¿Hubo trampa en el examen de la UNAM?

Biblioteca Central de la UNAM. Foto: Andrea Juárez, Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0.

El viernes 17 de julio la UNAM publicó los resultados de su concurso de ingreso a la licenciatura, un ritual anual en el que se decide, cada año, quien entra y quien se queda fuera del sistema escolarizado de la máxima casa de estudios del país. Esa mañana miles de familias esperanzadas entraron al sistema de la universidad para ver si el folio de su aspirante había sido seleccionado para empezar en el sistema escolarizado el próximo semestre.

Sin embargo, este año algo no cuadraba. Los puntajes eran demasiado buenos: no los de un solo aspirante, ni los de cien, sino los de decenas de miles de aspirantes al mismo tiempo. Como si de un año para otro todos se hubieran vuelto extraordinariamente buenos. Como si de repente la Nueva Escuela Mexicana hubiera mostrado sus resultados en los exámenes universitarios. En cuestión de horas, las redes se llenaron de diversos análisis comparando los resultados del 2026 contra los de años anteriores, y para el martes siguiente el ruido generado por estos resultados condujo al rector Leonardo Lomelí a pronunciarse y a ordenar una revisión completa del proceso

Conviene empezar por la magnitud de lo que estuvo en juego. Entrar a la UNAM por examen es, en términos estadísticos, uno de los filtros más duros del sistema educativo mexicano. Según la propia universidad, este año 158,712 personas presentaron la prueba y 21,962 obtuvieron un lugar. En la base de datos de resultados que recopiló el analista (y colega) Manuel Toral, y que cubre de 2021 a 2026, la tasa de selección del sistema escolarizado ronda el 10% cada año: de cada diez aspirantes que presentan el examen, nueve se quedan fuera. Es una selectividad de un nivel similar al que presumen universidades de élite en otros países, con la diferencia de que aquí todo se decide en un solo examen de 120 preguntas. Y el premio importa: la UNAM se mantiene como la universidad mejor evaluada de México y la cuarta de América Latina en clasificaciones mundiales como el QS 2026, por lo que lograr el ingreso facilita el acceso tanto a una educación de alta calidad a un menor costo para las familias, asi como al acceso futuro a trabajos y oportunidades de más calidad.

Hay un matiz que suele olvidarse cuando se habla de la “universidad de la nación”: su alumnado es abrumadoramente capitalino. De acuerdo con cifras de la propia UNAM, 67% de quienes ingresaron en el ciclo 2025-2026 hizo sus estudios previos en la Ciudad de México, 31% en el Estado de México y apenas 2% en el resto del país. La explicación es práctica: históricamente el examen se aplicaba de forma presencial en sedes concentradas en la zona metropolitana, la mayoría de los planteles está ahí, y mudarse a la capital cuesta lo que muchas familias no tienen. Una universidad financiada con impuestos de todo México recibe, en la práctica, a los jóvenes de dos entidades. Ese dato es importante para entender lo que vino después, porque el cambio de formato de aplicación de 2026 se anunció precisamente como una forma de abrir la puerta a jóvenes del resto del país.

EL EXAMEN SE HACE EN LA SALA DE LA CASA

Este año, por primera vez en su historia, la UNAM aplicó su examen de ingreso completamente en línea: 120 preguntas y tres horas de tiempo límite, respondidas desde el domicilio de cada aspirante (o de otro lugar definido por este) entre el 23 de mayo y el 10 de junio. Entre las medidas antifraude utilizadas por parte de la universidad se contó con un navegador que impedía la apertura de ventanas ajenas al examen, el uso de cámara y micrófono encendido, y un sistema de inteligencia artificial (IA) que vigilaba movimientos, voces y presencias extrañas. Las razones oficiales para este nuevo sistema de aplicación de examenes fueron agilizar la selección, reducir traslados y ampliar el acceso a la universidad de personas de otras regiones del país. Muy seguramente también se debió considerar el tema económico, ya que montar sedes presenciales para los más de 190 mil aspirantes registrados, con aulas, vigilantes y papel debe de costar una cuantiosa suma de dinero. 

