
José Gabino Castillo Flores

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México, en mayo de 2026, abrió una vieja herida en la historia de México. Lo que en un primer momento se anunció como una gira institucional de la presidenta de la comunidad de Madrid, acabó convertido en un debate que generó roces políticos y malestares identitarios.
Ayuso participó en actos políticos y culturales, entre ellos uno vinculado con el musical Malinche, de Nacho Cano, en el que dicho personaje defendió una interpretación celebratoria del encuentro entre españoles e indígenas y argumentó que México empezaba con Hernán Cortés, es decir, con la conquista de México Tenochtitlán. Ayuso respaldó esta visión y acabó enfrascada en un debate político de gran envergadura. No porque ella promoviera un debate académico sobre la identidad o sobre la historia virreinal, sino porque, lo que inició como una búsqueda de reflectores y del apoyo de los votantes de la ultraderecha española, acabó metiendola en un problema político que la obligó a cancelar su visita y regresar a tierras españolas en medio de fuertes críticas.
La polémica creció porque, tras su regreso a Madrid, afirmó que México no existía antes de la llegada de los españoles y volvió sobre el viejo tópico de los sacrificios rituales humanos para sostener una oposición simplista entre barbarie y civilización. Con ese gesto lo que hacía era borrar la complejidad de sociedades desarrolladas para convertirlas, al menos así lo pensó ella, en tribus bárbaras que se comían unas a otras antes de la llegada del evangelio.
Insisto, la referencia de Ayuso a Cortés no buscaba una discusión histórica seria, sino una escena útil para su visibilidad dentro de la derecha española, nostálgica por los tiempos monárquicos y coloniales. El gesto fue oportunista, pero sería un error pensar que por eso carece de importancia. La rapidez con que encendió reacciones en México muestra que la conquista sigue siendo uno de los núcleos más activos de nuestro nacionalismo.
Por tanto, más allá de la búsqueda de miles de reposteos en redes, Ayuso acabó envuelta en una lucha por la memoria. Y como bien ha señalado Astrid Erll, la memoria cultural no es solo un referente identitario, sino que organiza el pasado desde necesidades, lenguajes y conflictos del presente (Erll, 2011).
Pero, todo esto no comenzó con Ayuso. En el siglo XIX mexicano, Cortés fue una figura central para discutir dónde empezaba la nación después de 1821. Lucas Alamán formuló una interpretación que colocaba a la conquista en el origen de México. En sus escritos, presentó a Cortés como un personaje decisivo en la formación de una sociedad articulada por la lengua, la religión y las instituciones hispánicas. Era una lectura conservadora que hacía de la continuidad con el mundo español la base de la nación mexicana.
Carlos María de Bustamante, por su parte, avanzó por otro camino. No pensó a Cortés como fundador, sino a Cuauhtémoc, a quien convirtió en símbolo de una patria anterior a España. Antonio Saborit ha mostrado que esa heroicidad fue una construcción del siglo XIX, asociada con la necesidad de darle a México un origen propio, vinculado con la resistencia indígena (Saborit, 2024). En esos debates por la memoria, Cortés representaba conquista y Cuauhtémoc sacrificio y resistencia.
David Brading ha demostrado que el patriotismo criollo y el nacionalismo mexicano nacieron de estas tensiones, en un contexto en el que México buscó demostrar que tenía historia y derechos antes de su subordinación a la monarquía española (Brading, 1973).
Lorenzo de Zavala y José María Luis Mora, por otro lado, desde preocupaciones liberales, también vieron el orden colonial como un problema para la construcción de la libertad política del nuevo Estado. Zavala interpretó ese pasado como una herencia de desigualdad y subordinación que pesó sobre la guerra de independencia (Zavala, 1831). Mora revisó la historia mexicana, desde la conquista hasta su época, y entendió el mundo colonial como una estructura corporativa, clerical y desigual que debía desmontarse para abrir paso al Estado moderno (Mora, 1836). Para ellos, Cortés no fue un héroe nacional. Lo que hicieron fue plantear cómo la dominación colonial dejó obstáculos profundos en la vida política mexicana.
Durante el Porfiriato, la discusión reapareció en formas distintas. Para entonces, el monarquismo había quedado desacreditado después del fracaso del Segundo Imperio. Sin embargo, la herencia española volvió a ganar espacio dentro de un discurso de orden y conciliación.
En 1894, Francisco G. Cosmes publicó artículos donde presentó a Cortés como padre de la nacionalidad mexicana. La respuesta llegó con dureza en escritos que aparecieron en El Hijo del Ahuizote, mediante sátiras y críticas que mostraron hasta qué punto la figura de Cortés seguía siendo incómoda. Tomás Pérez Vejo ha estudiado este episodio como parte de una polémica circular (Pérez Vejo, 2014).
