Bibliotecas después de nosotros: de los libros de viejo al apetito de la IA 

Jesús Díaz

Los libros usados conservan huellas de lo que somos, pero millones de ejemplares ya son comprados, cortados y digitalizados para entrenar modelos que necesitan sus palabras, aunque no las vidas que pasaron por ellos

Donceles es una calle popular en la Ciudad de México por dos motivos.

Es el lugar en donde se adentra Felipe Montero, el joven historiador protagonista de Aura, la novela de Carlos Fuentes, después de encontrar un anuncio de trabajo que parece escrito especialmente para él.

También porque ahí se encuentran las llamadas librerías de viejo, lugares donde se venden ejemplares usados, ediciones agotadas y colecciones que salieron de miles de casas. Muchos conservan nombres, dedicatorias, subrayados o papeles olvidados entre sus páginas, señales de quienes los tuvieron antes.

Para quien no haya acudido, Donceles se encuentra en un lugar envidiable, a unas calles de la Catedral Metropolitana y de la histórica plancha del Zócalo, en el corazón de la Ciudad de México. Uno puede escuchar a los tradicionales organilleros, el bullicio de la gente, las voces de los vendedores y el ruido habitual del Centro Histórico.

Como su nombre lo indica, son establecimientos con olor a viejo. Ese aroma que albergan algunas librerías y también nuestros recuerdos de infancia, entre madera, polvo y hojas húmedas. Un poco con el tono del lugar en donde se encuentran, las librerías de Donceles cuentan sus propias historias en los libros de sus innumerables estantes.

Hay colecciones raras, pero sobre todo libros detenidos en el tiempo. Hace unas dos décadas, cuando las visitaba frecuentemente como un muchachillo, no era raro encontrarme con ejemplares llenos de historia, que presumían nombres escritos en la primera página, dedicatorias fechadas varias décadas atrás, frases subrayadas y anotaciones en los márgenes.

Recuerdo haber visto uno con flores secas entre las páginas. Me preguntaba qué historia tendría aquella flor, de cuándo era, a quién le había pertenecido, qué sueños había dejado ir esa persona. Si todavía viviría y, de ser así, dónde estaría. Y si no, qué habría sido de ella, de sus sueños y también de sus pesadillas.

Yo casi nunca marco mis libros y me arrepiento un poco, porque esas señales nos dicen mucho de alguien que, con el paso del tiempo, queda difuso para los demás. Personas que dejaron constancia de su paso sin pensar, claro está, que un desconocido hurgaría años después en esa suerte de intimidad compartida con la hoja.

En Donceles también me aparecían libros enviados desde lugares que, para algunos, parecen no haber existido nunca. Manuales de buenos modales de finales del siglo XIX que explicaban cómo saludar, conversar, sentarse a la mesa o comportarse frente a una visita, especialmente si se era mujer, reducida entonces muchas veces a una suerte de ornamento del hogar.

Había también libros que intentaban anticipar lo que ocurriría en el año 2000. Prometían máquinas capaces de transformar la vida doméstica, un poco a contrasentido de lo que ha sucedido con la inteligencia artificial, que más bien parece quitarles a los humanos irresponsables la voluntad de crear por sí mismos.

Era raro ver esos libros en los albores del nuevo siglo y corroborar, desde el futuro que habían imaginado, que la vida no se parecía demasiado a lo que soñaban. Me dejaban una sensación de ingenuidad llegada desde el pasado, ante la cual no sabía si sonreír con ternura o con un poco de burla.

Algo así me pasa ahora, en el presente, cuando pienso en aquella versión joven de mí. En un futuro que ahora ya es pasado. En una realidad muy distinta de la que cualquiera hubiera imaginado mientras recorría aquellos estantes.

Todas esas historias particulares, menos las escritas por los autores que las dejadas en las marcas, dedicatorias, fotografías y subrayados, habían salido de una casa, perdido su lugar dentro de una biblioteca y llegado hasta un estante de Donceles. Tal vez antes pasaron por una caja, una mudanza, una herencia o una venta realizada con prisa.

¿Se habían convertido en un estorbo?

