Millennials: estudiar, trabajar, prosperar la fórmula que terminó en culpa

Jesús Díaz

Toda una generación creció creyendo que el esfuerzo abriría el camino, pero cuando la realidad no respondió, la meritocracia, la autoayuda y la manifestación volvieron a culparlo como individuo e ignorar todo lo que también dificulta que avance

El sábado pasado, mientras algunas personas esperaban el resultado de sus estudios médicos, buscaban trabajo o hacían cuentas para llegar al final del mes, otras escribían sus deseos en una hoja. El 8 de agosto alcanzó su punto máximo el llamado “portal 8/8” o “Puerta del León”, una fecha asociada en ciertos espacios de espiritualidad con la abundancia, la transformación y la posibilidad de atraer aquello que se desea.

Para que eso ocurriera, muchos recomendaron encender una vela, escribir en presente y agradecer como si aquello que se pide ya hubiera sucedido. Es decir, no se debía anotar que algún día se quería tener dinero, sino que el dinero ya había llegado. No se deseaba encontrar trabajo, sino que se afirmaba que esa oportunidad estaba en camino. El universo, según esta idea, no responde ante las dudas, sino ante las convicciones.

Desde la trinchera del escepticismo, donde me encuentro junto con millones de personas, resulta difícil mirar todo esto sin desconfianza o alguna burla. Uno ve esos videos o escucha la solemnidad con la que se habla de dicha puerta energética y no puede evitar la ironía. Pero el fenómeno va más allá de esa parte superficial.

No es ninguna sorpresa que los seres humanos siempre hayamos buscado alguna forma de hablar con aquello que no controlamos.

Rezamos, hacemos promesas, encendemos veladoras y pedimos un deseo antes de soplar las velitas de un pastel. Tocamos madera, guardamos una medallita o repetimos una frase dirigida al cielo antes de entrar a un hospital o realizarnos un estudio, incluso uno de rutina.

Hasta quien se considera completamente racional puede descubrirse implorando en silencio cuando algo verdaderamente importante está en juego. O durante los últimos minutos de un partido del Mundial, cuando se desvanecía la esperanza de que México avanzara ante Inglaterra.

Todos hemos pedido alguna vez algo al cielo, aun sin tener muy claro quién podría escucharnos.

Muchas veces no basta con lo que hacemos. Podemos prepararnos para una entrevista y no conseguir el puesto, cuidar una relación y perderla, ahorrar durante años y ver cómo una crisis o una emergencia familiar se lleva todo. Sabemos que incluso actuar correctamente no garantiza que la realidad responda como esperamos.

Ante esa distancia entre lo que hacemos, lo que pedimos y lo que finalmente ocurre, resulta comprensible querer que exista alguna fuerza capaz de ordenar ese universo que nosotros no podemos gobernar. Pedir no necesariamente es una señal de ignorancia. Puede ser una forma de resistir. Ese pequeño deseo lanzado al aire nos permite continuar incluso cuando no encontramos demasiados motivos.

La manifestación, como la del sábado pasado, se instala precisamente en esa necesidad.

Escribir sobre la abundancia nos ofrece una sensación de actividad frente a nuestra impotencia. Pero hay un problema cuando esa práctica comienza a servir para explicarlo todo y se integra, además, a un mercado que produce tanto dinero que termina por alejarse de cualquier buena voluntad.

La oración tradicional, al menos en buena parte del cristianismo, admite que una petición, por profunda que sea, puede no ser concedida en los términos esperados.

La base se encuentra en los propios textos del Nuevo Testamento. En Getsemaní, Jesús pide al Padre que aparte de él el sufrimiento que se aproxima, pero termina su oración diciendo que se cumpla la voluntad divina y no la suya. Y el Padre Nuestro, la oración que el Evangelio atribuye al propio Jesús, incluye también la expresión “hágase tu voluntad” antes de formular las peticiones relacionadas con las necesidades humanas.

Por eso, dentro de esta tradición, orar no equivale a activar una ley que obligue a Dios a cumplir nuestros deseos. El creyente puede pedir salud, ayuda o protección, pero reconoce que la respuesta puede ser distinta, tardar o no llegar. El Catecismo católico incluso dedica un apartado a la experiencia de la “oración no escuchada” y cuestiona la imagen de Dios como un instrumento al que se recurre para exigir resultados.

