

El papel de las familias en la educación ambiental
El 26 de enero se conmemora el Día Mundial de la Educación Ambiental. Fecha que nos invita a reflexionar acerca de la relación que tenemos con nuestro entorno y, principalmente, de la manera en que estamos formando a las nuevas generaciones para cuidarlo; y no se trata de verlo con un enfoque fatalista y enfocarnos en los grandes problemas ambientales del planeta —que no podemos negar—, sino de reconocer cómo la solución puede ser muy simple y empezar en lo cotidiano, en casa y en pequeñas prácticas que podemos compartir con nuestros hijos desde que son pequeños.
¿POR QUÉ UN DÍA MUNDIAL DE LA EDUCACIÓN AMBIENTAL?
En octubre del 1975 se llevó a cabo, en Belgrado (entonces capital de Yugoslavia), el Seminario Internacional de Educación Ambiental, organizado por las Naciones Unidas; al finalizar este encuentro se publicó el documento conocido como la Carta de Belgrado, en el que se estableció por primera vez, a nivel global, el marco teórico y los objetivos de la educación ambiental, teniendo como objetivo fundamental no solo informar, sino formar a una población mundial consciente que entienda cómo funciona la naturaleza, desarrolle valores de cuidado y respeto, tenga la capacidad para resolver problemas ambientales y participe activamente en su atención.
Lo más importante de estos eventos no es sólo el documento que se propuso, sino, principalmente, el reconocer oficialmente que la educación es la herramienta más poderosa para enfrentar la crisis ambiental.
Hoy, esta fecha debe ayudarnos a recordar que los problemas ecológicos no se resuelven sólo con tecnología o con la participación exclusiva de especialistas, gobiernos o escuelas, sino principalmente con un cambio de mentalidad, reconociendo que no estamos “sobre” la naturaleza, sino que somos parte de ella, y que, a través de hábitos, actitudes y valores, podemos enseñar a los niños mejores maneras de cuidar su entorno.
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Y la educación ambiental va mucho más allá de enseñar a separar la basura, no tirar papeles en la calle o participar en campañas; implica enseñar a los niños a comprender que cada acción tiene un impacto, que los recursos son limitados y que formamos parte de un ecosistema que debemos respetar y proteger; cuando esta conciencia se desarrolla desde la infancia, se convierte en una manera natural de relacionarse con el mundo.
Y en este proceso, los padres de familia jugamos un papel fundamental, pues somos los primeros modelos de conducta de nuestros hijos; ellos aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan, por lo que hablarles del cuidado del ambiente es efectivo solo en la medida en que nuestras acciones sean congruentes con ese mensaje; y no se trata de que debamos ser perfectos, pero sí de tratar de ser conscientes y constantes, y demostrar con hechos que cada pequeño esfuerzo cuenta.
CÓMO EMPEZAR
En casa podemos implementar prácticas sencillas, como servirse sólo lo que van a comer para no tirar comida, evitar desperdiciar agua, utilizar termo en lugar de vaso desechable, reutilizar lo que sea posible y evitar comprar cosas que solo vayan a utilizar por un momento.
Separar los desechos también es una gran oportunidad educativa, y llevarlos a donde recolectan estos materiales, platicando con ellos que estos desechos no desaparecen, pero que algunos de ellos, cuando se separan correctamente, pueden ser reutilizados, como el uso de PET para hacer escobas o incluso bancas.
Apagar la luz, ventiladores y aparatos cuando salen de los espacios también es un importante aprendizaje para evitar el gasto de energía, así como evitar dejar correr el agua cuando se están lavando los dientes.
El contacto con la naturaleza también es fundamental; cuidar una planta, observar cómo crece un árbol y valorar los alimentos que nos dan las plantas y los árboles ayuda a desarrollar la empatía y a valorar su entorno, pues no podemos aprender a cuidar aquello que no conocemos o valoramos.
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Y, sin duda, es importante hablar con nuestros hijos acerca de los problemas ambientales, no para generar en ellos miedo o angustia, sino para que reciban información clara y se sensibilicen acerca de las acciones que, si las empezamos a realizar, nos dan esperanza hacia el futuro. Pues, si ellos entienden qué acciones pueden implementar y cómo, si todos ponemos nuestro granito de arena, podemos generar cambios importantes, será más fácil que realmente adopten una cultura a favor de su entorno.
Como papás, creo que es importante reconocer que la educación ambiental es parte de la herencia que les estamos dejando: la manera como miren el mundo y se relacionen con él, y las prácticas responsables que puedan implementar, son parte de ese legado que les estamos dejando y que marcarán una diferencia significativa en sus vidas y en las de quienes estén a su alrededor.
Por tanto, hoy, como Día Mundial de la Educación Ambiental, revisemos los mensajes que estamos transmitiendo a nuestros hijos y las acciones que debemos reforzar o las que debemos iniciar. La educación es para la vida, así es que cada hábito que sembremos en nuestros hijos hoy será una importante acción de amor que se multiplicará en el futuro.
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