Avengers Endgame volvió al cine ¿qué parte de nosotros quedó en 2019?

Jesús Díaz

Disponible en streaming y con un final que millones conocen, la película volvió al número uno en México. Su reestreno abre una pregunta sobre nostalgia, pandemia y nuestra necesidad de regresar a un mundo anterior.

El Capitán América está solo. Frente a él se encuentra Thanos y, detrás, un ejército que parece interminable. Todo va mal: su escudo está roto, la mitad de la humanidad lleva cinco años desaparecida. 

Entonces una voz aparece en el comunicador. “On your left”. 

A unos metros comienza a dibujarse un círculo de luz anaranjada. De un portal salen Black Panther, Shuri y Okoye. Después se abre otro. Y otro…. Y ahí están: regresan Spider-Man, Doctor Strange, los Guardianes de la Galaxia, los guerreros de Wakanda y muchos de los personajes que se habían esfumado.

Esa humanidad perdida está volviendo. Y antes de que todos terminen siquiera de aparecer, la sala de cine estalla. Se escuchan gritos, aplausos y voces que apenas dejan oír la película de Avengers: Endgame, todo un fenómeno cultural contemporáneo. 

La imagen de un teléfono tiembla porque quien graba también parece emocionado. Cientos de desconocidos están sentados unos junto a otros y durante algunos segundos reaccionan como si se conocieran. Es abril de 2019.

En México, Avengers: Endgame terminaría llevando a los cines a 24.8 millones de personas y recaudaría mil 474 millones de pesos. Nadie dentro de aquellas salas sabía que el siguiente giro de la trama ocurriría fuera de esa sala.

Meses después, esos videos de espectadores gritando durante Endgame comenzaron a circular otra vez. Una y otra vez. Pero ahora vistos por espectadores desde una computadora o en un teléfono, encerrados en su casa. Era 2020.

Lo miraban personas que llevaban días, quizá semanas, encerradas. Temían enfermar. Temían que enfermaran sus padres, su pareja o sus hijos. Temían a la muerte real, porque durante aquellos meses la muerte había dejado de ser una posibilidad remota y aparecía cada mañana convertida en cifras de contagios, hospitales saturados y personas que ya no estaban. Era el terror visto en cada noticiero; al cruzar la puerta.

Y frente a ella había una escena que de pronto parecía pertenecer a otro mundo. Cientos de desconocidos apretados dentro de una sala cerrada, riendo, gritando y respirando el mismo aire. Era como si la fantasía estuviera, de hecho, en ese mundo imposible de una sala atiborrada de personas desconocidas disfrutando el mismo espacio, divirtiéndose en compañía.

Kevin Feige, presidente de Marvel Studios, contó después que aquel video de las primeras funciones de Endgame volvió a hacerse viral al inicio de la pandemia. Para él había adquirido otro significado porque ya no recordaba únicamente el éxito de una películaa, sino que mostraba lo que se sentía estar rodeado de otras personas, algo que se había convertido también en la esperanza de que algún día sería posible volver a compartir una experiencia así.

Había además una coincidencia extraña. Si se piensa, aquella gente confinada estaba mirando una película sobre una humanidad que había sufrido una desaparición masiva, había pasado cinco años intentando acostumbrarse a la pérdida y buscaba desesperadamente recuperar aquello que tenía antes.

Nosotros también queríamos volver a una forma de vivir. Acá, claro, no hacía falta derrotar a Thanos. Era un rival invisible, el Covid, que nos impedía hacer lo cotidiano. Nos bastaba con regresar al trabajo, llevar a los niños a la escuela, abrazar a alguien, entrar a un restaurante, viajar o sentarnos nuevamente junto a desconocidos frente a una pantalla.

Han pasado siete años desde aquella primera función y seis desde el confinamiento. Y hace dos semanas Endgame regresó a las salas mexicanas.

Y volvió al primer lugar. Entre el 24 y el 27 de septiembre, 851 mil 390 personas compraron un boleto para verla. Otra película conocida, Cars, estrenada originalmente en 2006, llevó a otras 236 mil 780 y ocupó el tercer sitio de la taquilla nacional.

