¿Y si tu autor favorito nunca escribió ese libro?

Jesús Díaz

Las historias también nacen de una vida: de lo visto, lo perdido, una conversación, un café que se enfrió. Frente a textos que pueden fabricarse en serie, quizá ahí siga estando el verdadero valor de un libro

Hay algo particularmente seductor en los puestos de libros viejos. Entre las ediciones conocidas aparecen de pronto novelas de bolsillo con portadas demasiado llamativas y dramáticas, detectives mirando desde una esquina, pistoleros, planetas remotos, mujeres huyendo de algún peligro y, encima, el nombre de un escritor que suena perfectamente posible.

Por George H. White… o A. Thorkent… o Clark Carrados.

No es difícil imaginarse al señor White escribiendo esa historia de ciencia ficción, café en mano, desde alguna casa de California en los años 70. Solo que ese George H. White no se llama George ni White y tampoco conoce California.  Su nombre era Pascual Enguídanos, escritor valenciano nacido en 1923. 

A. Thorkent tampoco es un misterioso novelista anglosajón, sino Ángel Torres Quesada, un español que durante buena parte de su vida combinó la escritura con el negocio familiar de pastelería en Cádiz. Lo que pasas es que las editoriales españolas de aquellos años, según reportan medios como elDiario.es, preferían a menudo poner firmas extranjeras porque suponían que una aventura interplanetaria o un western parecían más atractivos si el autor tenía nombre estadounidense. 

Hubo casos todavía más extraños. Algunas firmas podían funcionar casi como marcas editoriales y ser utilizadas por diferentes personas. En Estados Unidos ocurrió algo semejante con Carolyn Keene, la supuesta autora de las aventuras de Nancy Drew. En realidad, Keene nunca fue una escritora concreta, era el Stratemeyer Syndicate el que preparaba argumentos y contrataba a distintos autores para desarrollarlos bajo el mismo nombre. Mildred Wirt Benson, por ejemplo, escribió las primeras entregas, aunque fueron muchas otras personas las continuaron haciéndolo después. 

México tampoco ha sido ajeno a la pasión por esconderse detrás de otro nombre. La UNAM tiene incluso un «Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México», cuya investigación acumula cientos de páginas de identidades literarias distintas a las que aparecían en las actas de nacimiento.

Si se analiza superficialmente, no hay necesariamente un fraude en ello. Manuel Gutiérrez Nájera utilizó numerosos seudónimos. Emilio Rabasa publicó novelas como Sancho Polo. Borges y Bioy Casares llegaron a convertirse juntos en H. Bustos Domecq. Fernando Pessoa llevó el asunto todavía más lejos con sus heterónimos. Una persona puede escribir con otro nombre y seguir siendo plenamente responsable de cada frase.

La vieja literatura popular permite, sin embargo, entender algo sobre los libros que a veces olvidamos, como que el nombre impreso en una portada también forma parte del producto.

Y eso es algo que la industria  sabía mucho antes que Amazon. En el caso de los bolsilibros españoles, esas pequeñas novelas baratas que inundaron los quioscos durante buena parte del siglo XX, el ritmo de producción era brutal. 

Había nuevos westerns, historias románticas, policiacas o de ciencia ficción cada una o dos semanas. Algunos autores escribieron miles de títulos. La firma servía para reconocer una colección, un género, una determinada promesa de entretenimiento. 

Pero, con todo, alguien había imaginado aquellas historias. Es decir, alguien se había sentado a resolver qué haría el personaje después de abrir la puerta y desarrollado su final

LA NOVELA SIN ALMA

Este mes, The Atlantic reportó una historia parecida solo en apariencia. Resulta que La novelista estadounidense Tamra Westberry, quien publica bajo el nombre de Tara West, recibió una felicitación por una nueva obra titulada «Project Erebus«. Algo que emocionaría a cualquier sólo por el detalle de que ella nunca había escrito ese libro.

Cuenta que lo buscó y ahí estaba: a la venta en Amazon, asociado con su identidad literaria, con elementos que recordaban su obra y nombres de personajes que sus lectores podían reconocer. Había incluso versiones en otros idiomas. Todo su universo literario hecho por una gemela en varios idiomas,

La publicación acabó retirada después de que la escritora reclamara, aunque algunos lectores ya la habían comprado y reseñado su supuesta nueva obra. The Atlantic encontró otros autores que habían tenido experiencias semejantes y llamó a quienes se benefician de estas prácticas «autores parásitos«.

