

Jesús Díaz
En plena era de algoritmos, la novela funciona como brújula: nos previene de los futuros que deshumanizan y señala el camino hacia los que aún pueden ser habitables
Imaginemos un mundo futurista. Estamos al final de un día automatizado, cuando los drones ya han regado los parques y los algoritmos han optimizado el tráfico. En ese instante, alguien enciende una lámpara y lee… una novela.
En este universo, la novela —ese arte lento y obstinado— luchó por no desaparecer; resistió recreando lo que la máquina no puede soñar. Y lo logró. Es ya, quizás, lo más cercano que nos queda a nuestra propia humanidad.
¿Por qué, en una historia así, las letras sobre el papel siguen teniendo ese carácter de haber capturado el alma?

Si este fuera el inicio de una ficción, una suerte de antítesis de Fahrenheit 451 —aquella pesadilla en la que Bradbury imaginó un mundo donde se queman libros—, sería un gesto de fe en el poder de la palabra y la imaginación. Nada se destruyó, se reacomodó.
Porque sí: leer novelas hoy es una forma de resistencia… y lo será en el futuro. No importa si es digital o en papel (aunque sí marcan una diferencia); no una resistencia contra las máquinas, sino contra la amnesia colectiva.
No me dejará mentir. En un mundo de pantallas que aceleran todo, con videos de segundos llenos de sobreinformación que, paradójicamente, ya no enseñan nada, la novela se mantiene varios peldaños por encima de lo tecnológico.
No es casual que, en estos años de vértigo digital, la UNESCO haya decidido celebrar la Semana Mundial de la Novela, cuya edición 2025 ocurre en estos días. No tanto para exaltar un género de antaño, sino para recordar algo esencial: que una civilización ha podido subsistir sin algoritmos, pero no sin relatos.
DE LA DISTOPÍA AL REACOMODO: EL MUNDO QUE LA IA NO PUEDE HABITAR
Si se trata de imaginar el futuro y recrear el pasado, durante décadas fueron las novelas —no los laboratorios— las que dibujaron los escenarios posibles de nuestro presente alienado y robotizado.
Algunas eligieron el miedo: sociedades vigiladas, individuos narcotizados, hogueras devorando libros. Y hay que decirlo: otras, muchas más silenciosas, se atrevieron a imaginar lo contrario: no el derrumbe de la civilización por culpa de la tecnología, sino una suerte de reconstrucción.
Entre estas distopías y utopías literarias aprendimos a temerle al exceso de control, pero también a intuir que, tras el colapso, quizás, podía haber una forma más humana de habitar el planeta. Por eso, cuando la inteligencia artificial irrumpe en nuestra vida cotidiana como lo ha hecho, no la miramos desde la curiosidad, sino con memoria narrativa: ¿sería el mundo de Orwell? ¿El de Huxley? ¿O acaso algo que aún no ha sido escrito?

