
Jesús Díaz
La fiesta mundialista mostró a un país que quizá no siempre sabe ganar en la cancha, pero sí convertir el futbol en desahogo, exceso y revancha contra lo cotidiano

Empieza a llover y nadie parece tener planeado irse sin vivir la fiesta de su vida. En el Zócalo, en la Avenida 20 de Noviembre, en Juárez, en Paseo de la Reforma, en los festivales de cada alcaldía y en el Ángel de la Independencia, la gente moja banderas, jerseys, gorras y maquillaje tricolor, pero nadie se dispersa.
La noche del 24 de junio, cuando México le mete tres a Chequia, ni la lluvia ni la ley seca consiguen apagar el festejo.
El gobierno de la capital dirá después que más de 800 mil personas siguieron y celebraron el partido en 48 puntos de la ciudad, con más de 14 mil policías desplegados y más de 900 establecimientos apercibidos por venta de alcohol. Pero el partido no explica todo. Se trató también de estar ahí, de ocupar la ciudad como si por unas horas fuera una extensión del cuerpo: la banqueta, la fuente, la pantalla pública, la avenida tomada.

Días antes, con el triunfo sobre Corea del Sur, la cifra oficial había sido de unas 730 mil personas. La jefa de Gobierno, Clara Brugada, desglosó 200 mil asistentes en el Zócalo y su entorno, 130 mil en festivales futboleros de alcaldías y casi 400 mil en Paseo de la Reforma y el Ángel.
La Secretaría de Obras calculó el retiro de alrededor de 40 toneladas de basura, sobre todo en calles del Centro y Reforma. La fiesta, literalmente, llegó al subsuelo: bloqueó coladeras, ensució banquetas, dejó huella en el drenaje.
La respuesta institucional fue dispersar sin apagar. En vez de replegar la calle, el gobierno decidió administrarla mejor. Tras los 730 mil asistentes del festejo anterior, anunció siete nuevos puntos para ver la transmisión. Antes ya había instalado 12 pantallas en los alrededores del Zócalo. Para el partido con Chequia anunció 30 pantallas a lo largo del corredor entre la plaza central y la Diana Cazadora, 37 escenarios en la “última milla”, tres tarimas con música en vivo y 48 puntos acondicionados para ver el partido.
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La apuesta fue canalizar el fiestón y, en palabras del propio gobierno, “descentralizar la alegría”. Para lograrlo también se recurrió a la restricción: hubo ley seca parcial en zonas del Centro, Juárez, Tabacalera, San Rafael y Cuauhtémoc, entre las 15:00 horas del 24 y las 7:00 horas del día siguiente, con excepción de restaurantes, hoteles, cines, teatros y otros espacios con consumo en sitio.
La medida obedeció a escenas reales de desborde. En el operativo del partido con Corea, la SSC reportó atenciones médicas, servicios de traducción para visitantes extranjeros y detenciones por robo de celulares. Para Chequia, la vigilancia creció en el estadio, el Zócalo y Reforma. Había fiesta, pero también filtros, policías, decomisos, vendedores regulados y autoridades tratando de que la marea no se les fuera de las manos.
Lo más interesante es que ese estallido callejero convivió con celebraciones montadas en donde fuera: barrios, plazas, bajo puentes, paraderos de Metrobús, fondas, puestos callejeros con televisores, banquetas donde el partido era apenas el pretexto para juntar vecinos.
Fue una experiencia distinta a la de quienes pagaron boletos carísimos para un solo partido. Ese fue el Mundial VIP, el de las marcas, los palcos, los influencers y las fotos diseñadas para circular. La otra fiesta, la que salió de la calle, encontró su emblema en el Pato Merlín.
Merlín, un pato de una familia de Tláhuac que vende bebidas en la ciudad, terminó convertido en celebridad internacional. Visitó Palacio Nacional, grabó con Televisa y llegó hasta el estadio, aunque no pudo quedarse para ver el partido porque FIFA no permite animales dentro de los recintos. Al Mundial oficial le sobran mascotas, reglas y manuales; al Mundial de la calle le bastó un pato con jersey.

