El secreto mejor guardado del Oscar: la biblioteca más importante del cine

La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas es más que glamour y una premiación; alberga una colección única con arte de todo el mundo, incluido de México, tales como fotografías, guiones, carteles y películas históricas, que pueden verse gratuitamente

No sientas pena; seguro que a ti también te pasó, o a alguien cercano, digamos. Te contaron sobre las nominaciones a los próximos premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que se anunciaron hace unos días. Y ahora, quizás, te encuentres con el deseo de ver alguna de las cintas nominadas.

Ni te avergüences. No es poca cosa, aunque parezca.

Antes de adentrarme en el tema, quisiera citar al gran actor argentino Ricardo Darín. En una entrevista televisiva de hace unos años, cuando le preguntaron sobre los famosos Premios Oscar, respondió: “¿Pero qué creen que es el Oscar? ¿Qué piensan que sucede allí? Yo ya fui una vez, ya lo vi, y eso es todo. No me dejó muy contento, y estoy acá”.

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Te voy a decir por qué me gusta tanto esta anécdota de Darín. He tenido el honor de asistir tres veces a los Oscar (2020, 2022 y 2023), y lo destacable es que la Academia de Hollywood me invitó no solo como prensa, sino como un huésped. Esto es, con smoking, desfilando por la alfombra roja, siendo testigo de la ceremonia y, al final, oh sí, cenando junto a las grandes figuras de Hollywood en la fiesta post-premiación.

Para mí, la clave de todo esto ha sido justo percibir la premiación tal y como Darín la describe: sin aspavientos. No es una falsa modestia, en verdad. Es comprender que detrás de ese glamour hay algo más sencillo. Reconocer que estamos frente a personas extraordinarias pero, al final, humanas. Eso es lo que valora la Academia; no busca fans, huye de ellos.

Si bien en otros textos me adentraré en los detalles de esas fiestas glamorosas que no lo son (el año pasado sirvieron tacos al pastor y no tienen nada comparados con los de un puesto callejero mexicano), quiero destacar algo sumamente sensato y útil que alberga Hollywood. Una suerte de secreto que quiero compartir…

LA ACADEMIA ES MÁS QUE SU GLAMOUR

Contiene, por ejemplo, la memoria histórica del cine desde sus inicios en su impresionante biblioteca, llamada Margaret Herrick, conocida coloquialmente como la Biblioteca de la Academia de Hollywood, que por raro que parezca, no es tan conocida, ni visitada, salvo por gente que estudia ese arte.

Cualquiera puede ir a Hollywood y ver, gratuitamente, en cada uno de los meticulosos gabinetes, más de 100 mil guiones, 32 mil libros, 300 mil carteles, 10 millones de fotografías y hasta una estatuilla del Oscar que brilla el doble porque es la única que enviaron al espacio exterior.

“Esta es, quizás, la biblioteca de investigación cinematográfica más grande del mundo”, me dice su director, Matt Severson, mientras hago un recorrido por el lugar. “Nuestro alcance es global, no se trata solo de los Premios de la Academia o de Hollywood, sino que buscamos capturar todos los días la historia de toda la cinematografía del mundo”.

El equipo de la Biblioteca ha dispuesto para mi visita, junto con la de tres colegas periodistas más (de China, Reino Unido y Francia), un cuarto especial acondicionado para ver un poco de su vasta colección. Todos han pensado, desde luego, en México. Está ahí la imagen de Jorge Negrete en un libro que data de 1954, el “Directorio artístico mexicano”, que es más bien un catálogo que servía para promover a las figuras que brillaban en la época dorada del Cine Mexicano; se lucen en él también Pedro Infante, Miroslava y Dolores del Río, entre otras figuras.

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Tampoco hace falta esa referencia para ver a México en las instalaciones. El lugar en donde se halla la biblioteca fue hace muchos años propiedad de una familia mexicana, los Valdez. Luego, las autoridades locales, ya estadounidenses, decidieron crear en esos terrenos un edificio que ayudara al desabasto de agua en la naciente Beverly Hills. Y como había que construir un edificio que fuera funcional, se les ocurrió hacer una gran planta de agua que, de afuera, se viera agradable.