En realidad, lo inquietante no es únicamente que alguien pueda escribir bajo un nombre inventado, sino que ahora alguien pueda escribir bajo nuestros nombres, subirlo a Amazon, cobrar y ¿crear una obra? Bueno, esa última parte es la más debatible. 

El nombre que vende. Jane Friedman llevaba décadas trabajando alrededor de la industria editorial cuando, en agosto de 2023, descubrió varios títulos atribuidos a ella en Amazon y Goodreads. Tenían nombres previsibles sobre cómo escribir, autopublicar y ganar dinero con libros digitales, precisamente el terreno sobre el que Friedman había construido su reputación profesional.

Tampoco eran suyos. Y, claro, por las fechas sospechó de inmediato que habían sido generados con inteligencia artificial. Había probado suficientemente estas herramientas como para reconocer en aquellas páginas estructuras y maneras de explicar asuntos que le resultaban familiares. Cuando reclamó a Amazon, la respuesta inicial fue pedirle registros de marca relacionados con su nombre. Como no había registrado “Jane Friedman” como marca comercial, el caso se cerró en ese momento. Después de que hiciera público lo ocurrido, las publicaciones desaparecieron. 

Friedman hizo entonces una comparación que resulta bastante reveladora, pidió que mejor  alguien pirateara sus libros. Y se entiende, en una copia pirata, por lo menos, seguía circulando aquello que ella había escrito. En esos otros libros ocurría algo más difícil de controlar pues nada de lo ahí desarrollado respaldaba sus ideas. 

Y si en libros de autoayuda esto es un terreno complicado, pensemos entonces en una novela. Es una autora lleva diez años escribiendo una saga que ha desarrollado la voz de cada personaje, a lo que teme, donde puede flanquear. Y una mañana ve que hay una «continuación» de todo ese universo. 

Y ahí podemos adentrarnos a lo que consideramos puede tener una obra «un alma», es decir, el resquicio del ser humano que existió detrás de sus letras. No quiero decir con ello que cada texto escrito por un ser humano contenga una especie de sustancia espiritual que no deba copiarse, claro que estamos llenos de novelas  rutinarias, hechas por encargo y perfectamente olvidables.  El asunto me parece distinto.

Cuando leemos a Juan Rulfo no sólo estamos procesando la manera especialmente magistral de acomodar sus pensamientos en palabras. En alguna parte de esa lectura existe la posibilidad de encontrarme con la manera en que ese ser humano decidió mirar la muerte, el campo, la violencia, la culpa o el silencio.

Rulfo pudo haber corregido una frase veinte veces. Pudo borrar un personaje. Pudo dejar una página semanas enteras sin resolver. No conocemos todas esas decisiones y tampoco tenemos que conocerlas para disfrutar «Pedro Páramo». Pero sabemos que alguien, en su fuero interno, decidió tomar esas decisiones.

Para mí, toda  autoría establece una relación. Michel Foucault se preguntó en 1969 «¿Qué es un autor?» y observó que el nombre del escritor hace mucho más que identificar al individuo que produjo físicamente un texto. Agrupa obras, establece relaciones entre ellas y modifica nuestra manera de leerlas. Podemos comprobarlo mediante un experimento bien sencillo.

Imaginemos que mañana aparece una novela inédita de Gabriel García Márquez (que, bueno, ha pasado cuando los herederos rescatan textos a medio terminar). La noticia sería mundial. Ahora imaginemos que, unas semanas después, descubrimos que el texto es exactamente el mismo, palabra por palabra, pero que en realidad lo escribió un profesor desconocido de una universidad cualquiera. 

¿Seguiría siendo exactamente el mismo libro para nosotros? 

Borges jugó con algo parecido en «Pierre Menard, autor del Quijote«. En su texto, Menard consigue escribir fragmentos verbalmente idénticos a los de Cervantes, pero el narrador los considera distintos porque fueron producidos por otra persona, en otra época y desde otra experiencia. Es una broma de Borges que envejeció extraordinariamente bien.