Ésta es una diferencia importante frente a la manifestación de catálogo. En la oración cristiana, la petición queda abierta a una voluntad que el creyente no controla. En la ley de la atracción, la respuesta depende en buena medida de la capacidad del individuo para formular, visualizar y sostener correctamente aquello que desea.

Hace veinte años, “El secreto”, de Rhonda Byrne, convirtió esa idea en un fenómeno mundial. La película y el libro aparecieron en 2006 y difundieron la promesa de que la ley de la atracción podía ayudar a conseguir riqueza, salud, relaciones y felicidad. Dos décadas después, la permanencia de aquella propuesta muestra que no se trató de una moda pasajera. Los libros y discos dieron paso a videos breves, podcast, cursos digitales, tableros de visualización y rituales compartidos en Instagram o TikTok.

Para muchos esa idea es sumamente atractiva: la vida se transforma desde adentro. Visto así, incluso quien no alcanza la prosperidad puede estar fallando por poseer una mentalidad de escasez. Es una doctrina que nos dota de poder, pero también nos responsabiliza de todo aquello que nunca estuvo enteramente en nuestras manos.

LA FÓRMULA QUE HEREDAMOS 

Si se analiza, mucho antes de que aprendiéramos a manifestar así, a todos nos habían enseñado una versión menos mística y más ardua de la misma promesa.

Se nos dijo que estudiar, trabajar, ser disciplinado, aprender inglés, mantenerse alejado de los problemas, ahorrar, comprar una casa y formar una familia, todo eso, nos abría un camino hacia una vida adulta incluso más estable que la de nuestros padres.

Para muchos integrantes de mi generación, la millennial, esas indicaciones fueron nuestro motor para continuar por caminos muchas veces complicadísimos que implicaban dejar la vida cotidiana para sumergirnos en un solo objetivo, el triunfo profesional, que nos daría todo lo demás casi por añadidura. La escuela conduciría a la universidad, la universidad al empleo, el empleo a la estabilidad y la estabilidad a una casa propia con pareja, hijos y perros incluidos.

Millones de personas nacidas durante los años del llamado baby boom padecieron, en efecto, pobreza, empleos precarios, migraciones, discriminación y crisis económicas. La imagen del boomer injusto y propietario de una casa no es universal, pero también es cierto que las posibilidades de crecimiento obedecían mejor a esa fórmula. Muchos pudieron hacerse de un automóvil familiar o de un terreno que luego fue una casa y, más tarde, de una pensión suficiente para sortear la vejez.

En realidad, nuestros padres, boomers y otros tantos de la generación X, nos transmitieron con total honestidad la ruta que conocían, aquella que habían visto funcionar a su alrededor o la que deseaban volver posible para sus hijos, ya que ellos no tuvieron “las mismas oportunidades”.

En familias que habían atravesado carencias, un título universitario representaba algo más que una preparación profesional. Significaba seguridad, reconocimiento y la posibilidad de alejarse de la incertidumbre del mundo. Ese título grande colgado en la sala, que contrasta con los miles de títulos de mis contemporáneos ahora guardados en los closets familiares, era un sueño compartido de prosperidad.

En lo personal, cuando empecé a investigar mi árbol genealógico encontré actas, nombres, oficios y desplazamientos que habían hecho casi imposible un título universitario.

En 1777 nació mi pentabuelo, Josef Santiago Guadalupe Calvillo, en Las Ventillas, cerca de Lagos de Moreno, Jalisco, un hombre dedicado muy probablemente a la minería. Su hijo José Antonio murió en 1878 de fiebre a los 46 años, fue comerciante. El hijo de éste, José Antonio de la Trinidad Calvillo Ybarra, nació en Lagos en 1870. A los 13 años dejó su lugar de origen y a los 15 abrazó la carrera militar.

Murió en 1914, poco después de los 40 años, cuando sus hijos aún eran pequeños. Uno de ellos fue mi bisabuelo Antonio Calvillo, nacido en 1904 en Empalme de González y bautizado en El Oro de Hidalgo. Llegó a la Ciudad de México y trabajó como mecánico. Murió en 1956, a los 51 años.

Después vino mi abuelo materno, Antonio Calvillo, quien rompió con aquella cadena de muertes jóvenes y llegó cerca de los 90 años. Murió en Estados Unidos, adonde había emigrado y donde trabajó como camarero.