Lo cierto es que lo que vivimos hoy no encaja del todo en esas ficciones.
No hay hogueras de libros ni dictaduras tecnológicas explícitas, por ahora. Lo que hay es una delegación gradual que cambia nuestras rutinas, que de por sí han cambiado bastante con la llegada de la tecnología en el siglo XX y de Internet a finales de ese siglo e inicios de este.
Si se analiza, la IA ha llegado a ocuparlo todo, pero como bien relatan las novelas distópicas y utópicas antes de que esto fuera una realidad, no llegó a ocupar el alma humana, sino a asumir el trabajo calculado, clasificado, repetitivo.
Lo que temíamos como invasión está siendo un reacomodo de prioridades humanas. Ese desplazamiento ha producido un efecto inesperado: por primera vez en siglos, los humanos ya no somos valorados por nuestra eficacia. La máquina se ha quedado con la prisa. ¿Qué hacer entonces?
Más que una intuición romántica, este hecho está respaldado por quienes observan el mundo del trabajo.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señaló en 2023 que la mayoría de los empleos se transformarán, especialmente las tareas rutinarias, favoreciendo a las interpretativas. Investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) comprobaron que los trabajadores asistidos por IA aumentan su productividad hasta un 14 % y terminan su jornada con mayor satisfacción. No porque hagan menos, sino porque hacen mejor con ayuda de una máquina, a quien dejan el peso instrumental.
¿Y si utópicamente pensamos que ese cambio revela algo más profundo? No la extinción del trabajador, sino su desautomatización.
Si la IA se encarga del mundo funcional, nosotros debemos luchar por encargarnos del mundo significativo. Y muchos ya lo están haciendo, guiados solo por un impulso antiguo: regresar a aquello que no se puede acelerar. Un taller, una conversación que no produce, un gesto que no es medible.
Si se piensa así, quizás la verdadera revolución de la IA no sea tecnológica, sino antropológica. Al liberar al ser humano del deber de ser máquina, nos está devolviendo —con una pregunta que puede ser incómoda o luminosa— a aquello que ninguna inteligencia sintética puede responder por nosotros: ¿qué significa vivir con sentido poscapitalismo?
EL RETORNO DE LO ARTESANAL: HACER COMO ACTO DE SENTIDO
La paradoja de este tiempo es clara: cuanto más se perfeccionan las máquinas, más valoramos lo imperfecto. Lo hecho a mano, lo que está lleno de dudas, lo que tarda, lo que no se reproduce artificialmente.
Dirían en los trabajos automatizados: es un área de oportunidad. Quedar liberados de tareas mecánicas para poder contactar con el oficio. Hacer algo no para venderlo, sino para habitarlo. Como una antinovela de la IA: una historia creada por humanos para humanos, llena de imperfecciones y trabajo artesanal, que diga algo distinto a lo que la IA hace perfectamente.
Con todo, esto no es nuevo. Filósofos y pensadores lo intuyeron mucho antes de que los algoritmos se volvieran cotidianos.
E. F. Schumacher, en Lo pequeño es hermoso, defendió la idea de una “tecnología a escala humana”: no aquella que sustituye, sino la que acompaña. Iván Illich habló de “herramientas conviviales”, esas que fortalecen la autonomía en lugar de anularla. Y más recientemente, Hartmut Rosa propuso que la buena vida no es la que acelera, sino la que entra en “resonancia” con el mundo: sentir que algo nos responde, que nos toca.
Encuentra más contenido en La vida en tres actos
En los hechos, esto no ocurre del todo, pero parece una posibilidad: jóvenes hartos de sus pantallas infinitas que decidan aprender un oficio que requiera de sus manos, paciencia y errores. Como escribió el sociólogo Richard Sennett, “el artesano no trabaja por el resultado, sino por el cuidado del proceso”; su satisfacción no está en el producto, sino en el vínculo con la materia.
Citaré acá a uno de mis escritores favoritos, John Berger, que en su libro El acordeonista muestra a un hombre de campo que lucha contra la voracidad de la urbe, que se ha llevado su entorno, incluida una mujer a quien desposar. Aferrado a su visión de la vida, este hombre se sujeta como un velero a la deriva, pero esa forma de sostenerse lo humaniza. Es más humano que todos.
Acá no se trata de renunciar a la tecnología, sino de hacer una revolución mental y emocional para ponerla en su sitio: dejar que los algoritmos garanticen el agua y el suministro eléctrico, que pulan textos académicos y códigos, mientras nosotros nos encargamos de la forma y del aroma del pan.
La máquina produce; el artesano da significado. Y quizá, en ese reparto silencioso, esté naciendo un nuevo pacto con la realidad.
LA IMAGINACIÓN COMO ENSAYO
Nuestras novelas distópicas fueron nuestras primeras brújulas: Orwell, Huxley, Bradbury. Ellos imaginaron lo que podía salir mal y, de algún modo, ayudaron a prevenirnos para que no ocurriera.
Pero también hubo escritores que vislumbraron un futuro menos sombrío, donde la tecnología y la humanidad no se destruyen, sino que aprenden a convivir.
Aldous Huxley, el mismo que nos advirtió sobre la anestesia del placer en Un mundo feliz, escribió en sus últimos años La isla, una suerte de réplica luminosa de su propia distopía.
Allí, los habitantes de un lugar llamado Pala practican la atención plena, combinan ciencia con espiritualidad y se cuidan unos a otros como parte del mismo ecosistema. Es una utopía sin ingenuidad, donde el progreso no consiste en dominar, sino en armonizar.
Ursula K. Le Guin, en Always Coming Home, imaginó una sociedad futura que ha sobrevivido al colapso industrial y reconstruido su cultura a partir del cuidado y el ritual. Los Kesh, sus protagonistas, viven sin jerarquías, mezclando tecnología simple con sabiduría ancestral.

Encuentra este y otros contenidos en nuestro Semanario A Tiempo Ed. 172
Es una novela que se lee como arqueología del porvenir: un futuro donde lo humano no desaparece, se depura. Pat Murphy, por su parte, en The City, Not Long After, dibujó un San Francisco despoblado tras una epidemia, donde los artistas y soñadores reconstruyen la ciudad como si fuera un mural colectivo: el arte como defensa, la belleza como forma de resistencia.
Son historias distintas en tono, pero que comparten algo esencial: después del colapso, puede venir la reconstrucción. Ficciones que se niegan a creer que el progreso sólo puede medirse en velocidad. En ellas, el futuro es posible porque el ser humano vuelve a ocuparse del alma.
Ya en 2024, la Unión Europea aprobó su Ley de Inteligencia Artificial, que establece como principio la supervisión humana obligatoria. Ningún algoritmo puede operar sin que alguien —una persona— conserve la última palabra.
Lo mismo sostiene la UNESCO, al recordar que la IA debe estar “al servicio de la dignidad humana”. Incluso los informes más técnicos, como los del MIT Sloan o la OCDE, hablan ya de una “IA centrada en el ser humano”, capaz de mejorar la productividad sin despojar al individuo de su sentido.
Nos estamos reacomodando. Nos toca decidir si podemos equilibrar nuestros esfuerzos en una utopía o distopía, aterradora o esperanzadora. Escribamos nuestra historia.
ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.

