

Un acuerdo que también se enseña en casa
Cada 5 de febrero recordamos la promulgación de la Constitución Mexicana. Para muchos, la fecha es sólo un descanso oficial; para otros, la celebración de un acto cívico escolar. Sin embargo, detrás de este día hay algo mucho más profundo que es importante conversarlo, entenderlo y, sobretodo, transmitirlo a las nuevas generaciones; la Constitución no es un documento lejano ni exclusivo de abogados o políticos; es el acuerdo que sostiene nuestra vida en sociedad y una herramienta fundamental para formar ciudadanos conscientes desde casa.

¿QUÉ ES UNA CONSTITUCIÓN? ¿POR QUÉ SIGUE SIENDO TAN IMPORTANTE HOY?
La Constitución es la ley suprema de un país; es el conjunto de reglas básicas que nos dice cómo se organiza el Estado, cómo se ejerce el poder y cuáles son los derechos y obligaciones de las personas. Dicho en forma sencilla, es como un gran acuerdo que hicimos como sociedad para convivir, ponernos límites y proteger lo que consideramos justo y valioso.
Así como dentro de cada familia existen reglas para el bienestar común -como horarios, responsabilidades, acuerdos-, la Constitución es algo similar, pero a gran escala; no busca controlar por controlar, sino cuidar, ordenar y dar certeza. Gracias a ella sabemos qué derechos tenemos, cómo podemos exigirlos y hasta dónde llegan nuestras responsabilidades frente a los demás.
En México, la Constitución de 1917 marcó un parteaguas en la historia, surgió después de un periodo de profundos conflictos sociales y fue pionera al reconocer derechos sociales como la educación, el trabajo y la propiedad de la tierra. No es sólo un documento legal, fue la respuesta a una necesidad colectiva de justicia, equidad y dignidad; por ello, el 5 de febrero no es sólo una fecha histórica, sino el recordatorio de que los derechos que hoy disfrutamos surgieron no por casualidad, sino por la lucha y participación de quienes soñaron un país más justo.
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Hoy, más de un siglo después, la Constitución sigue siendo relevante porque es la base de nuestra vida democrática. En ella se sustenta la libertad de expresión, el derecho a la educación, el acceso a la salud, la igualdad ante la ley y la posibilidad de participar como ciudadanos. Cada vez que una persona exige respeto, justicia o un trato digno, hay un respaldo constitucional detrás.
El problema es que no siempre somos conscientes de ello; si no conocemos la Constitución o la vemos como algo ajeno, corremos el riesgo de normalizar injusticias, de pensar que “así es como deben ser las cosas” o de no participar como ciudadanos. No podemos defender lo que no conocemos, y menos valorar lo que no entendemos.
Aquí es donde madres y padres de familia tenemos un papel fundamental: la educación cívica. Esta no comienza en la escuela o en los libros de texto; empieza en casa, en la manera en que hablamos de reglas, acuerdos, derechos y responsabilidades, en cómo enseñamos a nuestros hijos a ver lo que otros trabajaron y presentaron a favor de la sociedad.
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Las niñas y niños aprenden más de lo que viven que de lo que se les dice; si ellos observan que nosotros como adultos respetamos normas, escuchamos con tolerancia opiniones distintas, dialogamos para resolver conflictos y actuamos con sentido de justicia, están -sin saberlo- recibiendo la lección más profunda y significativa de ciudadanía.
Así es que despertar el interés por la Constitución por parte de las nuevas generaciones no significa hacerlos memorizar artículos y fechas, sino ayudarlos a entender que las reglas son herramientas para convivir mejor y que los derechos van siempre acompañados de responsabilidades; que su voz importa y que participar, opinar y cuestionar también es parte de vivir en democracia.
Esto podemos hacerlo con ejemplos cotidianos, como explicarles por qué establecemos ciertas reglas en casa; permitirles participar en algunos de los acuerdos familiares; hablar con ellos de situaciones justas e injustas que se den en el entorno, y enseñarles a expresarse con respeto.
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Si los niños entienden en su entorno familiar que su opinión cuenta y que existen mecanismos para cuidar a todos, comienzan a comprender el sentido profundo de una Constitución.
Aprovechemos este próximo 5 de febrero para ir más allá del acto cívico que se realiza en las instituciones educativas y darnos un espacio para conversar en familia y generar una reflexión colectiva acerca de los derechos que disfrutamos y las responsabilidades que tenemos, con el fin de sembrar en nuestras hijas e hijos el interés por construir un país más consciente y participativo.

Recordemos que la Constitución no es un documento del pasado; sino una herencia viva que se fortalece o se debilita según cómo la reconozcamos, respetemos y transmitamos; y quizá la mejor manera de honrarla no sea recordándola solo un día al año, sino enseñándola todos los días con nuestro ejemplo.Formar ciudadanos conscientes empieza en casa. Cada conversación, cada acuerdo y cada acto de respeto a otros es una pequeña forma de mantener viva la Constitución en el corazón de las nuevas generaciones.
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