Así que, durante casi dos siglos, la historia de esta rama familiar no fue la de personas que eligieran entre universidades o discutieran qué carrera ofrecía mejores oportunidades. Fue la de un comerciante que murió de fiebre, un militar que recorrió el país y falleció joven, un mecánico que quedó sin padre desde niño, una mujer abandonada en un orfanatorio, mi bisabuela, y un camarero migrante.

Si yo presentara una línea como resultado de la falta de esfuerzo personal, borraría todo lo que tuvo que ocurrir. 

Es claro entonces que para llegar a la universidad no basta con ser inteligente o disciplinado. También hay que permanecer en la escuela durante la infancia, vivir lo suficiente, no morir por enfermedades o pobreza, no comenzar a trabajar demasiado pronto, tener una institución cercana que pueda acogerte y pertenecer a una familia capaz de sostener durante años a alguien que todavía no produce ingresos.

Y cada vez que investigo a mis antepasados veo que tomaron decisiones, trabajaron y aprovecharon las oportunidades que tuvieron. Cada generación comenzó con posibilidades distintas, como vivir en una zona minera importante o migrar a la gran capital. El mérito existió en todas. No así las condiciones para convertirlo en un título.

De ahí que la promesa que recibí de adolescente, de que mi destino sería distinto al de mi linaje, en especial al de los Calvillo, sonara bien para mis padres y abuelos.

Y yo, como muchos de mi generación, cumplí con eso pensando en lo que me esperaba. Estudiar una carrera, ejercerla, especializarme aún más con una maestría. Pero, como muchos profesionales de mi edad, pronto descubrí que todo ello no llevaba necesariamente al final prometido del recorrido rumbo al éxito.

¿Qué ha faltado? ¿En qué fallamos? ¿Debimos tomar carreras más lucrativas? ¿Como cuáles? ¿Dónde está el equilibrio? ¿Debimos pedir al universo con más ahínco? ¿Debimos “echarle ganas”? …esa frase, “échale ganas”, se ha criticado recientemente, por fortuna y con razón. Hay que “echarle ganas” para conseguir empleo, pagar la renta, cuidar a los hijos mientras se cumple un horario que jamás considera su existencia, estudiar después de trabajar o atender una enfermedad sin abandonar las obligaciones cotidianas.

Y claro, nuevamente, el consejo no es del todo malintencionado. Claro que rendirse reduce las posibilidades y persistir puede abrir una salida de un momento a otro, pero esa misma frase, si se piensa, se vuelve cruel cuando intenta explicar por qué alguien permanece atrapado.

Pensemos. Un joven nacido en una familia con patrimonio puede dedicar varios años a encontrar su vocación, aceptar prácticas mal pagadas, estudiar en otro país o iniciar un proyecto que tardará en producir ingresos. Otro necesita comenzar a trabajar de inmediato, contribuir al gasto familiar y evitar cualquier riesgo que pueda dejarlo una semana sin salario. Los dos pueden ser inteligentes, disciplinados y ambiciosos, pero es claro que sus posibilidades de equivocarse no son las mismas.

Nuestra generación, además, recibió una fórmula pensada para otro mercado laboral y para otra relación entre salarios, educación y patrimonio.

Y apareció el capital para dictarnos lo que nos hacía falta. Tal vez levantarnos más temprano, abandonar la mentalidad de “empleado”, aprender “educación financiera”, sanar nuestra relación con el dinero o, desde luego, atrevernos a pedirle más al universo. Y no lo digo yo, lo dicen cientos de libros que venden en los Sanborns.

CUANDO EL MÉRITO SE VUELE CULPA 

La culpa que sentimos cuando la fórmula de nuestros antepasados no funciona tampoco apareció con los videos motivacionales ni con los cursos que prometen cambiar nuestra relación con el dinero. Encuentra una explicación mucho más antigua en la “meritocracia”.

El sociólogo británico Michael Young la popularizó en 1958 dentro de una sátira sobre una sociedad gobernada por una élite convencida de que su inteligencia y desempeño le otorgaban el derecho de ocupar la parte superior.

Podemos aceptar que muchos han obtenido un puesto porque estaban bien preparados. Pero muchas veces pesan también su posición económica y otros aspectos que no es posible controlar.

Michael Sandel llama “soberbia meritocrática” a la actitud de quien contempla su éxito como resultado exclusivo de sus cualidades.

La persona presume sus horas de estudio, el trabajo y las decisiones difíciles, pero suele olvidar cosas tan simples como la suerte y otras más profundas, como las instituciones y los apoyos que hicieron posible todo ello.

