La guerra como promesa divina:  cuando la Biblia justifica misiles

Génesis 12:3 como justificación de guerra
Tucker Carlson cuestiona a senador estadounidense por defender ataques a Irán

Jesús Díaz

Mientras crece la tensión entre Israel e Irán, el senador Ted Cruz cita el Génesis para justificar una posible intervención militar de Estados Unidos, en una lectura bíblica que, llevada a la política, compromete la ética, la teología y la vida de inocentes

¿Puede un versículo justificar una guerra? La pregunta parece retórica, pero en la entrevista reciente entre Tucker Carlson y el senador Ted Cruz no lo fue. 

Allí, ante millones de espectadores, Cruz no apeló a informes de inteligencia ni a argumentos estratégicos: defendió un posible respaldo militar de Estados Unidos a Israel, incluso ante un enfrentamiento con Irán, invocando Génesis 12:3. 

Dijo Cruz que Dios lo establece así en las Escrituras, que todos debemos apoyar a Israel pues Yahvé dijo respecto a ese pueblo: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan”. No hablaba como legislador, sino como creyente. Y eso, en pleno siglo XXI, no es solo revelador. Es alarmante.

El contexto no es menor. Israel, la nación, atraviesa uno de los momentos más tensos de su corta historia: sigue bombardeando Gaza, ha intercambiado misiles con Irán y enfrenta denuncias internacionales por crímenes de guerra. 

Al mismo tiempo, Estados Unidos parece dividirse entre intervenir, mantenerse al margen o reafirmar su alianza histórica. Pero para sectores cristianos, sobre todo evangélicos, el debate no es geopolítico, sino espiritual. 

Para ellos apoyar a Israel no es una decisión, sino una obligación moral dictada por las Escrituras en sus primeros versículos. Esta no es una forma nueva de interpretar la Biblia, pero sí ha ganado fuerza. 

No solo entre los líderes religiosos, sino en esferas de poder político real. Cruz no es un predicador marginal. Es un senador con peso. Y su lógica, la misma que han esgrimido antes figuras como Mike Pompeo o Pat Robertson, conecta directamente con una visión del mundo donde las guerras pueden justificarse por fe, no por razón.

Y en la que el Estado moderno de Israel es visto como una pieza del plan más bien divino, y no como una nación sujeta a derechos humanos y tratados internacionales.

LA PROMESA Y EL MALENTENDIDO 

En la entrevista, Tucker Carlson pregunta a Ted Cruz por qué Estados Unidos debería implicarse en un posible conflicto entre Israel e Irán. La pregunta no es menor: implica vidas, armas, alianzas y una posición moral ante una guerra que aún no estalla del todo, pero que ya deja víctimas. 

Y sin embargo, Cruz no cita informes de seguridad ni geoestrategias: cita a Dios. “Génesis 12:3 establece claramente que Dios bendice a quienes bendicen a Israel, y maldice a quienes lo maldicen”, contó Cruz. Para él, el deber cristiano es claro: apoyar a Israel, sin condiciones.

Génesis 12 recoge una escena fundacional: Yahvé le habla a Abram, todavía no Abraham, y le hace una promesa. 

Le pide dejar su tierra y su familia para ir a una tierra que Dios le mostrará. A cambio, le promete bendición, descendencia y prominencia. “Haré de ti una nación grande”, le dice. Y en medio de esa promesa aparece el famoso verso: “Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y por ti serán benditas todas las familias de la tierra”.

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Grabado de acero después de los frescos de Raphael (pintor italiano, 1483 – 1520) en la logia en el Vaticano (Palacio Apostólico), publicado en 1841.

Israel no era un país, sino una persona. Un linaje. Un símbolo. De ahí el pueblo “israelita”, y siglos después, la nación hebrea.

La tradición bíblica narra que de Abram nace Isaac, y de Isaac, Jacob. Es Jacob quien, tras un misterioso combate con un ángel, recibe el nombre de Israel. El pueblo de Israel, entonces, no nace como Estado ni como nación moderna: nace como descendencia espiritual y étnica de un patriarca nómada, errante. 

