artificiales nos invitaron a confundirnos todavía más.
Y es que hay una cierta comodidad tentadora en aceptar la imagen que mejor confirma nuestra impresión del mundo, porque nos ahorra preguntas. No necesitamos averiguar quién la tomó, cuándo, dónde ni qué ocurrió antes. Nos basta con reconocer algo que esperábamos encontrar y decir: “Mira, te dije”.
A veces, ni siquiera hace falta fabricar la escena. Un video auténtico de vendedores ambulantes en la Gran Vía de Madrid circuló como prueba de supuestos saqueos en Francia. La organización Maldita encontró versiones difundidas en al menos trece idiomas.
Es un truco viejo. Sea con IA o sin ella, las imágenes que vemos en redes y medios pueden ser manipuladas o sacadas de contexto. Y eso debemos tenerlo en cuenta siempre.

LA PARTE QUE NO VEMOS
En agosto de 2025, el Ministerio de Exteriores de Israel difundió videos de mercados abastecidos, puestos de comida y establecimientos abiertos en Gaza. Sí, se veía una Gaza tranquila, donde se vendía café, con alimentos en los mostradores, frutas y productos a la venta.
Los mensajes buscaban, en gran medida, desmentir la gravedad del hambre en esa región. Y sí, una investigación de The Washington Post reconstruyó la procedencia de algunas grabaciones y confirmó que habían sido tomadas en Gaza, aunque las publicaciones originales también advertían sobre precios extraordinariamente altos, inalcanzables para muchas familias.
El gobierno israelí también pagó para promover mensajes sobre la disponibilidad de alimentos en YouTube. Las imágenes mostraban una parte de Gaza, pero dejaban fuera otras condiciones mucho más graves de la vida en ese territorio.
Sontag escribió justo una frase que convendría tener presente cada vez que una fotografía parece explicarnos, como en estas ocasiones, un conflicto entero: “Fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir”.
Es decir, las imágenes pueden ser verdaderas y, al mismo tiempo, insuficientes. La idea de Sontag no era desconfiar de cualquier fotografía, sino cuestionar nuestra relación moral con quienes aparecen en ella. Pensemos en lo que sentimos cuando observamos el dolor desde una distancia segura. ¿Qué responsabilidad nace de haberlo visto?
Con IA o sin ella, estamos habituados a consumir la violencia ajena en pantallitas mientras vamos en el transporte.
Sontag desconfiaba ya de la idea de que contemplar fotografías atroces bastara para comprender una guerra, porque una imagen puede conmover profundamente y aun así dejarnos sin respuestas sobre las causas de lo que estamos viendo. En otras palabras, las fotografías nos afectan, aunque comprender algo profundo exige un esfuerzo mucho mayor.
Tan solo en mayo pasado, la escritora palestina Eman Abu Zayed describió en Al Jazeera la aparición de cafés y restaurantes en un territorio devastado. Pero también había observado la destrucción, las desigualdades y las dificultades cotidianas de una población cuya vida no podía resumirse en unas mesas con café.
Los análisis internacionales continúan advirtiendo de una inseguridad alimentaria grave en Gaza. El IPC proyectó que más de 1.4 millones de personas enfrentarían niveles de crisis o peores hacia finales de 2026.
Acá lo importante es que no nos centremos en encontrar la fotografía correcta para nuestra postura, sino que nos demos tiempo de averiguar qué podemos afirmar legítimamente a partir de ella.
Durante la guerra de Gaza han circulado acusaciones de que imágenes auténticas de víctimas eran montajes o creaciones de inteligencia artificial. En diciembre de 2025, AFP verificó que un video de niños aparentemente atrapados por inundaciones en Gaza había sido generado con IA.
Pero sí preguntémonos: ¿a quién beneficia esa confusión? A veces, tanta falsedad puede favorer a quienes necesitan sembrar dudas sobre lo que sí ocurre en la vida real.
LA VENTAJA DE NEGAR
En marzo de 2022, cuando la invasión rusa de Ucrania llevaba menos de un mes, apareció un video en el que Volodímir Zelenski aparentemente ordenaba a sus soldados deponer las armas. Y, bueno, de nuevo una falsificación. Su imagen y su voz fueron manipuladas en una grabación que llegó a circular por los sistemas de una televisión ucraniana afectados por un ataque informático. Zelenski tuvo que responder con otro video para desmentir su propia rendición.
La falsificación era poco convincente y fue desacreditada rápidamente. Pero el caso nos lleva a una idea inquietante que los juristas Robert Chesney y Danielle Citron llamaron el beneficio del mentiroso: cuando sabemos que es posible fabricar imágenes y videos, también podemos empezar a desconfiar de los verdaderos. Incluso alguien podría negar una prueba auténtica asegurando que fue creada con IA.
No significa que todas esas negaciones funcionen, pero sí que existe una nueva forma de poner en duda lo que tenemos frente a los ojos.
Por eso la organización WITNESS, dedicada a la documentación audiovisual de abusos, lleva años advirtiendo que la respuesta no consiste en sospechar de todo, sino en fortalecer la procedencia de las imágenes y la capacidad de verificarlas.
No basta preguntar si algo parece verdadero. Hay que investigar quién obtuvo el material, cuándo, dónde y qué transformaciones sufrió después. Es una tarea menos espectacular que generar una fotografía asombrosa. También mucho más lenta.
Por eso, cuando vuelvo a observar la Pantera Rosa, me sigue pareciendo una imagen extraordinaria. Y lo que me inquieta no es que las personas dejen de distinguir para siempre la verdad de la mentira. Eso supondría olvidar que seguimos teniendo periodistas, testigos, archivos, investigaciones y maneras de contrastar información. Lo preocupante es que la tarea de establecer lo sucedido se vuelva cada vez más difícil, especialmente cuando una parte de la sociedad tiene razones para preferir otra versión.
En una guerra, la disputa por las imágenes no reemplaza las bombas, las privaciones ni la muerte, pero puede influir en la manera en que otros países comprenden esos hechos, en su disposición a exigir responsabilidades y en la credibilidad que conceden a quienes los padecen.
Y bueno, así es: la Pantera Rosa nunca corrió por las calles de París huyendo de aquel cañón de agua. Pero la realidad no depende de que una fotografía consiga convencernos. Las personas heridas siguen heridas aunque desconfiemos de sus imágenes. Los muertos no recuperan la vida porque alguien ponga en duda el registro de sus cuerpos. Tampoco desaparece el hambre porque una cámara encuentre una mesa servida.
Pero nuestra capacidad para reconocer esos hechos sí depende, en parte, de los testimonios que decidimos examinar, contrastar y conservar. Y ahí, nuevamente y con perdón, el periodismo sigue estando muy por encima de cualquier influencer, red o tendencia viral.
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