

De acuerdo con datos oficiales, durante los últimos años, la venta de drogas ilícitas ha disminuido considerablemente en el estado
Buscar información sobre Coahuila en Google entre los años 2012 y 2017 era como adentrarse en un oscuro abismo. Si tan sólo existiera una advertencia, similar a las que se encuentran en las redes sociales, que nos avisara de antemano: «Esta búsqueda podría mostrar contenido violento o gráfico». Nuestros navegadores se habrían llenado de imágenes oscuras, misteriosas sombras de blur en lugar de las impactantes fotografías de los «colgados».
Algunos, más que otros, rememorarán aquella época de balaceras, de tres timbres y tirarse al suelo, del toque de queda impuesto por nuestro propio temor. Para las nuevas generaciones, es como sumergirse en las páginas de una emocionante novela policiaca, ya que ahora podemos salir sin miedo a que una bala perdida se atraviese en nuestro camino.
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En la sombría y peligrosa época de Rubén Moreira como Gobernador, el narcomenudeo se afianzaba en Coahuila. Con voz enérgica, Moreira denunciaba la triste realidad: vendedores de droga detenidos que quedaban libres debido a la falta de pruebas de comercialización. «¡Necesitan un anuncio que diga vendo tachas!», exclamó con indignación. Mientras pedía cambios legales sin violar los derechos humanos, el Mandatario resaltaba una disminución del 80% en los delitos, excepto en Saltillo, donde los robos persistían. Moreira clamaba por una mayor coordinación, experiencia y segmentación para erradicar la oscuridad que envolvía a su estado.
En 2017, la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), en colaboración con otras organizaciones, desplegó su labor en una arriesgada misión. Dos comunicaciones trascendentales fueron enviadas a la venerable Fiscalía de la Corte Penal Internacional. Su objetivo: descifrar los oscuros crímenes de lesa humanidad perpetrados en las entrañas de Coahuila.
Acuña, Allende, Francisco I. Madero, Matamoros, Monclova, Parras, Piedras Negras, Sabinas, Saltillo y Torreón, fueron los sombríos escenarios de tragedia y desesperación. Este exhaustivo análisis, imbuido del contexto nacional y particularmente de la región noreste, recopiló la tesonera labor de los gobiernos de Humberto y Rubén Moreira. Como telón de fondo, los datos recabados del INEGI, México Evalúa y noticias que nos susurraron sucesos entre los años 2012 y 2017, estos valiosos recursos, como tesoros narrativos, serán la piedra angular de nuestro artículo.
Contraste de épocas
Entre los hilos de la incertidumbre tejidos en el tiempo, el INEGI emerge como el cronista de la percepción. Año tras año, despliega sus encuestas de seguridad pública, capturando respuestas de aquellos de 18 años o más que estuvieron inconformes al evaluar la seguridad en su entidad, ciudad y zona. Sus voces, como suspiros de temor y desconfianza, revelan un panorama desolador en Coahuila durante el periodo que abarca del 2012 al 2017.
La percepción de inseguridad se alzaba como un monstruo de sombras, mientras la confianza en las autoridades languidecía en las profundidades del abismo; sin embargo, como un destello de esperanza, el horizonte cambió su semblante del 2018 al 2022. El índice de percepción de inseguridad se desvaneció, disipando las tinieblas, y la confianza en las autoridades floreció como un brote en primavera.
Los años se deslizaban como páginas de un viejo libro marcado por la inseguridad. Del 2012 al 2017, los números revelaban una verdad lacerante: la percepción de inseguridad se cernía sobre Coahuila con ferocidad despiadada. El 64.6% abrazaba el miedo en sus corazones, mientras que el siguiente capítulo elevaba la angustia al 74.6 por ciento. La espiral de temor ascendía sin tregua: 82.0%, 78.5%, 74.9 por ciento.
El reloj del destino parecía burlarse de la esperanza. Pero un giro repentino hizo temblar las estadísticas. El 55.9% proclamó su alivio, una rendija de luz en la oscuridad. Y así, los números tejieron una nueva historia: 56.4%, 64.0%, 57.1 por ciento. La balanza se inclinaba lentamente hacia la esperanza, como un susurro del destino, el 53.0% susurraba su liberación, seguido de cerca por el 53.4%, llegando finalmente el año pasado, al umbral del 50.4%, una sinfonía de anhelos renacidos. Los números, caprichosos testigos de la transformación, bailaban en el lienzo de la percepción.
Testigos de papel
Los números no siempre convencen a todos, y en el caso del INEGI, la desconfianza se cernía como una sombra persistente; sin embargo, la triste realidad del narcomenudeo en Coahuila no se limitaba a las frías cifras, sino que se tejía en las páginas de los periódicos impresos y las noticias digitales. Nuestra investigación exhaustiva nos reveló una verdad inquietante: del 2012 al 2017, un sombrío telón de noticias se desplegaba ante nuestros ojos, revelando la proliferación de delitos vinculados al narcomenudeo en Coahuila.
Las imágenes que nos acechaban en las portadas eran testigos mudos de una época que preferiríamos olvidar. Los «colgados» desafiaban nuestra cordura, las narcomantas teñían las calles con mensajes de sangre, las noticias sobre médicos y enfermeras desaparecidos resonaban en nuestros oídos, y las balaceras se volvían un constante eco en la mente colectiva. En ese sombrío periodo, el dominio de «Los Zetas», implacables señores del narcomenudeo, se alzaba en Coahuila.