UNA BIBLIOTECA SE QUEDA SIN DUEÑO

Hace unos días volví a pensar en aquellos libros al encontrar en Facebook las fotografías de una biblioteca cuyo dueño acababa de morir.

Su hijo mostró imágenes de la colección de su padre. Los estantes cubrían varias paredes. Había libros colocados en filas, algunos encima de otros, colecciones completas y objetos acumulados durante años. Explicaba que, tras la muerte de su padre, tenía que decidir qué hacer con todo aquello.

El papá, por lo que podía verse, era aficionado a la poesía, pero igual había libros de historia, filosofía, geografía, política, religión, hasta futbol y tauromaquia. Son ediciones nada presuntuosas, algunas con pastas duras y letras doradas, pero la mayoría con sobrecubiertas rotas y reparaciones hechas con cinta.

Buena parte de esa biblioteca estaba ocupada por la Colección Austral, esos pequeños volúmenes con cubiertas punteadas de distintos colores y un número en el lomo.

La serie nació en Buenos Aires en 1937 con La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, y se convirtió en uno de los grandes proyectos del libro de bolsillo en español. Reunió novela, poesía, teatro, historia, filosofía y ensayo en ediciones económicas que circularon ampliamente por España y toda América Latina.

Los colores permitían distinguir los géneros antes de leer el título. El señor era asiduo a ellos. Leyó, se intuye, a Goethe, Edgar Allan Poe, Azorín, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón y Baltasar Gracián. Estaban Las afinidades electivas, El escritor, La vida de don Quijote y Sancho, La isla del coral, El gran torbellino del mundo, El idioma español en sus primeros tiempos y libros sobre poesía, historia de España, viajes, lingüística y costumbres. La Austral es una suerte de biblioteca dentro de su biblioteca.

Claro que no todo era solemne. Junto a la literatura clásica había libros sobre futbol, alimentación y relaciones familiares. En las fotos se alcanzan a leer títulos como Salud y vigor por la alimentación, El secreto de la dicha conyugal, Padres e hijos y 500 goles blancos.

El hijo se propone vender los que sirvan. Ya hay varias ofertas y algunas quejas de quienes consideraron aquello una herencia invaluable, de quienes le recomendaron no venderla, leerla, protegerla y transmitirla a los que vengan.

Pero el hijo, seguramente, tendrá su casa, sus muebles y sus propios libros, muchos ya digitales. Conservar una biblioteca completa requiere paredes que no tenemos, cajas, transporte, limpieza y tiempo, no tanto para ordenarla como para leer algo de ese legado que pertenece a otra época, a otro ritmo de vida.

CUANDO LOS LIBROS ALIMENTAN A LA MÁQUINA

La colección de ese padre ausente contiene, desde luego, las obras completas de H. G. Wells. No se sabe si entre esos tomos se encuentra World Brain, publicado en 1938, en el que el autor imaginó un “cerebro mundial”, una enciclopedia permanente capaz de reunir, ordenar y mantener actualizado el conocimiento humano.

Wells pensaba en una memoria compartida, disponible para escuelas, universidades y lectores comunes. Casi noventa años después, la imagen se parece demasiado a lo que ocurre dentro de los grandes modelos de inteligencia artificial, aunque ahora tiene algo macabro. Para alimentar a la máquina, algunas empresas han comprado millones de libros, les han cortado el lomo, escaneado las páginas y desechado el ejemplar.

En enero de este año, una investigación de The Washington Post, basada en documentos judiciales, reveló que en 2024 la empresa estadounidense Anthropic, creadora de Claude, puso en marcha el llamado Proyecto Panamá.

Su idea era comprar y digitalizar millones de libros impresos para aumentar la cantidad y la calidad de los textos utilizados en el desarrollo de su modelo de inteligencia artificial.

En aproximadamente un año, la empresa gastó decenas de millones de dólares en adquirir y procesar millones de ejemplares procedentes, entre otros lugares, de grandes vendedores de libros usados. Llegaban en lotes de decenas de miles. Se les cortaba el lomo, las páginas pasaban por escáneres industriales y lo que quedaba era enviado a reciclaje.

