

Jesús Díaz
El Festival de Cine de Sharjah es el único en Medio Oriente que decidió llevarse a cabo en medio del conflicto Palestina-Israel, en un homenaje especial a los niños afectados por el conflicto
El sol se ve sorprendentemente enorme y rojizo, y uno piensa con ironía: “Esto es casi un cliché de una fábula árabe”. Pero así es como decide despedirse hoy en Sharjah. En este pequeño estado de los Emiratos Árabes, con solo 1.5 millones de habitantes, al sol le da por ser imponente e irse lentamente.
No es dato científico, por supuesto, es solo que la vida en este territorio del Medio Oriente se percibe a otro ritmo. Acaba de escucharse la Maghrib, la oración que se realiza justo después del atardecer; así que tanto actores como directores, ninguno conocido en el mundo occidental, pero grandes figuras en ese territorio, se alistan para tomar sus asientos.
Es una ocasión especial. Alguien, que más adelante hablará en este texto, decidió ir en contra de lo que ocurre en esa región, y realizar un encuentro fílmico en invasión israelí a Palestina. Acá no hay medias tintas: todos son propalestinos. Si bien muchos entienden que el pueblo israelí no es su Ejéricito, consideran a los pelestinos son como hermanos que, dicen, ha sido atacados por un estado colonialista y opresor.
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¿Con noticias de niños muertos diariamente en la televisión, quién tiene tiempo para algo tan superfluo como el cine? Pues acá, en Sharjah, sí. Y eso sucede porque este festival, que celebra 10 años, está pensado en los niños y adolescentes; contiene pláticas con ellos, proyecciones de historias de todo el mundo que van más allá de la última animación de Pixar. En las salas ellos suelen preguntar cosas irreverentes o profundas; suelen reírse con las historias y decir de vez en cuando: “Ohhh”, cuando algo los conmueve.
“Yo tengo muchas metas que quiero cumplir. Y si Dios quiere, les prometo que todo lo que haga en la vida tendrá mensaje”, dice Jan Ramez con su voz de pequeño de ocho años y la experiencia de solo una película, “ElBo3bo3”, estrenada en Medio Oriente en junio pasado.
El niño egipcio es la sensación de la noche. Ha sido asignado como uno de los oradores de la inauguración del Festival para dar la bienvenida, y es él el que provoca los “Ohhh” de los adultos que llenan casi toda la sala: “Antes de irme, diré algo más; en mi nombre y en el de cualquier niño árabe, quiero decir a los niños de Palestina que nuestro corazón está con ustedes y que muchas gracias por su aliento”, añade.

Una que otra celebridad prominente de la región se limpia la mejilla mientras aplaude al pequeño de cabello crespo y ojos grandes, que detrás de sí tiene una gran pantalla en la que puede verse un padre de familia aferrándose al cuerpo de un pequeño de menor edad, que es llevado en brazos a un hospital en Gaza. La imagen no es grotesca; es sensible. Y logra que más de uno, sin importar su origen, porque me incluye, ponga por un instante el nombre de un hijo en el de ese pequeño aferrado a su padre.
Tariq Rimawi está en la sala, conmovido; se trata de un cineasta jordano cuyo padre y abuelo son de Palestina. Más tarde, me cuenta con cierta incredulidad que nunca ha tenido un pasaporte de su tierra de origen. Pero sí la convicción del hogar que le fue negado.