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Lo mismo pasó con las camisetas. En tiendas oficiales, el jersey de México ronda o supera los 1,900 pesos. En mercados y calles, las versiones pirata se venden desde unos 150 o 250 pesos, con una calidad que ya no se parece a la copia burda de hace años. Se hizo viral el video de un extranjero que compró una frente al Palacio de Bellas Artes y preguntó si era legítima. El vendedor le respondió con una frase perfecta: “¿vienes a apoyar a México o a Adidas?”. Touché. La calle habló de nuevo.
También se documentó ese contrasentido al orden cotidiano en los besos virales con turistas durante los festejos, en las personas entrando a la Fuente de la Diana, en las calles cubiertas de basura, en las flores pisoteadas, en los robos menores, en los daños urbanos y en un ambiente que siempre pareció estar al borde.
Ese deseo de fiesta, de orgullo herido y remozado, sigue un hilo cultural que vale la pena mirar con calma. Octavio Paz escribió en “Todos Santos, Día de Muertos” que el mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas, y que cualquier pretexto sirve para interrumpir la marcha del tiempo. Su idea no alcanza para explicar todo, pero sí ayuda a leer algo de esta escena: una multitud que sale de la rutina para ensanchar unas horas de vida.
Para Paz, la fiesta mexicana no funciona como simple entretenimiento. Es gasto, descarga, rito, exceso. Es el momento en que el cuerpo se permite lo que el resto del año contiene. Se canta, se bebe, se grita, se abraza, se pelea, se ríe demasiado fuerte. La fiesta abre una grieta en la normalidad. Por eso puede ser hermosa y áspera al mismo tiempo. Puede reunir a la familia y dejar basura. Ser hospitalaria y brusca. Puede ofrecer ternura y desorden en la misma escena.
El Día de Muertos ayuda a entender otra parte. La UNESCO lo describe como el regreso transitorio de los difuntos al mundo de los vivos, una convivencia simbólica entre memoria, comida, flores, presencia y ausencia. En el Mundial no hay retorno de los muertos, pero sí una emoción parecida: por unas horas vuelve una idea de comunidad que la ciudad rara vez permite. Oficinistas, vendedores, turistas, niños, vecinos, personas con jersey pirata y personas sin boleto comparten una misma calle y una misma urgencia de estar vivos.
NO SOMOS EXPERTOS DEL FUTBOL, SINO REYES DE LA FIESTA
Ahí entra José Alfredo Jiménez.
“El Rey” no es una canción sobre el poder real. Es, más bien, una canción sobre la dignidad cuando casi todo falta. El personaje no tiene trono, fortuna ni mucha comprensión alrededor. Lo suyo no es la victoria plena, sino la voluntad de mantenerse de pie. Esa es la razón por la que la frase “con dinero o sin dinero” sigue pegando tan fuerte. No habla de riqueza. Habla de postura.
José Alfredo escribió muchas veces desde la derrota amorosa, la soledad, el orgullo, la cantina y el camino. Sus personajes pierden, ruedan, se equivocan, aman de más, se van o son dejados. Pero rara vez se presentan como víctimas puras. En sus canciones, el vencido todavía canta. El dolido todavía presume. El que no tiene nada todavía se concede una última autoridad: la de nombrarse a sí mismo.
Por eso “El Rey” funciona tan bien en México. Se canta en fiestas patrias, bodas, borracheras, funerales, estadios y madrugadas donde nadie quiere irse. También carga el machismo de su época, claro. Pero en la calle suena menos como biografía de un hombre dolido y más como una ficción colectiva de dignidad. Quien la canta puede estar endeudado, triste, mal pagado, cansado o sin ninguna posibilidad real de ganar la Copa del Mundo. Aun así, durante el coro, se siente al centro.
El Mundial activó algo de eso. No se trata de creer ingenuamente que México va a ser campeón. La gente sabe que la historia de la Selección está llena de límites, caídas y partidos donde la ilusión se queda corta. Pero justo ahí aparece la gracia de la fiesta. La victoria deportiva importa, claro, pero el festejo parece decir otra cosa porque esta noche nadie nos quita la calle, la voz ni el derecho a exagerar la alegría.

Quizás por eso el festejo no necesita un campeonato para existir. Le basta un triunfo de fase de grupos, una pantalla pública, una avenida cerrada, una lluvia necia, un vendedor de camisetas, un pato famoso y miles de personas cantando como si el centro de la ciudad les perteneciera. Es una revancha breve contra la adversidad. Una forma de decir: no tenemos todo, pero hoy estamos aquí.
La fiesta en realidad tiene mucho de eso porque es una tregua. Alegre y sucia, generosa y brusca, abierta y vigilada. Gratuita y colectiva. Una tregua con pantallas públicas, espuma, besos, policías, piratería, basura, lluvia y un pato en jersey.
¿Qué más se puede pedir? No importa tanto si pasamos de dieciseisavos.
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