Durante años vivimos hablando de que los libros serían digitales, pero una parte enorme del acervo humano permaneció resguardada en papel. Lo irónico es que las empresas que construyen ese futuro necesiten volver a los libros impresos, comprarlos por millones y, lo peor, destruirlos para extraer sus palabras.

Anthropic aspiraba a formar una biblioteca interna con todos los libros que pudiera reunir.

Los documentos del juicio Bartz contra Anthropic revelaron que, antes de comenzar esas compras, la empresa había descargado más de siete millones de copias digitales de libros desde sitios piratas. Luego encontró una vía legalmente más defendible, adquirir los ejemplares físicos, digitalizarlos y destruirlos.

Un juez federal estadounidense consideró que esa conversión podía ampararse en el uso justo. Anthropic había comprado legalmente los libros, los originales habían sido destruidos y las copias digitales no se ofrecían al público. El tribunal trató por separado los archivos obtenidos en bibliotecas piratas.

La operación de Anthropic tampoco parece un caso aislado. Ingram, una de las mayores distribuidoras de libros del mundo, informó a sus editoriales sobre la creciente compra de ejemplares físicos por parte de empresas de inteligencia artificial para escanearlos e incorporarlos a sus sistemas.

Desde enero de este año permite que los editores pidan que sus catálogos no sean vendidos deliberadamente a esas compañías, aunque admite que no siempre puede conocer la identidad o el propósito del comprador final.

LA MEMORIA NECESITA UNA CASA

Al ser destruidos, algo tan antiguo como una biblioteca aparece todavía como uno de los sitios más seguros para nuestras memorias impresas.

En la Biblioteca de México, por ejemplo, permanecen reunidas las colecciones personales de José Luis Martínez, Carlos Monsiváis, Alí Chumacero, Jaime García Terrés y Antonio Castro Leal.

La institución las describe como una forma de conocer la construcción del pensamiento de sus propietarios. Hay series reunidas, pero también anotaciones, documentos y relaciones que se formaron entre los materiales durante décadas.

José Luis Martínez reunió su biblioteca durante unos 70 años. Después de su muerte, su hijo, el historiador Rodrigo Martínez Baracs, pidió que se conservara, en lo posible, el orden original y que ciertas colecciones permanecieran juntas.

Entre ellas estaban los libros sobre Octavio Paz, Alfonso Reyes, López Velarde, Nezahualcóyotl y Hernán Cortés, además de códices, revistas y suplementos que su padre compró con constancia hasta el final de su vida.

La biblioteca de Carlos Monsiváis, calculada inicialmente en unos 24 mil ejemplares, conserva literatura, publicaciones periódicas, folletos y materiales de cultura popular. En algunos libros sobreviven dedicatorias de José Agustín y de otros escritores. Ahí, una frase escrita en la primera página puede conservar el humor, el afecto o la admiración entre dos personas que ya no están.

Para preservar esas bibliotecas fue necesario retirarlas de las casas donde se formaron. Y también ahí se perdió algo. La conservación nunca es completa.

El estudioso alemán Jan Assmann distingue entre dos formas de memoria, la que se transmite mediante las conversaciones de quienes conocieron a una persona o vivieron un acontecimiento, y la que, con el paso de las generaciones, necesita sostenerse en documentos, imágenes, libros e instituciones.

La primera, detalla, suele durar lo que alcanzan tres o cuatro generaciones. Después, los testigos desaparecen y los objetos quedan a cargo de personas que ya no compartieron la experiencia original. La otra requiere un resguardo que la preserve para que lectores del futuro sean capaces de interpretarla.

Los libros físicos permanecen unidos a nosotros de una manera que no es solamente intelectual.

Ese hijo quizá no lo sabe, pero todavía puede recordar a su padre frente a los estantes. Y sin ser purista, muchos de mis textos están en PDF, el formato impreso es la parte que más deberíamos cuidar. Defender el derecho de que alguien, en el futuro, interprete lo humano de hallar una frase escrita por quien habitó su espacio o de encontrar una flor colocada entre sus páginas.

Es algo que debemos preservar.

ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.