Después del día del maestro

Lo que aún nos toca aprender como padres

Hace unos días celebramos el Día del Maestro. Seguramente hubo celebración, mensajes emotivos, fotos en redes sociales y muchos “gracias” del corazón; y qué bueno, porque reconocer a quienes acompañan la formación de nuestros hijos, siempre será valioso.

Pero hoy, tres días después, vale la pena hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿el reconocimiento al maestro se quedó en un día… o realmente entendemos todo lo que implica su valor?

Porque si algo es cierto, es que ser docente hoy no es lo que era antes; y no, no es porque antes fuera más fácil… sino porque hoy es muchísimo más complejo…

Si hiciéramos una lista honesta, descubriríamos que el maestro moderno es una especie de profesional multifuncional:

  • Es psicólogo cuando un alumno llega triste o enojado;
  • Es mediador cuando hay conflictos;
  • Es motivador cuando nadie quiere participar o cuando alguien se siente menos que sus compañeros;
  • Es detective cuando alguien “omite” decir la verdad;
  • Y en muchos casos… ¡hasta intenta competir con el celular por la atención de los alumnos!!  (y en ocasiones no gana…)

Además de todo eso, claro, está su tarea fundamental: enseñar español, ciencias, matemáticas… y formar personas.

Porque sí, hoy más que nunca, el docente no sólo transmite conocimientos: acompaña procesos emocionales, sociales y humanos en contextos cada vez más retadores.

Y hay otro factor que muchas veces no ponemos sobre la mesa: los estudiantes también han cambiado… y mucho.

Hoy los niños y jóvenes viven en un mundo donde la información está a un clic de distancia; si no entienden algo o un tema llama su curiosidad, no esperan a la siguiente clase, lo buscan en internet, en un video, en un tik tok… y además, lo toman como algo veraz.

Sus periodos de atención son más cortos, están acostumbrados a la inmediatez, a la estimulación visual constante y dinámica; y eso significa que una clase tradicional, simplemente ya no funciona igual.

Hoy necesitan clases que los retengan, que los involucren, que les hagan pensar, participar, cuestionar y divertirse; necesitan sentido y no sólo contenido.

Y entonces, el reto del docente crece aún más, pues no sólo debe enseñar; debe captar, sostener y dirigir la atención en un entorno que compite con todo. Sin embargo, en medio de todo esto, algo curioso sucede: esperamos cada vez más de ellos.

Esperamos que eduquen en valores, que corrijan conductas, pero con suavidad para no afectar la autoestima de nuestros hijos; queremos que motiven, que personalicen el aprendizaje, desarrollen habilidades socioemocionales… y si se pudiera, ¡nos encantaría que enseñaran a nuestros hijos a recoger su cuarto y dejar el celular a tiempo!

Y aquí es donde vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿qué sí le corresponde al maestro… y que nos corresponde a nosotros como padres?

Porque aunque el docente juega un papel fundamental, la educación nunca ha sido –ni debería ser- una tarea que recaiga sobre una sola persona o institución.

Y vale la pena detenernos a recordar que todos hemos tenido al menos un maestro que nos marcó para siempre… ese maestro que creyó en nosotros cuando dudábamos, que nos exigió más de lo que pensábamos posible; que nos hizo sentir capaces, vistos e importantes.

Y lo mejor de todo es que, muchas veces, aun sin darnos cuenta, los seguimos llevando con nosotros. Aparecen en frases que repetimos, en la forma en que explicamos algo, en cómo corregimos, motivamos e incluso cuando ayudamos a nuestros hijos con la tarea… pues todos, en algún momento, terminamos enseñando algo… y, cuando lo hacemos, inevitablemente imitamos a quienes nos enseñaron.

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