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Incluso, una de las noticias más impactantes en octubre de 2012 fue el asesinato de uno de sus líderes. Un grupo armado osó profanar la paz de una funeraria, robando los cuerpos de dos narcotraficantes muertos en un enfrentamiento contra la Marina. Entre esos cadáveres yacía el del capo del cártel de “Los Zetas”, Heriberto Lazcano Lazcano, “El Lazca”, según reveló el fiscal de Coahuila, Homero Ramos. El aire mismo se volvía denso con el peso de la violencia.
Incluso en el año 2017, los informes oficiales y las noticias seguían destacando la persistencia del narcomenudeo en Coahuila. Las cifras provenientes de la Procuraduría de Justicia del Estado revelaban un aumento preocupante, alcanzando la cifra más alta en años recientes. La tragedia se manifestaba en los homicidios intencionales de la Zona Metropolitana de La Laguna, donde una sombra siniestra envolvía cada caso. Las víctimas mostraban huellas de tortura, ataduras, envueltas en sábanas y con un terrible torniquete en el cuello, sellando su destino con crueldad despiadada.
Además, en ese mismo año, las quejas ante la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Coahuila (CDHEC) resonaban como un lamento constante. Los ciudadanos se alzaban en contra de los elementos del grupo «élite» Fuerza Coahuila, y denunciaron detenciones arbitrarias, intimidación, lesiones y otros abusos. La corporación policial se convertía en el epicentro de las quejas, al recibir un cúmulo de reproches en su contra.
Enfrentando las Sombras: combatiendo el narcomenudeo en Coahuila
Las cifras oficiales son testigos silenciosos de la realidad que acecha las calles de Coahuila. La incidencia delictiva, ese oscuro telón que refleja la presunta ocurrencia de delitos registrados, revela la persistencia del narcomenudeo en la región; a través de las averiguaciones previas iniciadas y las carpetas de investigación reportadas por las procuradurías de justicia y fiscalías generales, tanto a nivel estatal como federal, se traza un panorama inquietante de la batalla contra esta amenaza.
Conscientes de la necesidad de contar con información más detallada y precisa sobre la incidencia delictiva, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública emprendió una ardua labor; en colaboración con diversas instituciones gubernamentales, organismos de la sociedad civil y expertos académicos, se desarrolló e implementó una nueva metodología para el registro y clasificación de los delitos y las víctimas con fines estadísticos. A través de esta nueva herramienta, podemos adentrarnos y comprender la magnitud de los delitos contra la salud, específicamente el narcomenudeo, que el Gobierno estatal ha combatido.
En relación a los delitos de producción, transporte, tráfico, comercio, suministro y posesión de sustancias ilícitas, los datos recopilados revelan una fluctuación en las quejas atendidas a lo largo de los años: en 2017, se atendieron 157 quejas, seguido de 113 en 2013, 152 en 2014, 120 en 2015, 147 en 2016 y 117 en 2017; sin embargo, en los seis años posteriores, de 2018 a 2023, se observa un aumento significativo en el número de quejas atendidas, lo que indica una mayor eficacia en la lucha contra los delitos relacionados con el narcomenudeo. Los años de mayor atención fueron 2019 y 2021, con 191 y 201 quejas atendidas respectivamente. Durante el resto de los seis años, las quejas oscilaron entre 150 y 160 y, hasta mayo de este año, se han atendido un total de 57 quejas, lo que demuestra que la batalla continúa sin tregua.
Todo puede seguir mejorando
Los datos recopilados por instituciones como el INEGI, las noticias que inundaron los periódicos y las voces de los ciudadanos, han convergido en un relato que trasciende la mera estadística, el narcomenudeo, como sombra ominosa, ha permeado en los rincones más profundos de la sociedad coahuilense, dejando a su paso un rastro de violencia y desconfianza.
Sin embargo, la historia no se ha quedado estática en sus páginas más oscuras. Coahuila ha enfrentado valientemente el desafío, levantándose como un faro de esperanza en medio de la adversidad. Las estrategias implementadas, el compromiso de las autoridades y el coraje de la población han dado frutos palpables. La percepción de inseguridad ha disminuido gradualmente, abriendo espacio para la confianza en las instituciones encargadas de velar por la seguridad y la justicia.
La transformación de Coahuila no ha sido un camino exento de obstáculos, pero cada paso hacia adelante ha allanado el terreno para una realidad más prometedora. A través de la nueva metodología de registro y clasificación del delito, se ha logrado vislumbrar la magnitud del narcomenudeo y orientar los esfuerzos en su combate de manera más efectiva.
En el horizonte se pueden ver nuevas oportunidades para el estado de Coahuila, aunque los desafíos persisten, la determinación y el compromiso de sus habitantes han encendido una llama de esperanza que ilumina cada rincón de la región. Coahuila está en constante transformación, forjando un futuro en el que la seguridad y la paz sean la columna vertebral de su identidad.
Es así como cerramos este capítulo de la historia de Coahuila, con la certeza de que, si bien, el pasado ha dejado cicatrices profundas, el presente y el futuro se abren paso hacia un horizonte donde la seguridad y el bienestar son anhelos alcanzables.
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