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El problema es que un examen de altísimas apuestas, aplicado en el domicilio del aspirante y a lo largo de una ventana de casi tres semanas, es una invitación abierta al ingenio. En redes sociales circularon, desde antes de la aplicación, estrategias de todo tipo: usar una segunda computadora o un teléfono fuera del ángulo de la cámara para consultar herramientas de inteligencia artificial, sentar a un familiar que susurra respuestas, resolver el examen en grupo, o la más elegante de todas, la aplicación escalonada: quienes presentaban en las primeras fechas memorizaban preguntas y las compartían con quienes presentarían después, bajo la apuesta de que el examen variaba poco entre ediciones. Lo que sí está documentado es el mercado que floreció alrededor: cuentas de TikTok, WhatsApp y Telegram que cobraban entre 600 y 1,500 pesos por supuestas respuestas filtradas, y señalamientos contra cursos de preparación que presumían resultados garantizados. La universidad respondió con hechos concretos: bloqueó a 498 aspirantes el primer fin de semana y a 1,117 en los dos primeros fines de semana por conductas atípicas, canceló alrededor del 2% de las pruebas (unos 3,200 exámenes aparecen con estatus de cancelación en la base de resultados) y el 3 de julio presentó una denuncia penal contra personas y empresas que, según dice, engañaron a familias vendiendo servicios fraudulentos, incluidos intentos de suplantación de identidad detectados por su plataforma.

LO QUE DICEN LOS DATOS

Con la base de resultados de 2021 a 2026 que Manuel Toral extrajo de las publicaciones oficiales (1.16 millones de registros), se comparar la distribución completa de aciertos de este año contra los cinco anteriores. El resultado es el que muestra la primera gráfica: entre 2021 y 2025, la curva de aciertos del sistema escolarizado fue casi calcada año tras año: una montaña con cima alrededor de los 45 aciertos y una larga cola derecha de aspirantes sobresalientes. En 2026 la montaña se aplanó y la masa entera se corrió hacia la derecha, lo que representó que una mayor proporción de los aspirantes obtuvo puntajes más altos. La mediana, que llevaba cinco años clavada en 52 aciertos, saltó a 71. Esto significa que el aspirante típico de 2026 respondió bien 19 preguntas más que el aspirante típico de cualquier año reciente, sin que haya cambiado ni el temario ni la duración de la prueba.

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El desplazamiento, además, no fue parejo, y ahí está el detalle que más sospechas levanta. Como observó el ingeniero Helios Ocaña en el análisis que recogió Latinus, los percentiles bajos casi no se movieron; el crecimiento se concentró en la élite de la tabla. En Medicina, la carrera más competida de la universidad, la proporción de aspirantes con más de 100 aciertos venía subiendo despacio, de 4.8% en 2021 a 7.0% en 2025. En 2026 fue de 28.2%, cuadruplicandose en un solo año. Si bien los cursos de preparación llevan décadas existiendo y el nerviosismo de hacer un examen presencial siempre ha estado ahí, ninguna de esas dos cosas explica que la proporción de puntajes de excelencia se multiplique por cuatro de una edición a otra.

La consecuencia mecánica de esa inflación la pagaron los propios aspirantes.

Como el número de lugares por carrera es fijo, el número de aciertos del último seleccionado sube cuando todo mundo acierta más. En la Facultad de Medicina de Ciudad Universitaria, el corte pasó de 111 aciertos in 2021 a 114 en 2025, y a 117 en 2026: para entrar había que fallar, como máximo, tres preguntas de 120. En la FES Zaragoza el corte brincó de 109 a 117 en un solo año. Recuentos de prensa documentan saltos similares en otras facultades de Ciudad Universitaria, y la propia base los confirma: el corte de Derecho pasó de 89 a 105 aciertos, el de Arquitectura de 96 a 108 y el de Administración de 90 a 108. Quien estudió de manera honesta y obtuvo 113 aciertos, un resultado que en cualquier edición anterior le habría alcanzado de sobra para Medicina, este año se quedó fuera.

La honestidad estadística obliga a decir lo que estos datos no prueban. Tanto Ocaña como el analista J.E. Vázquez, citados en la misma revisión de Latinus, subrayan que la distribución anómala solo demuestra que 2026 rompió la tendencia, no quién la rompió ni cómo se rompió. Hay que tomar en cuenta que es muy probable que no haya solo una causa, sino que pudieron influir múltiples factores al mismo tiempo: hacer el examen en tu cuarto reduce la ansiedad; la prueba de este año pudo ser más fácil que la presencial, o que la ventana amplia de los días para presentar el examen permitió llegar más descansado a la prueba. Todo eso es plausible y seguramente algo de eso ocurrió. 

Pero esas explicaciones predecirían mejoras leves y repartidas en todas las carreras, no una mejoría explosiva focalizada principalmente en las carreras más disputadas. La UNAM, en su comunicado oficial, evita atribuir el fenómeno a la inteligencia artificial y creó una comisión técnica multidisciplinaria para examinar datos, procedimientos y resultados. Por lo pronto aspirantes inconformes convocaron a una marcha para el 27 de julio exigiendo el regreso al examen presencial y la revisión humana de los más de tres mil casos anulados por el sistema automatizado.