Sabemos, lo sabemos ya, que una inteligencia artificial podría producir mañana una novela de muchos grandes autores con enorme precisión y determinadas características estadísticas de ese escritor. Podrá aprender que suele utilizar frases cortas, cierto vocabulario, determinados conflictos, una manera específica de describir la lluvia. Si dispone de suficiente material y recibe las instrucciones adecuadas, es imaginable que se acerque mucho más de lo que nos gustaría reconocer. Pero seguiría faltando algo bastante elemental.

No es algo que el escritor hubiera escrito. Y eso basta para que entendamos que es solo un tabique digital o en papel. 

Nos pasa que a veces esperamos con ansias la  siguiente novela de alguien que nos encanta, seguimos su serie e incluso le perdonamos un mal libro. Y es evidente que un parásito, digital en estos casos, no tiene que construir esa confianza. Y como la hurta, no falta el buen lector que lo entienda en el acto.

Sucedió, por fortuna,en el caso documentado por The Atlantic, una de esas publicaciones atribuidas a Tara West recibió críticas fuertes de lectores que señalaban problemas con sus personajes. Y eso sucede porque la reputación es quizá una de las pocas cosas que todavía no pueden falsificarse.

La inteligencia artificial no inventó nada de esto, desde luego. Se sabe de continuaciones apócrifas desde siglos antes de que existiera una computadora (por no hablar de los Evangelios). 

En 1614, por ejemplo, apareció la segunda parte del «Quijote» firmada por Alonso Fernández de Avellaneda mientras Cervantes todavía preparaba la suya. Sabemos que las editoriales han empleado escritores fantasma, seudónimos colectivos y fórmulas industriales durante generaciones. Pero con todo y eso la vieja industria todavía necesitaba escritores.

Podía pagarles mal, ocultarlos detrás de otro nombre, obligarlos a entregar con rapidez o hacer que varios compartieran una firma, pero alguien tenía que sentarse a producir las páginas. Ya no. Ya no más.

Un trabajo difundido en julio por investigadores de Stony Brook, Columbia y la Universidad de Michigan examinó 14 mil 419 libros de ficción de género autopublicados en Amazon entre 2023 y 2026, comparándolos además con registros diarios de ventas. 

Los autores utilizaron detectores para estimar la presencia de texto generado por IA y encontraron que los títulos con una proporción sustancial de material así clasificado ya ocupaban una parte importante del catálogo, aunque una proporción menor de las ventas. Durante el periodo estudiado, el número de libros con alguna venta trimestral se multiplicó 19.2 veces, mientras los ingresos crecieron 8.9 veces. 

Y, bueno, hay que tratar esos resultados con cautela. Es un trabajo preliminar y depende de sistemas de detección que pueden equivocarse (los sistemas de detección de IA consideran IA textos surgidos antes de que se popularizara esta, por ejemplo). Pero sí muestra una transformación económica bastante lógica.

Si producir un libro cuesta cada vez menos, ya no es indispensable que cada título venda mucho. Mejor produces muchos, muchísimos, con autores reales o no, parásitos o no. Al fin, una copia de una copia de una copia.

El mismo estudio encontró otro que entre los libros más vendidos en los que detectaron cantidades sustanciales de texto generado con IA, aparecía una mayor coincidencia de lenguaje distintivo con libros ya existentes que entre aquellos sin texto artificial detectado. 

Eso es fácil de intuir porque los modelos generativos funcionan aprendiendo patrones de una cantidad enorme de material previo. Su extraordinaria capacidad consiste precisamente en poder utilizar lo aprendido para producir algo nuevo que resulte plausible.

¿DÓNDE QUEDÓ EL ESCRITOR?

Hay una escena que me parece útil para entender la diferencia. Pensemos otra vez en aquellos bolsilibros.

Ángel Torres Quesada podía escribir como A. Thorkent porque la editorial consideraba que un nombre extranjero vendería mejor ciencia ficción. Seguramente había fórmulas, plazos brutales y expectativas comerciales. Pero Torres podía sentarse frente a su máquina de escribir y decidir que, en esa ocasión, el planeta no sería como los anteriores.