Visto así, la desigualdad adquiere un significado moral. El Informe de movilidad social en México 2025, elaborado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, encontró que 73% de quienes nacen en los hogares con menores recursos no logra superar la pobreza por ingresos durante la vida adulta. Si casi tres de cada cuatro personas permanecen en la parte inferior, el resultado difícilmente puede atribuirse a una carencia masiva de disciplina o voluntad.

El patrimonio heredado tampoco se limita a casas o cuentas bancarias. También se heredan tiempo, tranquilidad y la posibilidad de equivocarse sin que un tropiezo destruya todo.

Están también el lugar de nacimiento, el género, el tono de piel, la pertenencia indígena y la región, que modifican las oportunidades.

El racismo y el clasismo no siempre necesitan una prohibición expresa. Funcionan mediante acumulaciones. Una escuela con menos recursos, varias horas de transporte, una entrevista donde la apariencia provoca desconfianza y una red profesional a la que nunca se tuvo acceso.

Y desde luego que la educación puede alterar eso. Quienes superan el nivel educativo de sus padres mejoran, en promedio, su posición económica. Aun así, existe una meseta. Cuando estudiar y trabajar dejan de garantizar el ascenso, la promesa no desaparece.

Kate Bowler ha mostrado que la lógica de fórmulas fáciles, como la de “El secreto”, procede de una mezcla entre corrientes metafísicas, evangelio de la prosperidad, sanación, autoayuda y mentalidad empresarial.

Al igual que la meritocracia, la lógica de la abundancia termina concluyendo que, si el resultado no llega, aún existe un bloqueo, faltó convicción o los deseos no fueron formulados correctamente. Otra vez aparece una falla personal.

De ahí que, frente a una cultura empeñada en convertir toda nuestra vida, nuestro origen y nuestro entorno en expresiones de la voluntad individual, el catedrático Jesús G. Maestro recupera una idea antigua: “Cada uno hace lo que puede y Fortuna hace lo que quiere”.

Maestro es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Vigo, donde ha desarrollado una extensa obra alrededor de Cervantes y de su “Crítica de la razón literaria”, construida desde el materialismo filosófico de Gustavo Bueno.

Su trayectoria pertenece plenamente al mundo universitario, aunque su presencia pública se ha formado en buena medida fuera de sus circuitos habituales, mediante clases, conferencias y videos difundidos en internet, no sin polémica.

La frase sobre la Fortuna apareció durante una entrevista reciente con Jordi Wild en “The Wild Project”. Ahí describe esa idea simplona del éxito como algo “mentiroso” y “engañoso”, pues permite atribuir al individuo un dominio sobre acontecimientos que no controla.

En la entrevista sostiene que la literatura de Miguel de Cervantes, a quien él defiende a morir, excluye las soluciones mágicas, metafísicas o trascendentes y obliga a enfrentarse con la realidad. Maestro vincula, a su juicio, buena parte del idealismo contemporáneo con una tradición anglosajona que habría privilegiado precisamente esa posibilidad de evasión.

Cuestiona a Tolkien, por ejemplo, y a buena parte de la fantasía anglosajona, pues para él “El Señor de los Anillos” pertenece a una literatura de evasión que ofrece al ser humano una salida imaginaria. 

Su razonamiento puede extenderse, por cierto, a esas otras ficciones de la vida que son la meritocracia absoluta y la ley de la atracción. Maestro insiste en que la imaginación, para tener valor, no puede perder de vista sus implicaciones en la realidad y acusa a ciertas obras de fomentar una sociedad adulta cada vez más infantilizada.

Claro, sus declaraciones han provocado críticas por reducir la obra de Tolkien a una fantasía maniquea y dejar fuera buena parte de su complejidad moral, histórica y simbólica.

Pero es cierto que la provocación de Maestro permite precisar el problema de la manifestación. Presentar el deseo como una fuerza capaz de intervenir materialmente sobre el dinero, el empleo, la salud o las relaciones construye una realidad imaginaria que resulta todo menos inocente. 

Lo que hacemos importa, sí. Se vale estudiar para ampliar las posibilidades de mejorar. También pedir al universo, si eso nos da la fortaleza que buscábamos. Pero la vida debe verse con el lente de lo real para, al menos, no atribuir al individuo todo el peso de aquello en lo que la sociedad, el origen y el entorno también han contribuido.

Visto así, manifestemos, si se quiere, al universo, pero más importante será desde las plazas públicas, sean digitales o reales.

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