Usar ese pasaje milenario para defender las decisiones de un Estado contemporáneo no es solo arriesgado: es teológicamente cuestionable. La promesa a Abram no era un cheque en blanco a todos sus descendientes ni, mucho menos, a cualquier gobierno que use su nombre. 

En el Nuevo Testamento, Pablo reinterpreta esta promesa en su carta a los Gálatas: ya no habla de “los israelitas”, sino de una “descendencia”, singular, que él identifica con Cristo. Para el cristianismo primitivo, la promesa de Génesis se universaliza: deja de ser una prerrogativa étnica o política, y se convierte en una bendición espiritual.

Y sin embargo, en el siglo XXI, esa frase vuelve al centro del debate. Hoy la política exterior de un país se ve condicionada, al menos en parte, por un versículo escrito hace más de tres mil años.

¿UNA BENDICIÓN CONVERTIDA EN BLINDAJE?

La tesis de Cruz, compartida por buena parte del evangelismo estadounidense, sostiene que el Estado moderno de Israel representa al “Israel bíblico” y, por tanto, merece apoyo incondicional. 

Esta lectura es respaldada por movimientos como Christians United for Israel (CUFI), fundado por el pastor John Hagee, quien ha dicho: “Apoyar a Israel es obedecer a Dios. Punto”. Pero esta certeza, presentada como fe sencilla, es en realidad una interpretación teológica altamente debatida.

Teólogos protestantes como N.T. Wright, exobispo anglicano y uno de los más respetados eruditos del Nuevo Testamento, han cuestionado esta visión.

En su lectura de Gálatas, Wright explica que Pablo “redefine radicalmente” la identidad del pueblo de Dios: ya no es una nación étnica, sino una comunidad abierta en Cristo. Para Wright, “aplicar pasajes del Antiguo Testamento a un Estado moderno sin pasar por la cruz y la resurrección es teológicamente inconsistente”

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The Rt Revd N T (Tom) Wright delivering the James Gregory Lecture, «Can a scientist believe in the resurrection», St Andrews, Thursday 20 December 2007

En otras palabras: apoyar a Israel por Génesis 12:3 sin considerar el mensaje evangélico de universalidad, paz y justicia es mutilar el relato bíblico, a menos para los cristianos.

Pero desde el judaísmo, la crítica también existe. No todos los judíos, ni siquiera los religiosos, ven en el Estado de Israel una encarnación literal de las promesas divinas. 

Ramas como el judaísmo reformista o el judaísmo jasídico antisionista (como Neturei Karta) han denunciado que el uso político del “pueblo elegido” distorsiona la Torá. Para muchos rabinos, la promesa a Abraham exigía obediencia y justicia, no dominación o impunidad.

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Incluso desde sectores evangélicos minoritarios, como el movimiento Evangelicals for Social Action o figuras como Jim Wallis, hay posturas críticas. Wallis, por ejemplo, ha escrito que “la Biblia no es un mapa geopolítico” y que el verdadero compromiso cristiano no debe estar con un Estado, sino con los valores del Reino: misericordia, verdad y protección del oprimido.

Otros, como el teólogo Gary Burge, advierten que “usar la Escritura para defender la ocupación o los bombardeos es una traición al mensaje central de Jesús”.

La pregunta clave es esta: ¿puede una bendición ser convertida en escudo militar? ¿Tiene sentido hablar de “pueblo de Dios” en términos de soberanía territorial y poder bélico? La respuesta, desde la teología crítica, es no. 

El Libro Sagrado, incluso el hebreo, nunca prometió impunidad a sus protagonistas. Los profetas de Israel fueron, de hecho, sus críticos más severos: denunciaban la injusticia, la violencia y la idolatría de su propio pueblo. Defender a Israel hoy sin posibilidad de crítica no es fidelidad bíblica: es idolatría política.

Esa idolatría hoy se convierte en doctrina de Estado y abre la puerta a justificar guerras, silencios y violaciones a los derechos humanos en nombre de Dios. Ahí es donde la teología, mal leída, deja de ser espiritualidad… y se convierte destructiva, literalmente.