Podía equivocarse. Podía escribir algo extraño que su editor detestara. Podía introducir una obsesión personal que nadie le había pedido. Ahí entra algo difícil de cuantificar, que era la capacidad de salirse de la fórmula porque una persona tiene una experiencia que la fórmula desconoce.

No todos los escritores lo hacen, por supuesto. Pero si es común. Una persona puede romper una regla aunque el mercado no se lo haya pedido. Puede escribir desde el duelo por su padre, desde un matrimonio desastroso, desde una infancia en un pueblo que desapareció, desde una conversación escuchada accidentalmente en el Metro o desde algo que todavía no comprende completamente.

Una máquina no necesita haber tenido ninguna de esas experiencias para escribir sobre ellas. Ese hecho por sí solo no vuelve malo su texto, pero sí cambia lo que estamos leyendo.

Usar una máquina para investigar, corregir una errata, ordenar notas, comprobar una fecha o incluso discutir una idea no elimina necesariamente al autor. Es incluso algo que todos los autores hacen o están por hacer. El problema es, como he dicho, la falta de «alma» en ese ejercicio. 

Amazon jura que ya reconoce esa diferencia.

Sus normas actuales obligan a quienes publican mediante Kindle Direct Publishing a informar si el texto, las imágenes o las traducciones fueron generados mediante inteligencia artificial. En cambio, no exige declarar el uso de IA como herramienta de asistencia cuando la persona produjo el contenido y utilizó después estos sistemas para corregirlo, pulirlo o desarrollar ideas. También establece que las publicaciones deben respetar los derechos de terceros y que las descripciones no pueden engañar al comprador.

En otras palabras, la plataforma no dice que todo libro generado mediante IA deba desaparecer. Y no debería. La bronca comienza cuando eso se oculta o, peor aún, se suplanta la identidad de otro.

Amazon asegura que combina aprendizaje automático, automatización y revisores humanos para hacer cumplir sus políticas, además de investigar publicaciones denunciadas. Pero algunos de los autores entrevistados por «The Atlantic» consiguieron retirar o desvincular obras sólo después de descubrirlas y reclamar.

Durante siglos nos preocupaba demostrar quién había escrito un libro. Ahora empieza a resultar necesario demostrar que un ser humano lo escribió.

La Authors Guild de Estados Unidos lanzó en 2025 una certificación llamada «Human Authored» y en marzo de este año la amplió a cualquier autor con libros publicados en aquel país. Quien obtiene el distintivo declara que el texto fue escrito por una persona, aunque permite usos mínimos de IA para cuestiones como corrección, investigación o lluvia de ideas. Existe incluso una base de datos pública en la que puede comprobarse el registro.

El sello es voluntario y no constituye una auditoría perfecta. Pero su mera existencia parece una pequeña escena de ciencia ficción editorial.

Durante siglos pusimos un nombre en la portada para saber quién había escrito el libro. Ahora agregamos otro sello para decir que lo escribió un humano.

Es claro acá que no abogo acá a una supuesta pureza humana frente a las máquinas. Quienes escribimos desde antes de la IA nos inspiramos de otros, les aprendemos, les imitamos, usamos diccionarios, contamos con editores y colegas, con correctores y toda clase de herramientas. 

Tampoco basta con haber sufrido algo para escribir bien sobre ello, no  toda experiencia humana produce literatura.

Pero el alma de un libro (o texto) existe, y es algo mucho menos romántico de lo que parece. Es responsabilidad ética. Pensar que alguien eligió esa frase y descartó otra, que decidió que su personaje haría algo incluso sabiendo que algunos lectores lo odiarían. Que puso ahí una obsesión.

Visto así,  quizá por eso aquellos viejos bolsilibros resultan ahora menos falsos de lo que parecían. Sí, es cierto que George H. White nunca existió, ni A. Thorkent, ni Carolyn Keene. Pero detrás de cada uno de aquellos nombres había alguien resolviendo una historia

Es una paradoja de nuestro tiempo. Seguramente muy pronto (si no es que ya pasó) una novela generada casi por completo por IA consiga conmovernos. Pero si un libro lleva el nombre de una persona en la portada, alguien real, quiero decir, todavía me parece razonable esperar que esa persona haya tenido algo que ver con lo que escribió.

Y esa fugacidad de la experiencia de estar vivos, con todo lo que implica, nos hermana. 

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