Ahora, todos podemos ver Endgame en casa. Ahú en Disney+. La cinta puede detenerse, adelantarse, repetirse. La gran mayoría ya conocen los personajes, saben cuándo aparecerán los portales y saben quién morirá. Cómo acabará todo.  

Entonces, ¿qué fueron a buscar esas personas hace unos dias en los cines? ¿Solo se trata de “nostalgia”?

EL TIEMPO QUE QUEDÓ DEL OTRO LADO

Siete años no parecen demasiado tiempo. Salvo cuando en medio cabe una pandemia. Durante los primeros meses de 2020 cambió incluso algo tan elemental como nuestra percepción de los días.

El editor estadounidense Adam Shatz escribió desde Nueva York en abril de aquel año que había perdido la cuenta del tiempo desde que inició su cuarentena. Se preguntaba si era lunes o martes y, enseguida, si realmente importaba. En realidad, en esas épocas lo que más se contaban, lamentablemente, eran muertos.

Eso se estudió después. Investigadores de la Universidad de California en Irvine siguieron a una muestra nacional de 5 mil 661 personas en Estados Unidos durante los primeros seis meses de la pandemia. Más de 65% reportó experiencias como sentir que los días laborales y los fines de semana se confundían o incertidumbre sobre el futuro. Aproximadamente la mitad dijo que el tiempo parecía acelerarse o ralentizarse.

Ese fenómeno tiene un nombre: desintegración temporal. Y  no es tanto que el reloj dejara de avanzar o algo así cuántico. Más bien, se altera la manera en que conectamos el pasado, el presente y el futuro cuando una experiencia prolongada de estrés rompe las rutinas con las que normalmente ordenamos nuestra vida.

Otro grupo de investigadores, esta vez desde la filosofía y la fenomenología, encontró incluso una expresión más cercana a la manera en que muchas personas recuerdan esos meses: una “ruptura temporal”. En los testimonios que analizaron aparecía una división marcada entre el tiempo anterior a la pandemia y el tiempo posterior, acompañada por la sensación de que la vida había quedado suspendida.

Por eso 2019 puede sentirse bastante más lejos que otros años situados a la misma distancia. Y, sí, ese año en México había también violencia, desigualdad, incertidumbre política y problemas económicos. Cada persona tenía además su propio desastre privado, no es que no hubiera deudas, enfermedades, empleos que odiaban, matrimonios que empezaba a romperse.

Pero éramos personas que, obviamente, no sabíamos el reto que tendríamos enfrente. 

En 2001, la académica Svetlana Boym propuso en The Future of Nostalgia distinguir entre dos maneras de mirar hacia atrás. Una intenta reconstruir el pasado como un hogar perdido y termina tratándolo como si hubiera sido perfecto. La otra, que llamó nostalgia reflexiva, reconoce que el regreso es imposible y se detiene precisamente en la distancia entre lo que fue y lo que ahora recordamos.

Y quizás esa segunda idea, de un pasado que no volverá a ser, sirve para entender algo de quienes vuelven a Endgame. Es claro que nadie en su sano juicio creería  realmente que comprando un boleto pueda regresar a abril de 2019. La sala se parece y la película, pues es la misma. Ese portal se abre en el mismo segundo.

Pero, si se mira con detalle, quien ocupa la butaca ya sabe lo que ocurrió después, no en la historia de los Vengadores, en la de la humanidad.

Boym sostenía que esa nostalgia reflexiva puede mirar el pasado con afecto sin convertirlo en verdad absoluta. Está interesada en la memoria y también en sus grietas.

¿Por qué ocurre esto? En cinco estudios con más de mil participantes, investigadores de la Universidad de Southampton observaron que la nostalgia fortalecía la llamada “continuidad del yo”, esto es, la sensación de que la persona que fui, la que soy y la que imagino ser forman parte de una misma historia. El mecanismo principal no consistía en creer que uno nunca había cambiado, sino que es mejor construir una narración capaz de conectar esos cambios.