Torre de Rectoría, en Ciudad Universitaria. Foto: ProtoplasmaKid, Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

LA TRAMPA COMO SÍNTOMA

Aunque la comisión concluyera mañana que hubo fraude masivo, no existe un mecanismo confiable para separar, aspirante por aspirante, a quien hizo trampa de quien se esforzó estudiando. Un 117 obtenido con uso de la IA en el teléfono, un 117 obtenido con un mecanismo sofisticado de trampa y un 117 obtenido con dos años de estudio y desvelos son indistinguibles en la hoja de resultados. Anular todo el concurso castigaría a decenas de miles de inocentes; validarlo premiaría a los tramposos, y todo parece indicar que se irán por esta última vía. El golpe ya está dado: cada dia que pasa sin acciones al respecto erosiona la credibilidad del proceso de admisión de la universidad más prestigiosa del país.

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Hay quien confía en que el problema se corrija solo: la UNAM es exigente, dicen, y quien haya entrado con trampa se estrellará contra los exámenes presenciales del primer semestre. Yo tengo mis dudas. Una vez con un pie adentro, permanecer depende de la disciplina de cada quien, y el estudiante que usó inteligencia artificial para entrar no va a dejar de usarla para las tareas, los ensayos y los proyectos. La pregunta de fondo no es si esos jóvenes sobrevivirán a la universidad, sino si la universidad está preparada para ellos. Y ahí el panorama no es alentador: la planta académica de la UNAM es de las más envejecidas del país, con una edad promedio de 53.8 años entre los académicos de carrera desde hace casi una década y más de 6,500 profesores que superan los 65 años. Con plazas vitalicias, sin evaluaciones que premien la actualización tecnológica y con la jubilación como único horizonte de cambio, los incentivos para rediseñar un curso alrededor de la inteligencia artificial son, en mi opinión y siendo generosos, escasos y totalmente por motivos personales. Mientras tanto, del otro lado del escritorio, los estudiantes ven el asunto con un cinismo práctico: si la herramienta existe, se usa. Y si en el futuro se va a usar cada vez más, mejor aprender de una vez.

Mural de la Facultad de Medicina en Ciudad Universitaria. Foto: Daniel Case, Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

El trasfondo es más grande que un examen. Como escribe Giovanni Tapia en un ensayo reciente sobre la nueva economía del conocimiento, la inteligencia artificial está convirtiendo la producción de respuestas en un bien abundante y barato, desplazando la escasez hacia otro lado: el juicio, la capacidad de hacer buenas preguntas y de distinguir una respuesta confiable. Un examen de opción múltiple mide exactamente aquello que la IA ya hace mejor que casi cualquier persona: la acumulación enciclopédica de datos y conocimiento. 

En lo personal, y quizá esto incomode a más de un lector, no me escandaliza que los jóvenes hayan abrazado estas herramientas; me parece la reacción racional de una generación que entendió antes que sus mayores dónde quedó la ventaja competitiva y que además explotó el bug en el sistema. Dominar la inteligencia artificial hoy otorga una ventaja real sobre quien no sabe usarla, si bien será temporal: cuando todos la usen, se la ventaja se esfumará, como pasó con saber usar office o el internet. Y conviene no perder de vista a los que de verdad importan en esta historia: los aspirantes brillantes y disciplinados que habrían pasado con o sin trampas de por medio. Una buena parte de ellos ya está adentro. A los que el corte inflado dejó fuera injustamente les espera, de cualquier forma, un buen destino: un talento con esa capacidad de trabajo sin duda prosperará también en el IPN, en la UAM o en el Tec de Monterrey, instituciones que además estarán observando este episodio con mucha atención y tomando notas para sus propios procesos.

La moraleja, para mí, es vieja y aplica igual para universidades como para toda interacción humana que implique evaluaciones: no hay que ser ingenuos. Cuando hay tanto en juego, alguien va a intentar hacer trampa; la pregunta nunca es si ocurrirá, sino qué tan caro le saldrá al que lo intente y al que lo permita. Un sistema de evaluación serio se diseña asumiendo al adversario: se le quitan las oportunidades fáciles, se encarece el engaño y se castiga de forma visible al que lo comete, que es exactamente lo que la aplicación en línea de 2026 no hizo. Confiar por decreto en que 190 mil personas no iban a buscar hacer trampa frente a la oportunidad de sus vidas era una apuesta contra la naturaleza humana. Y esa apuesta, como muestran los datos, muy probablemente se perdió a favor de quienes explotaron el fallo y en contra de aspirantes talentosos que, muy probablemente, tendrán que volver a intentarlo en otro año o continuar sus carreras en otra institución que, muy probablemente, no era su primera opción.

Datos: resultados del concurso de selección de la UNAM 2021-2026, publicados por la universidad y recopilados por Manuel Toral; cálculos propios sobre el sistema escolarizado. Código y gráficas: R (tidyverse y ggplot2). Fotografías: Wikimedia Commons, licencias CC BY-SA (créditos al pie de cada imagen; portada: Andrea Juárez).

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