¡Masacre! El Ejército dispara a jornaleros agrícolas en Tamaulipas

La Defensa dio a conocer que hacia las 20 horas del lunes, militares se desplazaban en un convoy de tres vehículos. Cuando una camioneta blanca trato de embestirlo, por lo que repelieron la agresión. Foto redes sociales

Militares disparan contra jornaleros en Tamaulipas, matando a seis y desatando una controversia entre la versión oficial y los hechos

La noche del 6 de octubre de 2025, un convoy militar disparó contra una camioneta blanca en la carretera Ciudad Mante-Tampico, en el municipio de González, Tamaulipas. El ataque resultó en la muerte de seis jornaleros agrícolas y dejó a dos personas heridas. Este suceso, que de acuerdo con los reportes iniciales cobró la vida de cinco personas en el lugar y una más en el hospital, es la manifestación más reciente de las consecuencias de la militarización de la seguridad pública.

La gravedad de lo ocurrido se profundiza con la narrativa oficial, que difiere drásticamente de los hechos. La Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) reconoció el evento y sus resultados fatales. Pero alegó que la camioneta «trató de embestir a uno de estos [vehículos militares]» y que los soldados «hicieron uso de sus armas» al percibir una «amenaza a su integridad física». Esta versión contrasta con la identidad de las víctimas y sobrevivientes. Quienes se dedicaban a labores agrícolas, lo que subraya la falta de distinción en el campo de operación militarizado. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, por su parte, mencionó en la conferencia matutina que el caso ya está siendo investigado.

La controversia por el control de la evidencia

Tras el incidente, la Fiscalía General de la República (FGR) abrió una carpeta de investigación en el fuero civil. Mientras que la Fiscalía General de Justicia Militar inició una indagatoria paralela y ordenó la separación de los soldados involucrados. La FGR recibió a los elementos que dispararon «en calidad de presentación», un detalle de suma importancia. Ya que la presentación dista de la detención inmediata bajo custodia civil que correspondería a un crimen grave como el homicidio.

Adicionalmente, se documentó que personal militar montó un operativo para «proteger» la zona y facilitar la toma de declaraciones por parte de la FGR. Esta acción ha levantado serias dudas sobre la imparcialidad de la investigación. Ya que la experiencia histórica ha demostrado que la intervención inicial de la jurisdicción militar o su prevalencia permite a los elementos de las Fuerzas Armadas manipular, ocultar o destruir pruebas para proteger a los responsables. El caso de González se inserta claramente en un patrón de conducta que ha sido condenado enérgicamente por organizaciones de derechos humanos. Que implican el uso de fuerza letal como respuesta predeterminada y el subsiguiente encubrimiento institucional de los hechos.

El patrón de la impunidad: del dicho al hecho hay un largo trecho

Organizaciones como México Unido Contra la Delincuencia (MUCD) han señalado que los militares no están facultados para cometer ejecuciones extrajudiciales. Así como alterar la escena del crimen o emitir declaraciones falsas. El uso ilegal e indiscriminado de la fuerza letal por parte de las Fuerzas Armadas es una práctica que se ha normalizado en lugar de sujetarse a los límites legales requeridos para la persecución del delito.

El caso de González en Tamaulipas resuena con incidentes anteriores de extrema gravedad, confirmando que las lecciones judiciales y las recomendaciones internacionales han sido ignoradas. Incidentes como el de Tlatlaya (2014), donde 22 personas fueron masacradas, es un ejemplo paradigmático de ejecución extrajudicial y encubrimiento institucional. 

A pesar de las investigaciones, la impunidad se consumó en 2016 cuando un tribunal decretó la libertad de los tres soldados. Mismos que enfrentaban proceso penal en el fuero civil por homicidio calificado y encubrimiento. Un caso similar ocurrió en Nuevo Laredo (2023), en la misma entidad, donde se denunció el actuar ilegal de las Fuerzas Armadas por alterar la escena del crimen y declarar falsamente.

El marco jurídico de la sanción y la batalla de competencias

Si la FGR logra establecer que los militares actuaron con la intención de matar, el delito aplicable sería el de Homicidio Calificado, que conlleva una pena de hasta 50 años de prisión en la legislación penal mexicana. Sin embargo, la capacidad para aplicar estas penas choca con el conflicto de competencias entre el fuero civil y el militar.

El marco jurídico mexicano, basado en el derecho internacional, establece que la jurisdicción militar no puede operar «bajo ninguna circunstancia frente a situaciones que vulneren derechos humanos de civiles». El homicidio de seis civiles, por lo tanto, es una violación de derechos humanos que debe ser investigada y sancionada exclusivamente por instancias del orden civil (FGR y tribunales civiles). Sin embargo, el castigo legal severo es un ideal teórico que rara vez se materializa en la práctica judicial. 

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El Relator Especial de Naciones Unidas sobre las Ejecuciones Extrajudiciales ya había documentado en 2014 la existencia de una «impunidad sistemática y endémica» en el país. La cual alienta estas violaciones. Las cifras oficiales confirman esta situación: de los múltiples casos de violaciones a derechos humanos cometidas por militares analizados por la CNDH, únicamente cuatro elementos militares han sido sancionados. Lo que revela una política tácita de protección institucional.

El principal mecanismo que garantiza la impunidad es la capacidad del aparato militar para controlar y manipular la evidencia inmediatamente después de ocurrido el incidente. La resistencia institucional a entregar a los soldados inmediatamente a la justicia civil facilita que el personal militar manipule las pruebas y la escena del crimen para proteger a los responsables. 

En el caso González, este mecanismo estuvo activo desde el primer momento. Ya que los elementos fueron recibidos por la FGR «en calidad de presentación» en lugar de ser detenidos por la comisión de un crimen grave. Además, se documentó que personal militar montó un operativo de «protección» de la zona. Lo que genera una sospecha fundada de que se pudo haber activado un protocolo para manipular la evidencia y sostener la narrativa de la «embestida».

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