Los creadores del concepto (Alfred J. Salisbury, Charles B. Bradshaw y Arthur Taylor) se inspiraron entonces en las haciendas mexicanas (en especial la de Luis Terrazas en Chihuahua), y retomaron el colonial español. Por eso hay una gran torre de 30 metros de altura que hace lucir a esta biblioteca como una iglesia con campanario, pero que nunca ha emitido un sonido: su función fue la de camuflar una chimenea que dejó escapar el azufre del agua tratada a una altura suficiente para que los residentes —que hoy llamaríamos fifís— no percibieran su olor desagradable.

Esa iglesia, que nunca lo fue, se construyó en 1927 y quedó inservible en 1971 a causa de un sismo. Luego de casi dos décadas en abandono —se pensó en demoler y construir ahí un parque, pero fue preservado por las autoridades al ser un edificio histórico—, la Academia hizo una oferta para rehabilitar el lugar. En 1991, albergó la ahora Biblioteca Margaret Herrick, nombre en honor a la fundadora de esta institución de casi 90 años de historia.

El lugar posee cientos de colecciones especiales que van desde los archivos de algunos de los principales estudios (incluidos en su totalidad los donados por MGM y Paramount) y otras organizaciones de la industria, además de documentos personales dados por herederos de figuras como Alfred Hitchcock, Arthur Hiller, Hedda Hopper, Ian McLellan Hunter y John Huston.

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La verdad es que mucha gente pasa por aquí y piensa que somos una iglesia vieja, no una biblioteca”, reconoce su director en tono de broma. Durante casi dos décadas, Severson fue quien tuvo la misión imposible de dar cauce a las 10 millones de imágenes que posee el departamento fotográfico del lugar hasta que, en diciembre de 2018, le pidieron liderar el recinto.

El área en que trabajó, la de fotografía, contiene grandes escáneres e imágenes de igual tamaño de películas emblemáticas, como “El Padrino”; Severson presume la fotografía de Elizabeth Taylor que ella realizó con solo 16 años para la revista Time; también la de un concurso del doble de Charles Chaplin en el que reconoce el rumor de que fue el propio actor quien participó y perdió. En especial, un álbum personal de la actriz Shirley Temple, que contiene imágenes de ella en películas.

EL ESPACIO DE “MACARIO” Y LÓPEZ TARSO

La memoria visual no acaba y es tan imponente como la de la palabra. Hay libros de todo el mundo, además de cerca de 20 mil guiones y textos, recortes de periódicos, revistas y notas de distintos filmes. Mucho de ese material es de México. Uno es especialmente relevante: el que se relaciona con la película “Macario”, de 1960, protagonizada por Ignacio López Tarso, dirigida por Roberto Gavaldón y fotografiada por Gabriel Figueroa.

Su archivo contiene fotografías del rodaje, stills de la película y un testimonial oral de López Tarso; la sección de carteles posee tres de ellos (dos de los cuales fueron exclusivos para el público anglosajón), además del guión de la cinta, la primera mexicana de ficción nominada a un Oscar. El texto, que se ve en la etapa de tratamiento, muestra que el proyecto escrito por B. Traven llevaba por título, “El huésped no invitado a la cena”, nombre que fue tachado con lápiz para añadir, “Macario”.

“Lo más importante es que muchos guiones contienen su tratamiento a detalle; hay desde anotaciones, hasta piezas curiosas como flores y otros objetos, incluso versiones del guión que nunca salieron”, detalla el director.

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Anne Coco, jefa del departamento de Artes Gráficas, me muestra un bosquejo del diseño de vestuario de la película “Frida”. Contiene la imagen trazada por Julie Weiss, adornada con recortes de telas inspiradas en los atuendos de la pintora mexicana. Junto a él, hay una impresión digital de la cinta “Pantera Negra”, que fue realizada en una tableta electrónica.

Coco cree que es un ejemplo de los cambios de los que nadie puede sustraerse; le gusta, eso sí, que además de la memoria digital, haya posibilidad de un respaldo físico para ambas obras: “Hay una fascinación con lo material, es sexy ponerlo en un iPad y no sabemos qué pasará, pero esta colección hace que la gente hable, que se sorprenda por poder casi tocar la historia”.

El cine es historia. Así que, la próxima vez que alguien le cuestione por hablar de algo tan “superfluo” como este arte, y prefiera entroncarse en charlas sobre el político en cuestión, háblale del trabajo de miles de historiadores, restauradores y artistas de la memoria fílmica, que se toman seriamente esta disciplina, que es glamour pero también es más que eso.  

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