Justo Sierra ofreció una salida más propia del horizonte porfiriano, en su Evolución política del pueblo mexicano no negó la violencia de la conquista, pero la integró en una narrativa evolutiva. La nación aparecía como resultado de raíces indígenas e hispánicas, pero su noción de mestizaje seguía sin resolver del todo la desigualdad y la violencia que lo atravesaban (Sierra, 1900-1902).
En suma, hoy en día, cuando surgen lecturas celebratorias de la conquista, México suele volver al principio indígena como defensa simbólica de la nación. Se invoca a Cuauhtémoc, se habla de los pueblos originarios y se recupera una raíz anterior a España. Muy al estilo de los discursos de Bustamante. Pero esa defensa convive con una contradicción profunda; muchos pueblos originarios siguen enfrentando abandono, racismo, pobreza, despojo territorial y exclusión política. La nación los invoca como pasado glorioso pero, al mismo tiempo, los margina en el presente (y no bastan con simples reinvenciones hechas desde el gobierno de México, como ha ocurrido en los últimos años).
Por eso este debate no es solo una polémica diplomática. También muestra la vigencia de la historia como herramienta crítica para pensar identidades, desigualdades y memorias selectivas. Defender el pasado indígena resulta insuficiente si no se reconocen las condiciones actuales de los pueblos indígenas.
La visita de Ayuso se inscribe, pues, en esta larga historia. Su discurso no inventó nada nuevo sino que aprovechó una interpretación hispanófila ya conocida, la simplificó y la convirtió en arma de combate político. Lo inquietante no es únicamente que una dirigente extranjera hable de México con ligereza, sino que esa ligereza coincida con un momento global en el que las ultraderechas buscan maquillar procesos de dominación colonial y presentar la violencia imperial como civilización.
Por eso la historia es importante, no como repertorio de fechas muertas, sino como disciplina crítica para comprender la construcción de las identidades modernas. Cuando Ayuso opone la supuesta barbarie mexicana a la supuesta civilización española, no explica la historia sino que, simplemente, la reduce a propaganda partidista.
Por su cuenta, cuando Cano presenta a Cortés como fundador indiscutible de México, tampoco discute desde la academia, solo participa políticamente en una disputa por la memoria. El problema no es discutir a Cortés. Hay que discutirlo, eso es evidente y se ha hecho desde la Historia académica. Lo que no puede aceptarse es una historia usada para blanquear la dominación.
El siglo XIX mexicano ya entendió que detrás de Cortés estaba la pregunta por el origen de la nación. Alamán, Bustamante, Mier, Zavala, Mora, Cosmes y Sierra discutieron si México debía reconocer su origen en la conquista, en la resistencia indígena, en la independencia, en el liberalismo o en una síntesis mestiza. El caso Ayuso confirma que esa discusión sigue abierta. Cortés vuelve cuando España discute su pasado imperial, cuando México reclama reconocimiento por la violencia colonial y cuando las derechas radicales necesitan héroes de frontera y conquista. La tarea de la historia no es sustituir un mito por otro, sino comprender procesos.
La conquista fue guerra, muerte, alianzas indígenas, catástrofe demográfica, violencia sexual, explotación, imposición religiosa y reorganización política. Reducir todo eso a la frase de que México no existía antes de los españoles es una forma de pobreza intelectual. Por eso la historia sigue siendo indispensable para entender el siglo XXI y las formas contemporáneas de dominación.
ATiempo.Tv es el primer medio de comunicación nativo digital e independiente en Coahuila, caracterizado por su compromiso y responsabilidad de contribuir a la sociedad; brindando información verificada de manera profesional, ética y confiable. Es por eso que te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales para que tengas acceso a las noticias más relevantes a nivel local, nacional e internacional.
Alamán, L. (1849). Disertaciones sobre la historia de la República Megicana. Imprenta de José Mariano Lara.
Erll, A. (2011). Memory in culture (S. B. Young, Trad.). Palgrave Macmillan.
Granados García, A. (2003). Francisco G. Cosmes y la definición de la “raza mexicana” durante el porfiriato. Revista de la Universidad de México (624).
Mora, J. (1986). Méjico y sus revoluciones. Fondo de Cultura Económica.
Pérez Vejo, T. (2014). Hernán Cortés en México. Una polémica circular. Revista de Occidente (402).
Saborit, A. (2024). La construcción del héroe primigenio. Arqueología Mexicana.
Sierra, J. (1977). Evolución política del pueblo mexicano. Biblioteca Ayacucho,
Zavala, L. de. (1831). Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830. Imprenta de P. Dupont y G. Laguionie.