Me explico. Una película no guarda únicamente su argumento, sino dónde estábamos nosotros cuando la vimos, o con quién. La edad que teníamos, en qué trabajábamos. Quién estaba todavía en nuestras vidas. Y cuando volvemos a ella, ocurren dos películas al mismo tiempo: esa que hicieron los directores y la que nosotros hemos ido colocando alrededor de ella.

EXTRAÑAR COMO FORMA DE COMPAÑÍA

Es un hecho que la nostalgia aumentó durante el confinamiento y no se trató únicamente de una impresión. Hay estudios, uno analizó 213 mil 464 canciones escuchadas en Spotify entre 2019 y 2021 y encontró que, cuando disminuía el contacto social, aumentaba el consumo de música antigua. 

Los investigadores utilizaron una expresión sencilla para eso: “nostalgia pandémica”.

Es decir, frente al aislamiento, muchas personas empezamos a recurrir con mayor frecuencia a canciones que las conectaban con recuerdos de otras épocas. La música ocupó el primer lugar entre los medios nostálgicos mencionados en investigaciones de ese periodo, luego aparecían películas y series.

La nostalgia si se le mira con una definición menos técnicas es una suerte de puente. Y ese puente parece haberse vuelto especialmente atractivo durante unos años en que demasiadas cosas cambiaron demasiado rápido.

Todos sabemos ahora que después del confinamiento llegaron nuevas formas de trabajo (se privileged el home office luego no tanto), la educación a distancia, las juntas por zoom (ya no hay por qué vernos las caras de frente), una transformación acelerada de las redes sociales con el dominio del video corto, las guerras con consecuencias económicas globales,la  inflación y una tecnología que pocos años antes parecía ciencia ficción, como la de la inteligencia artificial.  Eso de ser capaces de conversar, redactar, traducir, fabricar imágenes o imitar voces desde un teléfono no era posible en 2019 de ese modo.

Y no es que toda esa transformación haya sido necesariamente mala en todos los casos, lo que pasa es que fue muy rápida.  Y ahí aparece otra parte de nuestra relación con lo viejo.

En 2021, el ensayista estadounidense Grafton Tanner publicó The Hours Have Lost Their Clock, un libro dedicado precisamente al auge contemporáneo de la nostalgia. Para Tanner, ésta adquiere fuerza cuando el presente se vuelve inestable y funciona tanto como consecuencia de esa inestabilidad como defensa frente a ella.

Por eso funcionan los remakes, series recuperadas y las viejas imágenes que reaparecen cuando el futuro deja de sentirse confiable.

Vivimos entonces dentro de una contradicción curiosa porque nunca habíamos tenido tanto acceso al pasado pero quizá nunca habíamos tenido tantas formas de venderlo otra vez en películas antiguas que regresan a cartelera, en videojuegos que se remasterizan o esas viejas consolas viejas que se restauran.

O las giras de bandas que vuelven a reunirse. Los discos de vinilo llevan años aumentando sus ventas. Y qué decir de esos personajes de nuestra infancia continúan produciendo nuevas historias décadas después. O las convenciones de quienes les dieron voz. 

Y es algo reconfortante esa pausa que ofrece el pasado, esa consola viaja que no nos pide actualizaciones, ni dinero, ni conexión al mundo voraz. O esa película con el Cap que siempre dirá el mismo diálogo y comenzará, siempre también, a salvar a la humanidad. Y si (spoiler) Tony Stark volverá a morir, pero esa dolor no viene de lo inesperado, sino de un lugar que ya habitamos.

Y ahora tenemos otros superhéroes. En la taquilla pospandémica, nadie le gana a Spider-Man (No Way Home recaudó mil 921 millones de dólares en 2021 y Brand New Day ya ronda los 2 mil 500 millones). Vendrán otras batallas. Avengers: Doomsday, la primera cinta de los Avengers desde Endgame, llegará a los cines el 18 de diciembre de 2026.

Pero, sobre todo, nos seguimos teniendo. Así que disfrutemos 2026, y los años que vengan, sus películas y, en especial, a nosotros como especie.

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