En Jordania, él dejó a sus dos hijos, uno de cinco años y otro de tres. Antes de viajar a los Emiratos, le sorprendió ver al más pequeño mirando fijo al televisor. “Estaba jugando con su juguete; encendimos la tv y estaban las noticias. Y vemos a un niño que estaba herido por una bomba y que, no me creerás, estaba también sosteniendo su juguete”, me dice. “Yo puedo estar tranquilo de que mi hijo esté en un lugar seguro, pero ¿qué pasa con el sufrimiento de esos pequeños? Es algo que no me deja dormir”.
Hasta ahora, a sus 43 años, hablar del abandono en Palestina es para Tariq un tema de todos los días. En 2016, leyó un artículo acerca de una organización por la defensa de los animales que salvó a algunos animales del “peor zoológico del mundo”, ubicado dentro de la Franja de Gaza.
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La historia va así: en algún momento, alguien contrabandeó animales a través de los túneles a Gaza, y con ellos crearon un zoológico. “La gente estaba feliz. Los niños eran realmente felices de ver animales por primera vez”, dice Rimawi. “El cuidador regresó a los 51 días, cuando todo había acabado, y encontró que la mayoría de los animales ya habían muerto por el estrés, enfermedades y el hambre».
El tema salió de las paredes de Gaza: se supo que una persona momificó a esos animales para que los niños los siguieran viendo y que algunos habían sobrevivido. Eso encendió las alertas de todo el mundo y un grupo dedicado a la defensa de los animales los rescató. Los animales salieron de Gaza, pero los niños que los miraban quedaron encerrados en su jaula gigante de concreto.
Lo anterior sirvió al realizador para crear la animación “Zoo”, que fue presentada en varias ocasiones dentro del festival, incluida la inauguración y en varios encuentros frente a niños. “¿Quiero preguntar si eso es real?”, le dijo una de unos 10 años, antes de escuchar la historia completa con cierto terror.
UNA INDUSTRIA QUE SE UNE
¿Será prudente llevar a cabo el festival? Esa fue la pregunta que se hizo Sheikha Jawaher bint Abdullah Al Qasimi, la directora del encuentro fílmico.

Los Emiratos Árabes Unidos es una federación de Asia Occidental integrada por siete emiratos; Abu Dabi es el más grande, Dubái el más poblado y comercial, pero Sharjah presume de su enfoque cultural. Acá la gente viene a contemplar las manifestaciones artísticas árabes, y en especial la sensibilidad de los niños es tomada en cuenta.
“Como muchos festivales se estaban cancelando, el de El Cairo y El Gouna (Egipto), no sabíamos qué hacer. Pero nuestro enfoque está en los niños y jóvenes, no es tanto de entretenimiento sino más bien educativo e inspirador. Así que tomamos la decisión y aceptamos el desafío”, detalla.
Si había que continuar, el festival debía tomar una postura. El día uno destacó la noticia en los medios locales: se donaría todo lo recaudado a proveer de víveres a la gente en Palestina. Se colocó, además, un escenario afuera de uno de los cines, en donde se veía una casa derribada por un misil y frases de apoyo para los niños en Palestina y Siria. Y, claro, los artistas hablaron.
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“Solo pedimos al Señor que detenga este sufrimiento, esta tragedia, esta guerra, y que proteja a los niños. Es algo muy doloroso”, dijo el actor sirio Samer Al-Masry, protagonista de la cinta “Éxodo”, sobre una pequeña de su país que mira las estrellas cuando el techo de su casa es derribado, justo, por un misil.
En eso profundiza Sheikha Jawaher, la directora del festival. “Confieso que cuando vienen los niños de sus escuelas, veo sus rostros y miro a los de Palestina muertos. Y pienso, ‘¿qué me está pasando?’ Veo a mis hijos dormidos y pienso, ‘¿cómo están pasando la noche en Gaza?’. Esto nos está afectando mucho”.
La diva del evento es Laila Elwi. Es difícil buscar un símil en México, quizá Silvia Pinal, pero más joven. La actriz egipcia ha filmado más de 70 películas y ganado un tanto de premios, incluido el más prestigioso del Festival de El Cairo.
Ella habló fuerte y claro: quiere hacer una película sobre Palestina desde el punto de vista de su región, que pueda ser vista en Occidente. “Seguramente no encontraremos una producción occidental que nos respalde. Sería una producción árabe, pero podría haber un director y actores internacionales para llegar más al Occidente”, sugiere la egipcia, que trabajaría sin pago.
Pero más allá de los atardeceres de ensueño y de un mundo que gira de manera distinta, esa revolución desde el cine, enclavada en el pequeño Sharjah, es como un cuento que aplasta la realidad. Laila lo reconoce con dolor: “Yo le digo a los padres cuyo hijo se ha convertido en mártir: ‘Su pequeño ya está en el Paraíso y desde ahí les dirá: Dios es suficiente, es el mejor protector’”, dice hecha un mar de lágrimas.
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