
La lección que va más allá del futbol

En otros años, cada vez que iba a jugar la Selección Mexicana, ocurría algo muy curioso; días antes del partido, las conversaciones estaban llenas de ilusión:
– Ahora sí…
– Este puede ser nuestro momento.
– Ojalá lleguemos lejos.
Pero, al mismo tiempo, una vez que empezaba a rodar el balón, aparecían comentarios como

– Ya sabemos cómo va a terminar…
– Mejor ni nos hacemos ilusiones.
Parecería que convivían dos sentimientos completamente opuestos: el deseo profundo de que las cosas salieran bien y la costumbre de anticipar la derrota antes de tiempo.
Pero este Mundial he percibido algo diferente. En redes sociales, en reuniones familiares e incluso en las conversaciones cotidianas ha comenzado a repetirse una frase que, aunque sencilla, encierra una poderosa forma de ver la vida: «¿Y si sí?»
No es una afirmación ingenua ni una garantía de éxito. Es simplemente una invitación a dejar espacio para la posibilidad, a permitirnos creer que las cosas pueden salir bien sin dejar de reconocer que también requerirán preparación, disciplina y esfuerzo.
Y quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que podemos transmitir a nuestros hijos.
Con frecuencia, los adultos caemos en uno de dos extremos cuando hablamos de expectativas. Hay quienes prometen que todo será posible con solo desearlo lo suficiente. Y también estamos quienes, para proteger a los niños de una posible decepción, terminamos diciéndoles frases como: «Está muy difícil», «No te hagas muchas ilusiones» o «Mejor busca algo más sencillo».
Ninguno de esos extremos les ayuda realmente.
Las expectativas irreales pueden generar una enorme frustración cuando la realidad no coincide con lo imaginado. Pero las expectativas derrotistas son aún más peligrosas, porque hacen que muchas personas renuncien incluso antes de comenzar.
Las expectativas saludables viven justo en el punto medio.
Son aquellas que les permiten a los niños decir: «Creo que puedo lograrlo, pero sé que necesitaré prepararme». Son las que alimentan la esperanza sin perder de vista la realidad.
Y, sobre todo, son las que ponen el énfasis en aquello que sí depende de nosotros: el esfuerzo.
Cuando un niño se plantea una meta, quizá la pregunta más importante no sea si la conseguirá o no, sino qué está dispuesto a hacer para acercarse a ella. ¿Qué necesita aprender? ¿Qué habilidades debe desarrollar? ¿Cuánto tiempo deberá practicar? ¿Qué obstáculos tendrá que superar?
Porque una expectativa sana no promete el éxito; promete crecimiento.
Es cierto: habrá ocasiones en las que, aun esforzándonos al máximo, las cosas no salgan como esperábamos; un examen puede ser más complicado de lo previsto; un equipo puede perder un campeonato; una beca puede ser para alguien más; un proyecto puede no concretarse.
Pero eso no significa que el esfuerzo haya sido inútil.
Cada hora de estudio, cada entrenamiento, cada intento y cada error nos transforman. Tal vez no lleguemos exactamente al lugar que habíamos imaginado, pero casi siempre estaremos mucho más adelante de donde comenzamos. Habrán aumentado nuestros conocimientos, nuestra disciplina, nuestra experiencia y nuestra capacidad para enfrentar nuevos retos.
Por eso es tan importante que, como padres, maestros y adultos significativos, aprendamos a reconocer el esfuerzo con la misma convicción con la que celebramos los resultados.
Cuando un niño escucha únicamente elogios por ganar, aprende que su valor depende del marcador; en cambio, cuando también reconocemos su perseverancia, su preparación, su constancia y la manera en que enfrentó las dificultades, comienza a descubrir que el verdadero crecimiento ocurre mucho antes de que llegue el resultado final.
Eso no significa conformarnos con cualquier desempeño. Al contrario. Significa enseñarles a plantearse metas alcanzables, pero también retadoras; objetivos que los obliguen a salir de su zona de confort y a descubrir capacidades que quizá todavía no saben que poseen.
También significa prepararlos para aceptar que, en la vida, no siempre obtendremos exactamente lo que esperamos. Y está bien.
Porque perder un partido, reprobar un examen o no alcanzar una meta no define a una persona. Lo que verdaderamente la define es la manera en que responde después de ese momento.
¿Se rinde? ¿Busca culpables? ¿O analiza lo sucedido, aprende y vuelve a intentarlo?
Esa es una habilidad que se construye desde la infancia.

Los niños aprenden mucho más de nuestras conversaciones de lo que imaginamos. Si constantemente escuchan que todo está perdido antes de empezar, crecerán creyendo que el fracaso es inevitable. Si, por el contrario, les hacemos creer que todo saldrá bien sin necesidad de prepararse, tarde o temprano la realidad los sorprenderá.
Lo que necesitan escuchar es un mensaje diferente:
«Vale la pena intentarlo. Vale la pena prepararse. Vale la pena esforzarse. Y, si esta vez no sucede, todo ese esfuerzo te habrá convertido en alguien más fuerte, más capaz y mejor preparado para la siguiente oportunidad.»
Quizá esa sea la verdadera enseñanza detrás del ya famoso «¿Y si sí?».
No significa cerrar los ojos ante las dificultades. Significa abrirlos a las posibilidades.
Significa atrevernos a creer que el esfuerzo puede cambiar el rumbo de las cosas.
Y significa enseñarles a nuestros hijos que la esperanza no consiste en esperar que todo salga perfecto, sino en confiar en que, cualquiera que sea el resultado, siempre podremos aprender, crecer y volver a empezar.
Porque, al final, las personas que llegan más lejos no son necesariamente las que siempre ganan. Son aquellas que nunca dejan de prepararse, de aprender y de decir, frente a cada nuevo desafío: «¿Y si sí?»
ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.