NIÑOS MUERTOS Y PROMESAS ROTAS

Mientras el evangelismo conservador estadounidense se moviliza con ese fervor casi apocalíptico para respaldar al Estado de Israel, el catolicismo ha adoptado, en general, una postura mucho más mesurada. 

El Papa Francisco condenó reiteradamente el uso de la violencia y pidió un alto al fuego en Gaza. Esta postura, aunque criticada por algunos por su falta de acción real, respondió a una teología diferente: una que no vió en Israel un actor teológico, sino un Estado moderno sujeto a las mismas responsabilidades morales que cualquier otro país.

El pueblo prometido, en la visión paulina y patrística, no es una nación con ejército ni una frontera resguardada por drones. Es la humanidad reconciliada, la comunidad que vive según la justicia. 

“Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”, escribió Pablo. En ese contexto, defender al Israel bíblico no puede equivaler a justificar bombardeos o bloqueos. 

Pero si esta lectura es tan débil en lo espiritual, ¿por qué persiste? Quizás porque también hay intereses terrenales. La relación entre Estados Unidos e Israel está atravesada por alianzas políticas, acuerdos militares y una red compleja de lobbies, como AIPAC, que operan con gran influencia en el Congreso. 

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Israel representa un enclave estratégico en Medio Oriente, un aliado que comparte tecnología, inteligencia y visiones del orden global. Y esa alianza se refuerza, muchas veces, desde la narrativa religiosa: si Dios está de su lado, entonces también lo está la moral.

Este binomio, que mezcla teología con diplomacia, tiene consecuencias que trascienden a Israel y Estados Unidos. Se cuela ya incluso en sermones latinoamericanos, donde iglesias pentecostales exhiben la bandera israelí junto a la de sus países. 

Se cuela, desde luego, en redes sociales, donde cualquier crítica al gobierno de Netanyahu es tachada de antisemitismo. Y se cuela en nuestras propias lecturas, donde los propios cristianos olvidan que para serlo no se tiene que defender a un Estado, sino encarnar el mandamiento los principios de Jesús.

Desde América Latina, el conflicto se observa con una mezcla irónica de distancia y proximidad. No somos parte directa, pero nuestras comunidades son receptoras de estos discursos. Pero nuestras iglesias, especialmente las evangélicas, han sido permeadas por esta visión geopolítica del cristianismo. 

Es urgente recuperar una teología que no huya del dolor y menos lo justifique. Una fe que mire los ojos de un niño muerto en Gaza o un civil herido en Teherán, y en el propio Israel, y entienda que no hay promesa divina que justifique el dolor ajeno.

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Porque si la fe se vuelve ciega a la injusticia, entonces no es fe: es ideología. Y si los cristianos no pueden alzar la voz ante la muerte de inocentes, entonces, ¿qué clase de Reino es el que viene?

Quienes se atreven a cuestionar esa alianza ya han sido acusados de algo peor que ingenuidad: de antisemitismo. El propio Tucker Carlson, al hablar con Cruz, fue señalado por éste como antisemita. 

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Pero criticar el uso político de una promesa bíblica o las acciones del gobierno israelí no equivale a rechazar al pueblo judío ni a su fe. Esta es una confusión deliberadamente peligrosa: impide la crítica legítima, silencia el disenso y transforma la solidaridad ciega en moral incuestionable. 

Defender a Israel como nación no debería implicar negar la humanidad de quienes mueren bajo sus bombas, ni blindar a sus líderes de la rendición de cuentas.

No se trata de elegir bandos, sino de no perder la brújula. El texto bíblico que muchos citan, “bendeciré a los que te bendigan”, no puede leerse como una patente para la guerra, ni como un seguro eterno de legitimidad política.

Si la fe cristiana ha de tener algún papel en el debate público, que sea para poner límites éticos, no para justificarlos; para proteger a los inocentes, no para blindar a los poderosos. Y que, en última instancia, nos devuelva la capacidad de recordar que, en el Evangelio, el Reino de Dios no se edifica con misiles, sino con justicia, compasión y verdad.

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